Hay preguntas que me visitan con la misma insistencia que el insomnio, y que no siempre sé responder con palabras exactas. “¿Y tú, qué quieres hacer con tu vida?” me dicen, como si la vida fuera una hoja de ruta, una escalera, un archivo de Excel con metas y plazos. A veces sonrío y cambio de tema. A veces finjo tener un plan. Pero la verdad —y lo escribo aquí con la misma vulnerabilidad con la que escribo mis poemas sin firmarlos— es que no tengo respuestas definitivas. No tengo un mapa. Tengo una piel que intuye.
No soy de las que trazan objetivos con fechas límite. Me incomodan los esquemas cerrados, los discursos de superación personal que prometen control absoluto sobre el porvenir. Yo no quiero conquistar mi futuro. Quiero abrazarlo. Quiero vivirlo como se vive una caricia: con incertidumbre, con lentitud, con esa mezcla rara de temor y deseo que me hace sentir humana. Imaginar mi vida dentro de cinco, diez, quince años no me provoca ansiedad, pero tampoco me organiza. Lo que siento es otra cosa. Algo más suave. Más íntimo. Una vibración en el pecho. Un rumor de agua bajo tierra.
Tengo veintitrés años y una nostalgia ineludible por todo lo que ya no soy. El Perú, mi país de origen, me late como un órgano fantasma. No duele, pero tampoco deja de estar. A veces lo recuerdo como un olor: al lomo saltado que preparaba mi padre, al guardapolvo de mi colegio, al olor a tierra húmeda de los montes cuando visitaba la casa de mis abuelos mientras observaba el horizonte, siempre verde, sin saber que ya lo estaba escribiendo desde entonces. Otras veces lo siento como una raíz que no se ve, pero que sostiene. Sin embargo, mi vida —esta vida concreta, cotidiana, adulta— sucede en Estrasburgo. En mis libros abiertos al borde de la cama, en los manuscritos que traduzco en la editorial, en las caminatas por el Quai des Bateliers cuando empieza a caer la tarde. Aquí me he hecho mujer. Aquí me he enamorado y desenamorado. Aquí he llorado en silencio en los pasillos de la bibliothèque, entre estanterías de poesía francesa. Aquí he aprendido a sostenerme sola, pero también a soltar cuando hace falta.
¿A qué aspiro, entonces? A sentir. A seguir sintiendo. No porque me rehúse al futuro, sino porque no quiero vivirlo como quien se agenda. Lo que deseo no cabe en un currículum. Mi deseo tiene forma de silencio compartido, de cuerpo habitado con dulzura, de palabra escrita sin miedo. No quiero tenerlo todo claro. No quiero que todo encaje. Me basta con tener una brújula que funcione desde adentro. No hacia el éxito ni hacia la validación ajena, sino hacia mí misma. Y esa brújula es mi sensibilidad: lo único que me ha sostenido incluso cuando todo lo demás se quebraba.
Si pienso en el porvenir, no lo imagino como una meta, sino como un ritmo. Un movimiento interno. Un pulso. Tal vez escriba un libro. Tal vez me enamore otra vez. Tal vez decida volver al Perú por una temporada, o quedarme en Francia y construir algo pequeño pero cálido. Tal vez no haga nada extraordinario, y eso también estará bien. Porque lo que más me importa no es lo que lograré, sino cómo me sentiré mientras lo hago. No quiero correr detrás de una imagen perfecta de lo que debería ser. Quiero seguir andando despacio, escuchándome. Porque si algo he aprendido es que cuando una mujer se atreve a sentir antes que a planear, el futuro no se vuelve más claro, pero sí más vivo. Y eso me basta.
A veces me descubro sintiéndome rara. O fuera de sitio. Como si hubiese una especie de ceremonia silenciosa que todas han aprendido a interpretar —una coreografía del éxito, del ascenso, del empuje profesional— y yo no. Me siento a veces como una bailarina que, en lugar de girar hacia arriba, se deja caer al suelo con los brazos abiertos. No porque no tenga ambiciones, sino porque mis ambiciones no siempre se traducen en escalones ni en jerarquías. No sueño con tener un equipo a cargo, ni con una oficina con vista a la ciudad, ni con correos urgentes que confirmen mi importancia. Yo quiero otras urgencias: la de una frase bien dicha, la de una autora que me atraviesa, la de una noche larga en vela porque una palabra todavía no ha encontrado su equivalencia exacta en francés.
