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Calle65 · Jul 9, 2025

¿Tengo que estar sanada para merecer amor?

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Beatriz Allca · Calle65

Hay una idea que me persigue últimamente. Una frase que escucho repetida en bocas distintas, con palabras distintas, pero que carga el mismo fondo cruel: “Primero sana, luego ama”. Como si el amor fuera el premio al final del proceso. Como si las heridas, los miedos, las contradicciones, nos volvieran indignas de tocar, de ser tocadas, de compartir la intimidad de un cuerpo, de una emoción. Como si antes de desear compañía tuviéramos que demostrar que ya no necesitamos nada.

Y yo, que he aprendido a leerme en el silencio y a pensarme en voz baja, empiezo a sentir que esa narrativa me quita las alas. No quiero que me amen sólo cuando ya esté bien. No quiero que el amor me llegue como una medalla por haber hecho suficiente terapia, por haber soltado lo suficiente, por haberme reconstruido lo bastante como para volverme funcional, deseable, “lista”. No quiero amar desde una perfección fría y controlada. Quiero amar también desde la herida, desde el temblor, desde esa parte de mí que aún no sabe cómo se hace pero que igual tiende la mano.

Porque ¿quién está completamente bien? ¿Quién se despierta un día con todos los traumas resueltos, todas las inseguridades ordenadas, todos los duelos cerrados con moño? ¿Y por qué nos hacen creer que tenemos que alcanzar esa utopía emocional antes de merecer un abrazo al amanecer, una voz que nos diga “me quedo”, un cuerpo que nos acoja incluso cuando lloramos sin explicación?

Hay algo que no me gusta en ese mandato de autorrealización absoluta antes del amor. Nos sitúa en la lógica del rendimiento: si te trabajas lo suficiente, si te corriges lo suficiente, entonces serás amada. Entonces habrás cumplido con los requisitos. Como si amar no fuera también un camino de sanación compartida. Como si el otro no pudiera también mirarnos en medio del desorden y decirnos: “yo no vengo a salvarte, vengo a acompañarte mientras tú eliges salvarte a tu manera”.

No, no quiero posponer el amor para cuando esté curada. Porque sé que muchas veces el amor —cuando es bueno, cuando es tierno, cuando es libre de exigencias— también cura. A su modo, a su ritmo, desde la ternura de un café compartido, desde la complicidad de una mirada que no exige explicaciones. A veces una caricia tiene más efecto que cien consejos. A veces una cama compartida en silencio es más transformadora que todo el ruido del mundo.

Por eso escribo esto. Porque estoy harta del ideal de la mujer emocionalmente perfecta. Esa mujer que ya no tiene miedo, que ya no llora, que ya no se equivoca. Esa mujer que se ha leído todos los libros de autoayuda, ha cerrado todos sus ciclos, ha desbloqueado todos sus chakras y ahora sí puede permitirse amar sin molestar, sin necesitar, sin mostrar sus huecos.

Yo no soy esa mujer. Y no quiero serlo.

Yo tengo heridas que aún me arden. Tengo nostalgias que no he querido soltar del todo. Tengo vacíos que a veces llenan una habitación entera. Pero también tengo capacidad infinita de amar. Tengo ternura. Tengo ganas de cuidar y de ser cuidada. Tengo deseo. Tengo fuego. Y, sobre todo, tengo presencia. Estoy viva. Estoy dispuesta. Estoy aquí.

Mi herida no invalida mi deseo. Lo vuelve más real. Más hondo. Más humano.

Así que no, no hay que estar sanadas para merecer amor. Hay que estar vivas. Hay que estar abiertas, sensibles, dispuestas a mirar y dejarnos mirar. El amor no es el trofeo al final del túnel. Es a veces la linterna en medio del mismo.

Y yo, que aún no estoy del todo bien, igual quiero ser amada. Porque lo merezco. Porque lo ofrezco. Porque lo siento.

No hay un camino limpio, ordenado, ascendente hacia la sanación. Nadie cruza un umbral y despierta intacta, completamente libre de dolores. La sanación real es más parecida a una danza torpe que a una carrera de metas. A veces avanzamos con firmeza; otras, retrocedemos sin entender por qué. Hay días en los que sentimos que lo hemos superado todo, y noches en las que una voz, una palabra, una ausencia, nos hunde de nuevo en el mismo pozo. Eso también es sanar: repetir el duelo, resignificar la herida, aprender a vivir con ella como quien convive con una cicatriz que ya no sangra, pero que de vez en cuando arde con el cambio de clima.

