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Bruja Maldada · Apr 12, 2026

La parte más baja del rosal

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Elisa Díaz · Bruja Maldada

—Hoy he descansado poco. La espalda me está machacando. Los malditos riñones no me dejan tranquilo. Debe ser que ayer me agaché más de la cuenta moviendo algunas macetas. Por cierto, te planté los geranios que tanto querías. Seguro que para primavera echan unas flores estupendas.

Milagros seguía inmóvil, tumbada con aquel camisón largo hasta los pies y ese gorro que siempre se ponía para cuidarse el cabello.

El sonido del teléfono lo sacó de la cama.

—¿Quién llama a estas horas?

Se calzó las zapatillas y fue al cuarto de la tele:

—¿Diga?... Ah, eres tú… Bien, bien, está acostada, descansando, no ha pasado buena noche… Pues claro que he llamado al médico, hijo. Un resfriado sin importancia. Enseguida va a mejorar… No, no, tranquilo, tengo caldo y unas verduras que me trajo ayer el hijo de Paquita… No te preocupes, yo te aviso si se pone peor… Muchas gracias… Sí, sí. Gracias por llamar. Adiós, hijo, adiós.

De nuevo en la habitación, mientras se cambiaba de ropa, le contaba a su mujer la conversación:

—Ricardo ha preguntado por ti… No le he dicho nada todavía. Estoy esperando el momento oportuno… No te enfades, mujer, se lo diré pronto, te lo prometo. Ahora me voy a trabajar un rato, hay mucho lío en el jardín.

Puso leche a calentar en un cazo, cortó unos trozos de pan duro en una taza y les echó un poco de azúcar por encima. Alzó la mirada y se encontró con la estatuilla de san Rafael.

—Tú y yo teníamos un trato. ¿Así cumples? ¿No nos íbamos a ir los dos a la vez? Dile a tu jefe que no me fio de él y que seguiré sin rezar ni ir a la iglesia.

Apagó el fuego de mal humor cuando vio que la leche se le había ido. Retiró el cazo y lo colocó sobre el salvamanteles. Echó un poco de Mistol en la bayeta, retiró las rejillas de los quemadores y limpió aquel desastre. Calentó otro poco de leche y antes de que empezara a hervir, la vertió sobre los trozos de pan. Fue al armario de los medicamentos. Estaba hasta arriba de cajas, las suyas y todas las de Milagros, incluyendo las pomadas y los ungüentos que había usado para aliviar las erupciones que le habían salido en la piel a causa de algunas medicinas. Había pastillas de la tensión, de los huesos, del colesterol, malditos riñones, los somníferos que tomaba su mujer para dormir mejor, las del calcio y algunas cajas de analgésicos y antiinflamatorios. Por fin aparecieron sus dichosas pastillas: las del corazón, las de los huesos y las de la orina. Guardó las demás medicinas y se sentó a la mesa. Masticaba las sopas de pan pensando que tenía que haber aceptado el aparato que quería regalarle su hijo, el microondas ese o como puñetas se llamara. Ricardo le había insistido en que a su edad era peligroso utilizar la cocina de gas. Sin embargo, él quería seguir haciendo las cosas como siempre. Además, a Mila le gustaba el sabor de la comida hecha a fuego lento.

Se quedó allí sentado un rato más, resolviendo cruzadas. Cuando terminó, dejó los cacharros en el fregadero y se marchó al cobertizo. Preparó la mezcla de pintura, un tono azul cielo, como le gustaba a su mujer y pintó unas cuantas macetas. Las iba dejando sobre un papel de periódico que había colocado en el suelo del cobertizo, por si esa tarde llovía. El del parte había dicho que a partir del miércoles tendrían precipitaciones en casi todo el país.

Alrededor de las cinco, cuando apenas quedaba una hora de luz, el cielo liberó sus primeras gotas. Hilario dio una vuelta por el jardín y revisó que no quedara ninguna herramienta fuera de lugar. Cortó unas cuantas rosas para Milagros, guardó las tijeras en el cobertizo y cerró la puerta.

Ya en la cocina, empezó a toser sin descanso. Tuvo que coger del armario de las medicinas el inhalador y aspirar dos dosis de Ventolín. Controlada la crisis, echó agua en un jarroncillo de porcelana y metió el ramillete de rosas. Pasó por el cuarto de la tele con el florero en la mano, cogió el libro de poemas y se dirigió a la habitación.

—Mira lo que te he traído. Para que luego digas que no me acuerdo de ti. ¿A que huelen bien? Las pongo aquí en tu mesilla de noche. Tengo los poemas de Whitman. No sé si te apetece que te lea un rato antes del partido.

