A veces, antes de publicar cualquier texto, cierro los ojos y me pregunto si de verdad quiero que alguien entre hasta aquí, a este lugar hondo desde el que escribo, bajo las superficie de mis frases. Esa zona peligrosa y tentadora donde no soy elegante ni ordenada ni coherente, tan solo humana, contradictoria, temerosa, mujer.
Siento que escribir es invitar a alguien a cruzar el pasillo hasta mi habitación desordenada y encenderle la luz. No tiene la cortesía de una sala de estar, ni la neutralidad de una mesa de café. Es un cuarto donde todavía hay ropa tirada sobre la silla, cartas sin responder, cuadernos abiertos por la mitad, fotos que no he querido enmarcar. Es ahí donde nacen la mayoría de mis textos, incluso los que luego parecen tranquilos, casi pulcros.
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Cuando empecé Calle65, pensé que sería sencillo hablar “de mí”. Me imaginaba escribiendo crónicas de ciudades, notas sobre libros, pequeñas confesiones cuidadosamente editadas, con la distancia necesaria para sentirme segura. Pero en cuanto publiqué los primeros textos, comprendí que el verdadero vértigo no estaba en ser leída, sino en ser leída de verdad: comprendida, interpretada, reinterpretada, analizada...
Hay una gran diferencia.
Ser leída puede ser, simplemente, que alguien pase los ojos por encima de un texto, subraye una frase, haga clic en “me gusta” y siga con su vida en este gran océano substackero. Es un tipo de lectura que roza, que toca la superficie. Se agradece, por supuesto, pero no asusta.
Ser leída de verdad, en cambio, es otra cosa. Es cuando alguien no solo entiende lo que digo, sino lo que no me atreví a escribir; que comprende entre líneas ese lenguaje abstracto y herido que sostiene mis frases, el origen silencioso de una metáfora, el rostro que se esconde detrás de un pronombre. Es cuando alguien, desde otra ciudad, desde otra vida, dice: “Yo también siento eso. Yo también era esa niña. Yo también amé así”. Y entonces sé que ha entrado a mi habitación desordenada, que ha visto la silla llena de ropa, la carta sin contestar, el cuaderno roto. Y aun así se ha quedado.
Ese tipo de lectura me conmueve, sí. Pero también me da miedo.
Pienso en los textos donde hablo de mi padre, por ejemplo. No del padre como figura genérica, sino de mi padre leyendo para mí, de su voz mezclada con las páginas, de la forma en la que su ausencia se convirtió en una especie de sombra permanente que nubla mis días. Cuando alguien me escribe después de leer esos textos y me dice “yo también perdí a mi padre así” o “yo también escucho su voz en los libros”, una parte de mí se siente abrazada, y otra parte se encoge, como si hubiese dejado la puerta demasiado abierta.
Esa desnudez emocional tiene algo de indecente, casi obsceno. No hablo de que sea vulgar, sino que resulta extremadamente verdadera. Porque no hay maquillaje posible cuando dos dolores se reconocen.
El miedo a ser leída de verdad se insinúa ahí. ¿Qué pasaría si alguien, al leerme, no solo entendiera que hablo de ausencia, de romances fallidos, de erotismo, sino que identificara el rostro concreto al que me refiero? ¿Y si esa persona, ese tú silencioso que a veces aparece entre líneas, se reconociera de golpe? ¿Podría seguir escribiendo con la misma libertad sabiendo que mis textos pueden ser espejos demasiado precisos?
Hay días en los que quisiera escribir como si nadie fuera a leerme. Como cuando tenía quince años y llenaba cuadernos sabiendo que nadie los abriría. El pudor era mínimo porque la intimidad estaba garantizada. No había riesgo. Esas páginas eran un cuarto con llave, y la llave la tenía yo.
Ahora es diferente. Cada vez que publico un texto, cedo una copia de esa llave. No sé quién la tomará, ni cuándo, ni qué hará con ella. A veces la llave cae en manos suaves, lectores que se acercan con respeto y cuidado. Otras veces me imagino que podría caer en manos que solo buscan curiosear, juzgar, diseccionar. Es ahí cuando aparece ese temor ácido de haberme expuesto demasiado.
Pienso mucho, sobre todo, en las mujeres que leen Calle65 desde habitaciones que no conozco, desde ciudades cuyo suelo solo he pisado con la imaginación. Imagino sus camas deshechas, sus cocinas a media luz, sus auriculares puestos en un tren, sus oficinas silenciosas. Me consuela pensar que, cuando se detienen a leerme, solo buscan compañía, no perfección.
Tal vez el miedo a ser leída de verdad está emparentado con el miedo a ser amada de verdad. En ambos casos, alguien ve más de lo que habíamos planeado mostrar. Se filtra el temblor bajo la voz, la herida bajo la risa, la inseguridad detrás de un gesto aparentemente firme. De repente, ya no estamos interpretando un papel: somos descubiertas. Pero ahí seguimos, temblando pero presentes.
Publicar un texto es, en ese sentido, aceptar la posibilidad de tal descubrimiento.
Hay una parte de mí que desearía mantenerse para siempre en la escritura privada, por esa sensación de estar a salvo, ya que ahí nadie juzga mis borradores, mis contradicciones, mis frases torpes. Pero hay otra parte de mí que sabe que la literatura que más me ha salvado es aquella que se escribe con valentía. La que se ha atrevido a decir lo que yo no me atrevía ni a pensar en voz alta. La que me ha tomado de la mano en una estación de tren y me ha susurrado: “No eres la única que siente esto”.
Cuando alguien me escribe después de leer uno de mis textos y me cuenta algo de su vida, entiendo que el riesgo ha valido la pena. Esa persona no está respondiéndole a una columnista distante, sino a alguien que, como ella, tiembla un poco cada vez que presiona “publicar”. Me gusta pensar que en ese temblor compartido hay una forma rara pero profunda de conexión, de intimidad.
Pero el miedo no desaparece.
Incluso ahora, mientras escribo esto, sé que hay frases que quizás estoy suavizando para no asustarme demasiado. Hay detalles que omito, nombres que cambio, escenas que reduzco a metáforas. El silencio sigue siendo un aliado. Naturalmente, nunca cuento todo. Nunca muestro todo. Necesito conservar un mínimo refugio solo mío, un rincón donde ni siquiera la lectora más atenta pueda entrar.
Tal vez escribir sea precisamente ese equilibrio precario entre lo que doy y lo que guardo. Entre lo que sale a la luz en forma de palabras y lo que queda debajo, sosteniéndolas desde la sombra.
Ser leída de verdad seguirá dándome miedo. No puedo negarlo. Pero también sé que, si renunciara a esa posibilidad, renunciaría a la parte más viva de mi escritura. A ese encuentro casi secreto entre mi cuarto desordenado y el de otra persona que, desde otra parte del mundo, a través de una pantalla, también está intentando ponerle nombre a lo que le duele y a lo que le salva.
Tal vez de eso se trate Calle65: de ese punto de cruce donde dos vidas que nunca se han visto se reconocen por un instante a través de una frase. Un pequeño umbral donde aceptamos, con cierto pudor y con cierta gratitud, ser leídas un poco más de lo que nos gustaría, pero justo lo necesario para no sentirnos solas.
Con suavidad y fuego,
Bea.
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