Me irrita —me duele, incluso— esa narrativa que pretende hacernos creer que sólo cuando estemos bien podremos amar y ser amadas. Como si la vida emocional se tratara de acumular certificados de alta médica para acceder a vínculos. Como si el amor verdadero solo ocurriera entre personas perfectamente resueltas, autosuficientes, inquebrantables. Yo no conozco a nadie así. Y lo que es más, no quiero amar así.

He aprendido —con el cuerpo, no sólo con la mente— que algunas personas llegan no para salvarnos, sino para tocarnos suavemente justo ahí donde todavía escuece. Y no para decir “ya deberías haber superado eso”, sino para susurrar “no pasa nada si todavía duele”. Acompañar no es curar. Es no huir cuando una aún no sabe cómo sostenerse del todo. Es quedarse cerca cuando una parte de nosotras aún tiembla.

Recuerdo un amor que me sostuvo sin pedir explicaciones. Un hombre que no huyó cuando le dije que tenía miedo, que no me pidió certezas, que no pretendió resolver mi pasado con frases prefabricadas. Me miró a los ojos y me dijo: “No me importa que estés rota, mientras no dejes de sentir”. Eso. Esa ternura radical. Esa manera de estar sin exigir transformación inmediata. Esa presencia amorosa que no demanda que llegues completa, sino que simplemente llegues. Con lo que hay. Con lo que eres.

Amar en proceso es también amar con verdad. Es aprender a querer a alguien que todavía no tiene todas las respuestas, pero que está dispuesta a hacerse las preguntas. Es elegir a alguien que a veces se derrumba, pero que aun así quiere construir. Es compartir el camino, no esperar en la cima a que la otra persona llegue sola.

La vida no es una línea recta. La sanación tampoco. El amor, menos aún. A veces el amor llega cuando estamos más confundidas, más asustadas, más vulnerables. Y no por eso vale menos. A veces, precisamente por eso, vale más. Porque nace desde la humildad de reconocerse en falta. Desde la lucidez de saber que nadie puede con todo. Desde el deseo de compartir, incluso cuando no todo está resuelto.

Sanar no es dejar de llorar. Es saber llorar acompañada. Sanar no es dejar de tener miedo. Es no permitir que el miedo impida el encuentro. Sanar es decir: “No estoy lista, pero te deseo igual. No estoy curada, pero te miro con el alma abierta. No tengo todo claro, pero quiero aprender contigo”.

Yo ya no creo en el mito de la mujer completamente resuelta. Creo en las que se reconstruyen a pedazos. En las que aún tiemblan, pero igual se atreven. En las que sienten que el amor, bien cuidado, bien mirado, puede ser también medicina. No salvación —eso es otra cosa—, sino compañía. Calor. Refugio.

Porque sanar no es llegar. Es andar. Y amar, en ese sentido, no es recompensa: es parte del camino.

Hay una violencia sutil, casi invisible, en esa forma tan difundida de amar a las mujeres como si fuésemos versiones incompletas. Como si estuviésemos en una eterna maqueta emocional, a medio armar, esperando que alguien nos descubra, nos “termine”, nos pula, nos salve. Y más aún: como si el amor verdadero fuera una especie de premio al que accedemos sólo cuando hayamos corregido nuestras aristas, cuando hayamos superado nuestras inseguridades, cuando ya no dudemos, cuando no duela nada, cuando todo en nosotras sea funcional, pacífico, decoroso. Como si fuésemos un proyecto de mejoramiento personal con plazo de entrega.

No quiero eso. Me niego a ser tratada como un boceto de mujer. No soy una obra en construcción. Soy una mujer con historia. Con días de luz y de sombra. Con decisiones torpes y corazonadas brillantes. Con cicatrices que no siempre se ven, pero que han moldeado mis silencios. Con recuerdos que me desarman y me salvan al mismo tiempo. No estoy esperando a estar lista para ser amada. Ya estoy aquí. Compleja, sensible, contradictoria, herida y deseante. No necesito ser perfecta para ser digna de ternura. No tengo que estar “superada” para poder mirar a alguien y decirle: “quiero compartir contigo lo que soy, no lo que tú esperas que llegue a ser”.