El despertador sonó a las ocho. Fue al baño y volvió a la habitación con su mujer como de costumbre. Se acercó por su lado de la cama y le dio el beso de buenos días.

—¿Todavía estás molesta? Pues sí que te dura el enfado, mujer.

Se sentó en el borde, dándole la espalda.

—Aún no estoy listo, ¿de acuerdo? Tendrás que darme un poco más de tiempo. La casa está muy vacía sin que tú vayas de un lado a otro, pidiéndome hacer esto y aquello. Por cierto, el rosal está plagado de pulgones. Me pondré con él enseguida. Y también tengo que trasplantar las petunias, la verbena y los pensamientos, que el vendaval que se levantó ayer al final de la tarde acabó rompiendo unas cuantas macetas. El césped está lleno de las hojas que han caído y hay que barrer el camino de piedra, que está que da pena.

Se puso la ropa de trabajo y se marchó de la habitación pensativo. En la cocina, se preparó leche con sopas de pan y, antes de sentarse, fue al mueble de las medicinas a por las pastillas. Al abrir la puerta del armario, había olvidado a por qué iba. Tenía la cabeza en Ricardo. No quería decirle nada, ni mucho menos que su hijo fuera a verlo. Se acordó entonces de sus pastillas, sacó las dos blancas y la rosa y volvió a la mesa.

Puso la taza y el plato en el fregadero. Arrastró los pies hasta la percha y descolgó la chaqueta de lana que Milagros le había regalado las últimas navidades. Por si las moscas, se metió el inhalador en el bolsillo de la chaqueta.

Una vez en el cobertizo, se puso los guantes de tela y, con cuidado, fue sacando al jardín las macetas pintadas, el saco de abono y las herramientas que iba a necesitar. Después de trasplantar las petunias, la verbena y los pensamientos, malditos riñones, mientras barría la tierra esparcida por el suelo, un ataque de tos lo pilló desprevenido. Se sacó el inhalador del bolsillo, lo agitó e inhaló las dos dosis pautadas. Preparó las tijeras de podar, el jabón neutro para los pulgones y el paquete de algodón. Fue cortando con mimo las pequeñas rosas secas. Eso le llevó casi una hora. El rosal había crecido bastante en los últimos meses y sobrepasaba ya la mitad de la pared. Podó las ramas repletas de pulgones y cuando terminó con esa tarea, fue empapando trocitos de algodón en jabón para pasarle a las hojas y a las ramas, con cuidado de no llegar a las flores. Descansó varias veces. Se le hacía cuesta arriba estar tanto tiempo de pie. Añadió abono al rosal y, por último, limpió las hojas del césped con el rastrillo.

En la cocina, se preparó algo de almuerzo: unas sardinas en conserva y un tomate cortado en trozos. Sonó la aldaba. Se lavó las manos tras cortar el tomate y fue a abrir.

—¿Qué haces tú aquí?

—Vengo a ver a mamá. ¿Qué es ese olor?

Su hijo avanzó por el pasillo hasta la cocina y dejó sobre la mesa unas bolsas que había traído.

—Te lo agradezco, pero no era necesario.

—Ya, bueno. ¿Se puede saber a qué huele?

—He trasplantado algunas macetas que se rompieron con la tormenta, debe ser el abono.

Hilario señaló la puerta que había en la cocina y que daba al jardín.

—¿Por qué no llamas a alguien para que te ayude? Ya no estás para estas cosas, papá.

—A tu madre le gusta que lo haga yo y a mí me entretiene.

—No puedes coger peso.

—Bueno, bueno, ya basta.

—Sí, no sé para qué me molesto, al final vas a hacer lo que te dé la gana. Voy a ver a mamá y me voy.

—Haz el favor de dejar a tu madre tranquila. Está descansando.

—Paso solo a darle un beso.

—¡He dicho que no!

Su hijo lo miró sorprendido.

—Por favor, no ha dormido en toda la noche y cualquier ruido puede despertarla. Le diré que has venido. Palabra.

—Está bien, papá. Vendré el sábado con Lucía y los niños.

Hilario entró en la habitación y se tumbó junto a su mujer sin cambiarse, con los pantalones y las manos manchados de tierra.

—El niño se huele algo. He conseguido que se fuera. Mi trabajo me ha costado, aunque se ha ido con la mosca detrás de la oreja. O eso me ha parecido.

Y se quedó allí, abrazando a su mujer.