Amo profundamente mi trabajo como traductora. Hay días en los que, después de horas frente al manuscrito, siento que he hablado con alguien que ya no está viva, o con una parte mía que no sabía nombrar. Cuando traduzco una novela escrita por una mujer latinoamericana —una de esas voces rebeldes, dolidas, inmensas— siento que no estoy subiendo nada, pero sí estoy entrando en un cuarto sagrado. Es un trabajo silencioso, íntimo, a veces invisible. Y eso me gusta. No necesito aplausos. Me basta con saber que esas palabras, tan llenas de país, de cuerpo, de resistencia, de deseo, van a ser leídas por alguien en otra lengua. Que algo ha cruzado el umbral. Que otra mujer, tal vez en Lyon o en Bruselas, va a sentirse menos sola por eso.
No quiero escalar en la editorial. No quiero ser jefa. No quiero ocupar un cargo que me aleje del lenguaje, de los márgenes, del temblor. A veces me preguntan si no aspiro a “crecer” más. Yo contesto que sí, pero que tal vez lo mío no es crecer como se crece en el mundo laboral, sino como crecen las raíces: hacia abajo. Hacia lo hondo. Hacia lo invisible. Lo mío no es subir, es quedarme. Profundizar. Afinar. Habitar.
Quizá algún día publique mi propio libro. A veces lo sueño. No sé aún si será un ensayo, una colección de cartas, un cuerpo de poemas. Lo único que sé es que no quiero escribirlo con premura. Ni para cumplir una expectativa. Ni para sumar logros. Quiero escribirlo cuando no pueda no hacerlo. Cuando cada célula de mi cuerpo diga: ahora. No porque una editorial me lo pida, no porque una fecha lo exija. Sino porque algo dentro de mí haya alcanzado la madurez suficiente para volverse lenguaje. Y entonces sí, que nazca. Pero que nazca lento. Como los hijos del deseo verdadero.
En un mundo que parece obsesionado con la productividad, con los escalafones, con el vértigo de “lograr cosas”, yo quiero cultivar algo menos ruidoso: la hondura. Porque no me interesa impresionar, me interesa conmover. Y porque hay trabajos que no se ven, pero sostienen. Y hay mujeres que no escalan, pero iluminan desde lo bajo. Mujeres como yo, que han elegido ser profundidad en vez de altura. Y que han entendido, al fin, que no todo lo valioso se mide con ascensos: a veces se mide con raíces.
Hay días en los que me despierto hablando en francés, incluso en mis sueños. Y hay otros, más densos, en los que se me aparece el quechua entre las costillas. No lo hablo con fluidez —y eso es una herida—, pero lo reconozco en el cuerpo, en ciertos silencios del habla, en la forma en que mis abuelos pronunciaban las vocales con un temblor que ninguna lengua europea podrá reproducir. Vivo, sí, en Francia. Vivo aquí desde hace ya los años suficientes como para que el pan con mantequilla me resulte tan cotidiano como el pan con queso andino. Y sin embargo, hay algo en mí que no ha cruzado del todo el océano. Algo que sigue allá, en Cusco, en el campo, en la casa que huele a eucalipto y tierra mojada.
Mi infancia se quedó allí. En los desayunos con papaya arequipeña, en las trenzas apretadas que me hacía mi madre antes de ir al colegio, en los atardeceres rojizos sobre las montañas que no tenían nombre, pero sí memoria. A veces cierro los ojos y puedo oír las voces de mis abuelos en la cocina, el crujido de la leña encendiéndose, las risas de mis primos mientras corríamos descalzos detrás de los perros. Todo eso vive en mí. Todo eso me compone. No es nostalgia turística, no es folclore romántico: es un amor visceral, originario, que a veces duele como una amputación.
Y sin embargo, Estrasburgo también me ha formado. Aquí me convertí en adulta, aquí comencé a trabajar con libros, aquí lloré a mi padre, aquí descubrí el deseo como una fuerza estética, y también política. Aquí conocí la soledad elegida. El invierno alsaciano me ha dado su dureza, pero también su claridad. He aprendido a amar sus amaneceres grises, sus bibliotecas silenciosas, sus tranvías que pasan como ideas puntuales. Hay algo de mí que se ha afinado en esta ciudad. Me he vuelto más cuidadosa con las palabras, más contemplativa, más suave incluso con mis propias contradicciones. Me he vuelto otra. Sin perderme. O tal vez sí, pero con dignidad.