Hay hombres que aman como si adoptaran un reto. Que se emocionan ante la posibilidad de “curar” a una mujer rota, pero que luego no saben sostener la intensidad de sus emociones. Que se enamoran del proceso de transformación, pero no de la persona que existe antes, durante y después de él. No quiero ser la historia de éxito emocional de nadie. No quiero ser un testimonio para presumir: “mira cómo la ayudé a ser mejor”. No soy una travesía que empieza en el caos y termina en el aplauso. Soy un paisaje en constante cambio. Soy también el desorden. Y no me avergüenzo.

He aprendido que la dignidad no consiste en esconder nuestras partes rotas, sino en vivirlas con claridad y con belleza. Mostrar una herida no es debilidad; es valentía. Reconocer que me cuesta confiar, que a veces me siento sola, que hay zonas de mi cuerpo que todavía están tristes: eso no me hace menos mujer, me hace más humana. Y si alguien no puede sostener eso sin querer corregirme, entonces no me está viendo, sólo está proyectando un ideal sobre mí.

Una relación sana no es aquella en la que llegamos perfectas, es aquella donde podemos mostrarnos sin miedo. Donde no tenemos que andar justificando cada gesto ni pidiendo perdón por no haber sanado más rápido. Donde alguien te escucha decir: “hoy no tengo fuerzas” y en lugar de pedirte explicaciones, se sienta contigo en el suelo, en silencio, hasta que pase la tormenta. No quiero un hombre que me admire por lo bien que me he arreglado, sino uno que me respete por lo que he sobrevivido.

No soy un proyecto que espera ser terminado. Soy una mujer con historia, con hondura, con memoria encarnada. Y esa historia no necesita ser corregida, necesita ser honrada. Mis procesos no son obstáculos para el amor, son parte del amor mismo. Porque amar a alguien no es amarlo a pesar de sus heridas, sino con ellas. Y cuando eso ocurre, el vínculo deja de ser una vitrina para convertirse en un refugio.

Estoy cansada de que nos exijan ser versiones beta de nosotras mismas. De que nos repitan que debemos estar completas antes de poder amar. A veces una llega al amor incompleta, sí. Pero llega con las ganas, con el temblor, con el deseo de aprender. Y eso también es hermoso. Porque si esperamos estar perfectamente resueltas, corremos el riesgo de llegar tarde a la vida. De perdernos experiencias profundas sólo por no haber cumplido con los estándares absurdos del “estar lista”.

Yo no quiero ser corregida. Quiero ser recibida.

No todos los vínculos son reparadores. No todos los amores curan. Hay personas que llegan para herir justo donde más duele, para abrir con descuido lo que apenas habíamos logrado cerrar. Pero también, y esto quiero recordarlo con ternura, hay personas que llegan sin ruido, sin prisa, sin planes de salvación, y simplemente se quedan. Te ofrecen un abrigo cuando no pides nada. Te miran sin juicio cuando no puedes con tu cuerpo ni con tu alma. Te abrazan sin querer cambiarte. Y ese gesto, por más mínimo que parezca, puede sostener un mundo.

Yo lo viví. Lo he vivido. No una, sino varias veces. A veces en historias que no duraron, pero que dejaron algo hermoso. A veces en manos que tocaron mi espalda mientras lloraba en silencio. A veces en una amiga que no me dio consejos, pero me acompañó toda la noche por teléfono sin decir más que: “sigue hablando, yo estoy aquí”. Ninguna de esas personas me curó. Ninguna resolvió el desorden que me habitaba. Pero estuvieron. Y eso, en momentos de desborde, ha sido más terapéutico que cualquier promesa.

Recuerdo una vez —yo tenía veintiún años, había comenzado a vivir sola desde hacía poco— en que pasé una noche larguísima con un nudo en la garganta. No podía explicarme. Me sentía vacía, sin saber por qué. Llamé a Élodie, mi prima, mi refugio. Me preguntó si quería hablar. Le dije que no. Me respondió: “Entonces no hablemos. Pero quédate en la línea”. Y estuvimos así más de una hora. Respirando. Compartiendo el silencio. Ese tipo de compañía no sana en el sentido mágico del término. No borra el dolor. Pero te recuerda que no estás sola. Y en algunos casos, eso basta para seguir.