El sábado, Hilario se preparaba los trozos de pan con leche cuando sonó la aldaba. Sabía quién era y estaba preparado para dar la excusa perfecta y disuadir a su hijo de nuevo. Sin embargo, antes de que pudiera darles un beso a sus nietos, los niños ya se habían escapado de su alcance y correteaban por la casa de un lado a otro. Su nuera le puso la mejilla y se dirigió a la cocina, cargada de bolsas.

—¿Hoy también estás con el jardín?

—No, hijo, hoy me he tomado un descanso.

—Hilario, algo se le está pudriendo. ¿Ha guardado carne en el horno?

—Yo no huelo nada.

—Hemos traído apaño para hacerle un cocido —Lucía se lo dijo mientras se ponía un mandil—. La semana que viene van a bajar mucho las temperaturas. Así, Mila y usted tienen caldo para varios días.

—Gracias, hija. Aunque tengo caldo en la…

—¡Papá! ¡Papá!

Uno de los niños llegó corriendo a la cocina. Tenía la cara pálida, los ojos muy abiertos y tiraba de la mano de su padre insistiendo para que lo acompañara. Hilario se les adelantó. Al entrar en la habitación se encontró a su otro nieto paralizado delante de la cama, mirando el cadáver de su abuela. Agarró al niño de un brazo y lo sacó de la habitación. Cuando su hijo vio la cama e intentó entrar, Hilario le dio un empujón, le cerró la puerta en las narices y puso el seguro. Ricardo no paraba de dar voces intentado que le abriera. Aporreaba la puerta una y otra vez, sin conseguir que su padre le hiciera caso. Minutos después todo quedó en silencio.

Hilario se tumbó en la cama.

—La cosa se va a poner fea. Van a querer llevarte al cementerio. Todavía no estoy listo, Mila. ¿Qué voy a hacer en esta casa yo solo? Si te ponen una mano encima, no respondo. ¿Me has oído? No respondo, aunque se trate de nuestro hijo.

En el pasillo, empezó a escuchar pasos rápidos, pisaban de puntillas intentando no hacer ruido hasta que se detuvieron en la puerta de la habitación.

—¿Hilario?

Él guardó silencio.

—Papá, abre, por favor.

—Señor Hilario, abra. Hemos venido a ayudarlo.

No recibieron respuesta y uno de los agentes forzó la cerradura. Hilario abrazaba a su mujer.

—¡No voy a permitir que os la llevéis!

—¡Papá!

—¡Fuera de mi casa! ¡Fuera!

Empleó todas las fuerzas que le quedaban para echarlos. Voceó, empujó, insultó e incluso repartió tortazos a diestro y siniestro. Parecía mentira que un hombre de su edad, tan delgado, pudiera desplegar tanta energía. Hicieron falta dos enfermeros para separarlo de su mujer. Consiguieron tumbarlo en la camilla de la ambulancia, lo inmovilizaron y le suministraron un calmante. De camino al hospital se quedó dormido.

No pudo asistir al funeral de su mujer y mientras estaba ingresado, cada vez que su hijo iba a visitarlo, la enfermera le decía que no quería recibir a nadie.

Al volver a casa, encontró la habitación prácticamente vacía. Se habían llevado la cama, los veladores, incluso las cortinas. Solo quedaba aquel armario de madera ennegrecida con unas cuantas camisas y pantalones suyos. No había rastro de los vestidos de su mujer ni de las toallas bordadas ni de los juegos de sábanas de cuando se casaron. El olor de Milagros había desaparecido y en su lugar se apreciaba una mezcla de lejía y productos químicos.

Arrastró los pies hasta la cocina y miró a través del cristal de la puerta que daba al jardín. Las hojas de las hortensias se habían consumido, la maleza sepultaba los geranios, las petunias, los pensamientos, y las flores de lavanda estaban flácidas y descoloridas. Una capa de hojas y ramas cubría el césped y el seto había perdido su forma rectangular. Clavó la mirada en el rosal. Parecía haber menguado. Los pulgones se lo habían comido casi por completo. Su aspecto era más de esqueleto que de ser vivo.

Dio media vuelta y fue directo al mueble de las medicinas. Sacó la caja de somníferos de su mujer y transformó aquellos comprimidos en un polvo fino. Ignoró la mirada de san Rafael cuando fue a coger un vaso del armario. Echó en él las pastillas trituradas, añadió un poco de agua y removió con la cucharilla.

Avanzó hacia la planta que tanto había cuidado para ella. La miró devastado. Hojas desechas, rosas podridas, bichos amontonados. Con el vaso pegado a los labios, reparó en el brote verde que nacía en la parte más baja del rosal.

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