Vivir entre dos países es como vivir entre dos cuerpos. A veces uno se acomoda mejor que el otro, pero nunca se abandona del todo el segundo. Mi patria es una herida abierta entre dos acentos. A veces me brota el francés con la naturalidad de quien ha aprendido a vivir sin preguntar, con elegancia. Pero luego llega el español —el mío, el peruano, el quebrado por la ternura de los diminutivos, el cargado de metáforas sin metáforas— y me recuerda que hay una Beatriz que no traduce, que no adorna, que no negocia: que simplemente siente. Y en ese sentir hay cerros, hay danzas, hay mujeres tristes riendo a carcajadas.
No sé si volveré a vivir en Perú. Lo pienso a veces, sobre todo cuando escucho la música del altiplano y se me encharcan los ojos, o cuando me llega una foto de mis primas y me doy cuenta de que ya son mujeres. Tal vez vuelva por temporadas largas. Tal vez decida un día criar hijos allá, si alguna vez los tengo. Tal vez no. No me gusta planificarlo como quien compra pasajes: me gusta dejarlo en el terreno del deseo. Porque volver, para mí, no sería regresar a un país, sino a una parte de mí que nunca se fue del todo. Y porque a veces, basta una palabra en quechua, una canción de Susana Baca, una taza de muña caliente, para que mi cuerpo sepa exactamente quién es.
Llevo ambas tierras como llevo dos lenguas: con amor, y con dolor. Las he amado, sí, pero también me han dolido. Francia me ha dado herramientas, libertad, educación, tiempo. Perú me ha dado raíz, intuición, calor, fe. Y ambas cosas son mías. No quiero elegir. No puedo. No debo. Porque no soy una mujer de una sola patria, ni de una sola voz. Soy un puente. Y aunque vivir entre dos extremos a veces cansa, también me recuerda que el equilibrio existe: no en la unidad, sino en la oscilación.
Hay días en los que pienso en un hijo. No en abstracto, sino en la carne. En cómo sería sentir su peso dormido sobre mi pecho, en el olor de su piel tibia después del baño, en esa manera tan instintiva que tienen los bebés de buscar con la boca el consuelo de una madre. Lo imagino como si ya existiera: con ojos que me miran como si yo fuera el mundo entero, con una voz que aún no articula pero que me nombra en cada gesto. Y entonces me enternece el alma. Me dan ganas de llorar, de reír, de preparar una cuna. Pienso en criar como un acto de belleza: una extensión pura del amor, una forma silenciosa de resistencia contra la prisa, el egoísmo, el desencanto. Me veo cocinando en casa, escuchando música suave, escribiendo mientras duerme. Me veo amando de una manera que no he conocido aún.
Pero después viene el miedo. ¿Y si criar significa dejar de escribir? ¿Y si el cuerpo se agota al punto de no poder traducir más poemas? ¿Y si pierdo el silencio que tanto me sostiene? ¿Y si no puedo más con el cansancio, con las noches largas, con las demandas infinitas de la maternidad? Tal vez suene egoísta, y puede que con el tiempo estas dudas se disipen y cambie de opinión. Además, sé que muchas mujeres lo logran, muchas lo hacen con una gracia admirable, con una entrega conmovedora. Pero yo no quiero romantizar nada. Hay algo en mí que teme desaparecer en el cuidado. No quiero convertirme en un satélite de alguien más. No quiero que mi cuerpo, que he aprendido a amar con tanto trabajo, se convierta en campo de batalla sin que yo lo elija libremente.
Y luego está él. O la ausencia de él. Porque si algún día decido ser madre, no quiero hacerlo con cualquiera. No quiero un padre que ayude: quiero uno que críe. Quiero un hombre que entienda la ternura como una fuerza, no como una debilidad. Que no se asuste de mis silencios, que no compita con mi melancolía, que no me haga sentir culpable por necesitar estar sola. Un hombre que sepa leer mis gestos, que no me pida explicaciones, que me cuide sin infantilizarme. Sé que existen hombres así, pero no los busco con desesperación. No hago castings. No me vendo como una candidata ideal para formar una familia. Prefiero esperar, cultivar mi jardín, escribir mis verdades, y si alguna vez llega alguien que quiera compartir la vida, que sea porque me vio en flor y no porque me soñó podada.