También me ha pasado con ese amante, que supo tocarme sin apuro, sin exigencia, sin espectáculos. Que no necesitó que yo estuviera perfectamente segura de mí para desearme, sino que comprendió que la ternura también se expresa en una pausa, en un gemido contenido, en un cuerpo que no tiene ganas de ser visto, pero que quiere sentirse querido. A veces, después del sexo, lo único que necesitaba era un pecho donde quedarme dormida. Y cuando eso ocurría, cuando no se iba de inmediato, cuando no hacía preguntas, cuando entendía mi cuerpo cansado: ahí, justo ahí, nacía algo más parecido al amor que a cualquier declaración.

Hay vínculos que no curan. Y está bien. No todo amor tiene que redimirnos. Pero hay gestos, hay presencias, hay caricias que sostienen. Que no te levantan del todo, pero te ayudan a no caerte. Y eso también es importante. Eso también cuenta.

Me molesta mucho esa idea de que primero una debe sanarse por completo para poder amar. Como si el amor fuese una sala de espera para pacientes dados de alta. Como si no pudiera haber belleza, ni verdad, ni profundidad en un vínculo nacido en medio del caos. A veces nos encontramos en ruinas, sí. Pero eso no impide que alguien pueda ver la arquitectura secreta que aún nos sostiene.

Yo no quiero que me curen. No quiero que me rescaten. Pero sí anhelo vínculos donde pueda caer un poco sin miedo. Donde no tenga que fingir fortaleza todo el tiempo. Donde un abrazo, una palabra, un silencio compartido puedan recordarme que incluso en mis días más rotos, sigo siendo digna de amor.

La cura es una fantasía peligrosa cuando se convierte en requisito. Prefiero pensar en el amor como un lugar donde una puede seguir respirando mientras sana. Donde una puede decir “aún no estoy bien”, y la otra persona responda: “no importa, no vengo a exigirte luz, vengo a quedarme mientras llega”.

Porque en el fondo, eso es lo que muchas deseamos: no una solución, sino una presencia. No un salvador, sino un compañero. Alguien que no se asuste de nuestra herida, que no quiera taparla con frases bonitas, que no nos pida estar bien para poder quedarse.

Porque incluso cuando la cura no llega, hay caricias que nos sostienen lo suficiente como para seguir buscando la salida. Y esas caricias, pequeñas, humanas, encarnadas, pueden ser también una forma sutil de decir: “aun así, te amo”.

Estoy trabajando en mí. Sí. En mis sombras, en mis patrones, en mis heridas abiertas y también en las que ya tienen costra. Voy a terapia. Leo sobre vínculos. Me cuestiono, me corrijo, me contradigo. Tengo días en los que siento que avanzo y otros en los que apenas me reconozco. Hay mañanas en las que me levanto con el corazón liviano y otras en las que me pesa todo: el cuerpo, la historia, el miedo. Trabajo en mí no como quien quiere volverse perfecta, sino como quien no quiere repetirse.

Pero hay algo que me cuesta decir en voz alta: a veces, ese trabajo en mí se vuelve una prisión. Una autoexigencia constante. Un monólogo interminable donde todo debe analizarse, comprenderse, superarse. Como si el proceso de crecer emocionalmente fuera una deuda infinita. Como si el amor debiera posponerse hasta que una haya conseguido un diploma de salud mental impecable.

Y no. Yo no quiero que ese trabajo me aísle del amor. No quiero que la tarea de sanarme me deje sola. No quiero perderme entre ejercicios de introspección y olvidarme de que también merezco compañía, caricia, complicidad. Porque hay noches en las que me cuesta estar sola, aunque lo haya elegido. Hay días en los que no quiero tenerlo todo claro, sólo quiero un beso, una presencia, alguien que no me pida resultados.

He conocido a mujeres tan profundamente entregadas a su crecimiento que empezaron a desconfiar del deseo. Mujeres que se juzgan por sentir necesidad, por extrañar, por querer compartir lo cotidiano con alguien. Mujeres que se obligan a “estar listas” antes de permitirse amar. Y me da ternura. Porque yo también he sido esa mujer. Y todavía lo soy, a ratos.

La cultura del autocuidado, cuando se lleva al extremo, puede volverse solitaria. Porque una empieza a creer que pedir amor es retroceder. Que extrañar es signo de debilidad. Que desear compañía es falta de madurez. Y no es verdad. No es falta. No es retroceso. Es humanidad. Es piel. Es instinto. Es corazón latiendo.

A veces sólo quiero que alguien me escuche sin interpretarme. Que me abrace sin diagnosticarme. Que me desee sin esperar que tenga todos mis asuntos resueltos. Porque la perfección emocional no existe. Porque todos estamos, de alguna forma, en proceso. Y en ese proceso, también hay lugar para el amor.

No quiero que el trabajo interior me quite la posibilidad de compartir lo que soy ahora, incluso si no es mi versión más serena, más iluminada, más estable. Quiero que alguien me quiera también cuando me tambaleo. Cuando necesito ayuda. Cuando vuelvo a repetir lo que juré que ya había aprendido. Porque el amor, el verdadero amor, no espera el final del proceso. Camina a tu lado mientras lo atraviesas.

Y sí, trabajar en una misma es necesario. Pero también es necesario recordar que ese trabajo no nos despoja del derecho a ser amadas. Que no tenemos que ganarnos el afecto con progreso. Que no necesitamos estar completamente sanadas para que alguien nos mire con dulzura.

Yo estoy en camino. Y en ese camino también quiero ser tocada, besada, acompañada. No quiero tener que elegir entre crecer y amar. No quiero tener que negar mi vulnerabilidad para sentirme digna. No quiero que el trabajo en mí me separe de los demás. Porque si hay algo que he aprendido es esto: a veces, el amor también forma parte del proceso.

Hay abrazos que aclaran más que mil sesiones de terapia. Hay cuerpos que sostienen lo que una no puede nombrar. Hay gestos mínimos que te recuerdan que no estás rota, sólo viva. Y ese recordatorio, en medio del trabajo interior, puede ser el bálsamo que una no sabía que necesitaba.

Así que sí, estoy trabajando en mí. Pero no quiero hacerlo sola. No quiero que el camino al centro de mí misma esté vallado con letreros que digan “no tocar”. También merezco que alguien me ame en borrador. Que me abrace sin preguntarme en qué etapa estoy. Que me diga, con el cuerpo entero: “te acompaño, incluso si todavía estás aprendiendo a acompañarte”.

Porque ese amor —presente, tierno, imperfecto— también cura. También transforma. También enseña. No desde la exigencia, sino desde la presencia.

Hay una idea cruel, aunque envuelta en terciopelo, que flota en muchos discursos del amor contemporáneo: la de que el dolor nos vuelve menos bellas. Como si la tristeza dejara manchas, como si la angustia deformara el rostro, como si una lágrima fuera incompatible con el deseo. Se nos pide estar enteras, disponibles, ligeras, luminosas, listas para amar sin arrastrar ninguna sombra. Como si el alma no tuviera derecho a sangrar.

Pero yo no quiero esconder mis heridas para ser amada. No quiero disfrazar mi pena ni fingir estabilidad sólo para no incomodar. No quiero que la tristeza me reste encanto. Porque si algo he aprendido en estos años de vivir con la piel expuesta, es que hay belleza en la herida. Hay belleza en la carne que tiembla, en la voz que se quiebra, en los ojos que han llorado demasiado y aún así siguen abiertos.

Mi herida no me quita belleza, me enseña que soy humana.

Una humana que arde, que extraña, que suplica a veces, que resiste casi siempre. Una humana que se entrega aunque le tiemblen las manos. Que dice “sí” incluso con miedo. Que no se ha rendido. Una humana que no quiere curarse para ser amada, sino ser amada también en su proceso de curarse.

Las cicatrices no son marcas de fracaso, son marcas de batalla. Y yo he librado muchas. Algunas en silencio, otras con gritos. Algunas me las hice yo misma, otras me las hicieron sin pedir permiso. Pero todas me recuerdan que he vivido. Que he sentido con intensidad. Que no me he protegido del todo. Y eso, lejos de restarme valor, me lo da.

Hay algo sagrado en una mujer que llora y no se esconde. En una mujer que nombra su tristeza con voz firme. En una mujer que se sienta a la mesa del amor sin haberlo resuelto todo, pero con el alma abierta, vulnerable, verdadera. Esa mujer, imperfecta, sensible, compleja, soy yo. Y esa mujer no quiere un salvador. No necesita redención. No busca a alguien que le tape la herida, sino a alguien que sepa acompañarla mientras sana. Que no le huya al dolor, que no le tema al caos, que no vea la grieta como defecto, sino como puerta.

Porque si amar es un arte, entonces amar a una mujer herida es una forma de ternura radical. Es saber que el cuerpo que tiembla también goza. Que la boca que ha callado demasiado tiempo también sabe susurrar. Que el corazón que se ha roto puede volver a latir con más fuerza, más lento quizá, pero más hondo.