Lo que sí sé —y esto no cambia con el tiempo— es que deseo un hogar. No una casa llena de muebles caros, ni una arquitectura perfecta para Instagram. Un hogar. Un espacio íntimo, blando, bello, donde mis pasos suenen como palabras bien puestas. Un lugar donde pueda llorar sin pedir perdón, donde el cansancio tenga permiso, donde el deseo no sea una obligación, sino una fiesta. Un rincón del mundo que huela a café por las mañanas, a libros abiertos por las tardes, a cuerpo amado por las noches. Un hogar no como refugio para huir del mundo, sino como centro para habitarlo con más verdad. Donde el amor no sea una trinchera, sino una manta.
A veces me sueño así: con alguien que me acaricia la espalda mientras traduzco un verso difícil, con alguien que me trae té cuando ve que estoy inquieta, con alguien que no me pide que deje de escribir para atenderlo, sino que se sienta a mi lado, en silencio, a leer. Y si alguna vez hay un niño entre nosotros, que venga como quien llega a una fiesta íntima, sabiendo que su madre ya era mujer antes de ser madre, y que seguirá siéndolo después.
Y es que, aunque tenga muchas dudas, en el fondo sí quiero ser madre. Pero también sé que quiero sentirme en casa. En un lugar, en un cuerpo, en un abrazo. En un proyecto común que no me borre. En un amor que no me convierta en un rol, sino que me mire como soy: cambiante, sensible, intensa, frágil, fuerte, humana. Porque más allá del instinto o del mandato, lo que deseo es pertenecer. No a alguien, sino a algo más grande: a una intimidad compartida que me haga sentir, de una vez por todas, en paz.
He dejado de soñar con lo grandioso. No me atrae la vida de vitrinas, ni los aplausos, ni los títulos rimbombantes que cuelgan como medallas huecas sobre la piel. Me seduce, en cambio, lo secreto, lo hondo, lo que no necesita ser nombrado en voz alta para tener sentido. Quiero una vida pequeña, sí, pero tan íntimamente sentida que cada día parezca escrito con tinta de verdad.
Imagino mis mañanas con calma: una taza de café que humea sobre la mesa, un libro abierto junto a la ventana, la luz suave del invierno filtrándose por las cortinas. El cuerpo aún tibio bajo la bata, los pies descalzos sobre el parqué, y el silencio como un idioma antiguo que sólo yo entiendo. No necesito más. Me basta saber que hay tiempo para leer sin prisa, para escribir sin meta, para traducir palabras que tocan el alma como un eco que vuelve desde otras lenguas, desde otras mujeres. Lo extraordinario no está en lo externo, está en el temblor que siento cuando una frase se acomoda en su lugar, como si por fin el mundo respirara con mi ritmo.
A veces, mientras camino por las calles de Estrasburgo, pienso que esa es mi mayor ambición: poder seguir caminando sin tener que correr hacia ningún sitio. Tener tiempo para detenerme a mirar un árbol, escuchar una canción vieja, observar cómo una hoja cae con dignidad. Quiero vivir despacio, con los sentidos abiertos, con el corazón disponible. No estoy hecha para las agendas atiborradas ni para los calendarios que se devoran la vida. Estoy hecha de otra sustancia: la del vino que se saborea lentamente, la del cuerpo que se entrega sin medir el reloj, la de las conversaciones largas que empiezan con una risa y terminan con lágrimas suaves.
Quiero seguir teniendo amigas con las que pueda desnudarme el alma sin maquillar las palabras. Mujeres con las que pueda hablar del miedo a no ser suficiente, de los amores que aún duelen, de los poemas que nos salvan en la madrugada. Quiero tardes compartidas entre vino tinto, pan caliente, y esa risa cómplice que sólo nace entre mujeres que se han roto sin perder la ternura. No me interesa rodearme de muchas personas, me interesa rodearme de las justas: las que sepan habitar el silencio, las que no tengan miedo de llorar conmigo, las que no me pidan ser otra.
Y sí, también quiero hacer el amor sin prisa. Que me besen como quien lee un verso despacio, sin querer llegar rápido al final. Que me acaricien sin urgencia, como si el cuerpo fuera un territorio sagrado. No quiero una sexualidad que repita guiones ajenos: quiero una que se invente con cada respiración, con cada temblor, con cada palabra dicha al oído. Me erotiza más una mirada honesta que una pose perfecta. Quiero una intimidad donde pueda reír con la boca abierta, gemir con libertad, dormirme sin miedo a ser juzgada por mis cicatrices.
Viajar también me llama, pero no como escape. No quiero correr del presente, quiero expandirlo. Soñar con Florencia, con Kioto, con Lisboa… no por la foto, sino por el olor, la textura, el lenguaje distinto que se pronuncia en la piel. Quiero viajar como quien contempla, no como quien colecciona. Aprender otras formas de vivir, de amar, de callar. Pero saber siempre que hay un lugar al que volver. Un hogar donde me esperen mis libros, mi cama, mi olor. Un sitio pequeño, pero mío. Donde cada objeto cuente una historia, donde cada rincón tenga algo de mi alma.
No tengo ambiciones de escenario. No quiero fama ni millones de seguidores. Quiero lectores. O mejor dicho, cómplices. Personas que lean mis textos como quien se asoma a una casa encendida en medio de la noche. Quiero que lo que escribo toque una fibra, no que adorne un feed. Que se quede en el cuerpo de alguien como una caricia larga. No necesito que me vean todos, sólo necesito que me sientan algunos.
Porque, al final, no quiero una vida enorme. Quiero una vida verdadera. Una vida donde cada gesto tenga alma, donde cada elección esté enraizada en el deseo, no en la expectativa. Una vida que no parezca una vitrina, sino una habitación cálida. Una vida pequeña, sí. Pero tan honda que quepan en ella todos mis sueños, todas mis contradicciones, todas mis palabras.
No sé quién soy cuando me exigen una respuesta cerrada. No tengo frases definitivas ni verdades absolutas que pueda colgarme como medallas. Soy un cuerpo en movimiento, una mente que duda, una mujer que se contradice con una fidelidad casi mística. Y ya no me castigo por eso. Porque he comprendido que no todas las verdades son sólidas, que algunas laten como agua entre las manos, y que mi deseo —aunque a veces no tenga nombre— también quiere un lugar en mi porvenir.
Hay días en los que anhelo profundamente una estabilidad: una pareja que me abrace al final del día, una casa con muebles escogidos con ternura, una cama compartida donde leer en voz baja antes de dormir. Imagino las rutinas suaves, los domingos tranquilos, las cenas a media luz con música lenta de fondo. Me emociona la idea de pertenecerle a alguien que me mire sin querer corregirme, alguien que me entienda incluso cuando no hablo. Me atrae la promesa de una compañía constante, de un amor que no necesite de grandes gestos para sostenerse.
Pero luego, con la misma intensidad, me asusta. Me inquieta la posibilidad de quedarme atrapada en un nosotros que ya no me respire. Me da miedo que amar signifique ceder espacios que tanto me ha costado conquistar. Hay una parte de mí que necesita desaparecer de vez en cuando, retirarse al silencio, dormirse sola sin tener que dar explicaciones. Y me duele pensar que esa parte pueda no ser compatible con la imagen del amor duradero. No quiero tener que elegir entre el nosotros y el yo. Quiero un vínculo que me permita ser dos sin dejar de ser una. Pero ¿existe eso? ¿O es sólo un anhelo hermoso que me repito para no claudicar?
También me pasa con la escritura. Sueño con publicar un libro, sí. Con ver mis palabras impresas, acompañadas por una portada que me represente, por un prólogo delicado, por lectores que se detengan en mis frases como quien encuentra un rincón donde respirar. Quiero que mis textos viajen más allá de mí, que alguien los lea en otra ciudad, en otra lengua, y sienta que no está sola. Pero al mismo tiempo, me aterra la exposición. El juicio. La mirada ajena diseccionando lo que para mí fue casi una plegaria íntima. Me dan vértigo las entrevistas, las ferias, los focos. Yo no quiero ser escritora para estar al frente; quiero serlo para habitarme más hondo. ¿Será posible escribir con el cuerpo entero y al mismo tiempo proteger el alma?
Hasta con la soledad me debato. A veces la amo con una fidelidad devota: me recoge, me cuida, me devuelve el centro. Puedo pasar días enteros en silencio sin extrañar a nadie, sin buscar afecto, sin necesitar más que mi música, mis libros, mi cama. Pero otras veces, la soledad se vuelve un abismo. Me despierto con la garganta cerrada, deseando que alguien me diga "te extraño" sin que yo tenga que pedirlo. Hay noches en que todo lo que quiero es una voz que me diga “ven, no tienes que ser fuerte hoy”. No sé cómo reconciliar esas dos partes mías: la que goza de estar sola y la que, de pronto, llora por no tener a quién abrazar.