A veces me siento partida. A veces tengo miedo de que nadie pueda sostenerme sin cansarse. Pero otras veces —las más luminosas— sé que la herida me ha vuelto más auténtica. Que ya no tengo ganas de ocultarme. Que si alguien me quiere, deberá quererme así: con mis vacíos, con mis vértigos, con mi memoria frágil y mi cuerpo febril.

No quiero ser amada a pesar de mis cicatrices. Quiero ser amada con ellas. Como parte del mapa de mi piel. Como testigos de mi historia. Como prueba de que no he vivido a medias.

Porque mi herida no me resta. Mi herida me revela.

No quiero que me digan “ya estarás bien” como si el dolor fuera una etapa vergonzosa que hay que superar rápido. Quiero que alguien se siente a mi lado y diga: “aquí estoy”. Sin apuros. Sin soluciones. Con la serenidad de quien sabe que no todo necesita ser arreglado. Que hay dolores que sólo necesitan compañía. Que hay heridas que sólo piden una mano entrelazada en silencio.

Y quizás eso sea el amor más honesto: no el que promete curas inmediatas, sino el que se queda. El que abraza el caos. El que no se asusta del temblor. El que no exige máscaras. El que te mira herida… y aun así te llama hermosa.

Porque sí, soy hermosa. No a pesar de mi herida, sino a través de ella.

Hay una falacia tan dulce como peligrosa que se ha colado en nuestra manera de pensar el amor: la idea de que una debe llegar resuelta, pulida, casi inmaculada, para ser digna de ternura. Como si el amor fuera una recompensa al trabajo emocional, como si abrazar y ser abrazadas fuera un privilegio reservado solo para las mujeres que ya aprendieron a no doler. Como si amar mientras duele fuera un acto indebido. Como si el deseo necesitara permiso.

Pero no. Yo no creo en el amor como premio. Creo en el amor como pulsión, como decisión, como presencia. Creo en el amor que no pide credenciales terapéuticas. En el amor que no mide los avances emocionales como quien evalúa currículums. En el amor que llega con sus propias grietas y dice: “yo también estoy aprendiendo, pero quiero estar contigo mientras lo hago”.

No hay que estar sanadas para merecer amor. Hay que estar vivas.

Y yo estoy viva. Estoy profundamente viva. Aunque a veces llore. Aunque a veces dude. Aunque mis pensamientos se contradigan y mi alma tenga días nublados. Estoy viva cuando escribo, cuando deseo, cuando me desnudo sin certezas. Estoy viva cuando me atrevo a decir “sí” sin garantías. Cuando me dejo acariciar aunque aún me duela el pecho. Cuando no huyo de mí misma.

Y tú también estás viva. Aunque te sientas frágil. Aunque sientas que nadie podría comprender el caos que llevas dentro. Aunque te hayan hecho creer que el amor es una medalla que sólo se cuelgan las mujeres que ya no tiemblan. Estás viva, y eso basta. Basta para merecer ternura. Basta para merecer compañía. Basta para merecer un “te quiero” que no te pida transformarte en otra cosa.

No dejes que te convenzan de que amar es algo que viene después. Que sólo cuando te sientas bien podrás permitirte construir vínculos reales. No postergues el amor. No lo pongas en la última página de tu agenda emocional. El amor también es parte del camino. A veces —muchas veces— es un refugio, una medicina, una luz que no cura, pero que abriga.

Permítete amar con tus heridas, con tus preguntas abiertas, con tus días oscuros. Permítete recibir caricias que no juzguen. Permítete ser mirada con deseo aunque estés triste. Permítete ser abrazada aunque no tengas respuestas. El alma no se purifica escondiendo sus grietas, sino compartiéndolas con quien sepa ver belleza en lo roto.

El amor no es para las perfectas. Es para las que laten.

Para las que se levantan sin maquillaje emocional. Para las que no temen decir “no estoy bien, pero aquí estoy”. Para las que no necesitan disfrazar su humanidad. Para las que se atreven a decir: “quiero amar aunque aún me duela”.

Yo no estoy completa. Y no sé si algún día lo estaré. Pero estoy aquí. Con las manos abiertas. Con el pecho abierto. Con la herida visible. Y con una certeza amorosa: no hay que estar resueltas para ser amadas. Hay que estar dispuestas a vivir, incluso con el corazón en carne viva.

Y eso… eso también es belleza.

Con suavidad y fuego,
Bea.

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