Y sin embargo, en medio de todo ese desorden —esa danza entre lo que quiero, lo que temo y lo que aún no sé nombrar— hay una certeza que me sostiene: seguiré siendo fiel a mi deseo. Aunque me tiemble la voz. Aunque me equivoque. Aunque no sepa explicarlo del todo. Mi brújula no es la lógica, es la honestidad. Y si hay algo que he aprendido es que una puede ser contradictoria sin ser incoherente. Porque hay coherencia en habitarse sin traición, incluso cuando el deseo se bifurca.
No necesito tener un plan fijo. Me basta saber que cada paso lo daré en diálogo con mi piel, no con las expectativas ajenas. Que elegiré, incluso con dudas. Que diré que sí o que no desde la intuición, no desde la culpa. Que me permitiré cambiar de idea, abrir caminos nuevos, cerrar puertas sin avisar. Mi futuro no será una línea recta. Será un territorio de curvas, de pausas, de retornos. Y lo acepto. Porque mis contradicciones también merecen un mañana. También sueñan. También aman. También caminan conmigo hacia lo que no sé, pero presiento.
Hay una extraña paz en reconocer que no lo tengo todo claro. Que mi futuro no cabe en una frase perfecta ni en un plan quinquenal. No tengo certezas, ni fórmulas, ni un manual de instrucciones. Tengo, en cambio, esta piel que intuye. Esta forma de sentir antes que razonar. Esta manera de elegir no por lógica, sino por latido. Y he decidido dejar de pedirle a la vida lo que no necesito: caminos rectos, metas fijas, etiquetas ruidosas. No quiero que mi destino se parezca a lo que esperan de mí. Quiero que se parezca a mí.
Lo que no quiero —eso sí lo tengo claro— es una existencia sin alma. No quiero levantarme cada mañana en piloto automático, cumplir tareas sin sentido, coleccionar logros que no me habitan, sonreír cuando en realidad quiero llorar, amar por inercia, decir “sí” por costumbre. No quiero que me aplaudan por una vida que no me conmueve. No quiero sentirme muerta en una rutina que no me nombra.
He aprendido que vivir es mucho más que sobrevivir. Que el éxito no siempre se mide en títulos, ni el amor en permanencia. Que hay días en que lo más revolucionario es quedarse en casa con un té caliente y el corazón a medio cerrar. Que hay decisiones que no se explican, pero se sienten. Que el deseo no siempre tiene un destino, pero sí una dirección. Y esa dirección, para mí, tiene que ver con seguir encendida.
No sé si llegaré a ser madre. No sé si volveré al Perú. No sé si me quedaré toda la vida en Estrasburgo o si un día haré las maletas y desapareceré sin decir adiós. No sé si amaré para siempre a alguien, o si aprenderé a amar de a ratos, sin prometer eternidad. No sé si escribiré el libro que sueño, o si ese libro me escribirá a mí en silencio, poco a poco, en cada gesto cotidiano.
Pero sí sé que no quiero una vida que me apague. No quiero dejar de preguntarme, de estremecerme, de elegir aunque me tiemble la voz. Quiero una vida que me exija presencia, que me devuelva a la piel, que me permita llorar sin pedir perdón, desear sin esconderme, crear sin buscar aprobación. Quiero seguir traduciéndome a mí misma, incluso cuando las palabras no alcancen. Quiero seguir haciendo del lenguaje una casa, del cuerpo un altar, del deseo una brújula.
Si alguna vez llego a un lugar, que sea a ese: donde pueda seguir siendo yo. Con ternura. Con contradicciones. Con fuego. Con silencio. Con esa dulzura que heredé de mi madre. Con esa nostalgia que nunca se fue del todo. Con esa fuerza que no elegí, pero que me sostiene. Y con esa fidelidad obstinada a mí misma que, incluso en medio del miedo, me salva.
No necesito tenerlo todo claro. Sólo necesito no traicionarme. Porque aunque no sepa lo que quiero, sí sé lo que no quiero: vivir sin alma. Y mientras esa llama siga encendida, el futuro, aunque sea incierto, seguirá siendo mío.
Con suavidad y fuego,
Bea.

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