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Bruja Maldada · Mar 29, 2026

El cadáver exquisito

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Elisa Díaz · Bruja Maldada

Hoy, el último viernes de abril, celebramos nuestra tradicional cena familiar en honor al abuelo Francisco, fallecido en tiempos de Maricastaña.

La Guerra Civil dejó una hambruna terrible en todo el país. La falta de alimento, la precariedad absoluta de medios y el poco trabajo al que recurrir habían mermado completamente el ánimo de la sociedad. El abuelo Francisco, que era un hombre ingenioso y atrevido, decidió inventar un juego para sus hijos que los mantuviera alejados de los problemas. La primera acción del juego era escoger a un miembro de la familia al azar. A partir de entonces, el elegido dispondría de cinco días para conseguir algo nutritivo que echar a la olla. No se trataba de ir al corral y matar una gallina o ir al campo y cazar una libre porque ni siquiera de eso había. El reto se basaba más bien en hacerse con otros animalillos más cercanos, aunque menos apetecibles. Papá cuenta que no había cabida para las exigencias, pues las probabilidades de comer en condiciones eran bastante escasas. Se calificaba al elegido en función de la destreza con la que cocinara el plato, la presentación y el factor sorpresa. Recibían con entusiasmo cualquier aporte de proteínas, pero evitaban llamar a aquellos alimentos por su nombre y el abuelo Francisco, que a pesar de la censura de todo lo que olía a francés, seguía leyendo a los surrealistas, denominó aquel juego “El cadáver exquisito”.

Cuando el abuelo murió, ya hacía años que la situación había cambiado y la familia tenía acceso a los alimentos de primera necesidad, así que la tradición fue decayendo año tras año hasta que desapareció por completo.

Cada aniversario visitamos la tumba del abuelo. Vamos bien temprano al cementerio. Papá compra flores en el puesto de la entrada mientras mamá adecenta un poco la lápida y entre los dos preparan unos ramos increíbles en los jarrones de granito. Guardamos unos minutos de silencio. Papá toma la palabra y comienza a contar algunas anécdotas graciosas del abuelo Francisco. Al final, todos terminamos riendo a carcajadas por sus ocurrencias. Hace un par de años, en una de esas visitas, papá propuso reiniciar el juego. Todos estuvimos de acuerdo, incluso mi hermana pequeña daba saltos de alegría alrededor de la tumba sin saber muy bien por qué. Allí mismo, decidimos que la mejor época para el evento sería primavera, no solo porque es el aniversario de la muerte del abuelo sino porque los días son más alegres, el carácter de uno está más animado y las flores derrochan todo su esplendor.

Una semana antes de la celebración ponemos nuestros nombres en un centro de cristal y una mano inocente saca un papelillo al azar. Siempre es la misma mano, la de Catalina, por ser la pequeña. Aún no puede cocinar, no ha cumplido los ocho años, pero se empeña en decir que es mayor. Se quedó más tranquila cuando el año pasado la nombramos oficialmente decoradora del evento. Es muy habilidosa y dibuja de una manera tan real…

Este año la suerte ha querido que papá sea el anfitrión. Suspiramos aliviados cuando salió su nombre, pues preparar una cena de ese calibre conlleva mucha responsabilidad. Papá se mostró sonriente y nos hizo una reverencia de agradecimiento como si la elección hubiese sido cosa nuestra.

Los vecinos lo llevan bien. No les hace mucha gracia que estemos hasta las tantas de la madrugada con la música y el jolgorio, pero mamá sabe compensarles después con alguno de sus riquísimos postres. El único inconveniente que hemos tenido esta semana ha sido con los de enfrente. Se mudaron hace solo quince días. Mamá, siempre tan sociable, los obsequió con un bizcocho de limón como detalle de bienvenida. Volvió pensativa. Lo que tiene de sociable lo tiene de prudente y reservada y solo conseguimos que nos dijera: «Son un poco peculiares». Menuda información.

El miércoles, nuestra “peculiar” vecina se presentó en casa hecha una furia. Se había enterado del evento por otra vecina. Le devolvió a mamá la mitad del bizcocho que aún no se habían comido en un plato de plástico y, antes de marcharse, le soltó una retahíla de improperios y nos acusó de tener unos modales toscos y poca clase. ¡Por el amor de Dios! ¿En qué año se cree que estamos? Nunca le hemos faltado el respeto a nadie ni tampoco nos entrometemos en la vida de los demás. Papá propuso hacer oídos sordos y continuar con los preparativos. Mamá estuvo de acuerdo y todos nosotros lanzamos gritos de alegría.

La organización se lleva a cabo de la siguiente manera: después de comer, los hermanos limpiamos el salón. Acto seguido, cada uno se dirige a su área para realizar la tarea que mejor sabe hacer. Catalina es la encargada del decorado. O eso le hemos hecho creer. En realidad, es mamá quien maneja el cotarro, aunque permite que ella dé su opinión en la elección de tonos, estampados, brillos, manteles… Las dos se entienden bien cuando se trata de embellecer el entorno. En esta ocasión han optado por jarrones combinados de eucalipto, hortensias y margaritas y han adornado la barandilla de roble con glicinia. Al caer el sol han abierto los ventanales de todas las estancias para que el jazmín de fuera perfume la casa.

Mamá ha vestido la mesa del salón con un mantel blanco de lino, uno que tiene en el centro las iniciales de la familia bordadas a mano. Platos de porcelana, cristalería tallada, cubertería de plata. Los candelabros se han colocado en los rincones con menos luz y sostienen unas velas delgadas en tonos pastel. En las mesas auxiliares, se han dejado las fuentes con piña, mango, maracuyá y coco. Al lado, cubiteras repletas de hielo con botellas de Dom Ruinat Rosé y Dom Pérignon Plénitude y varios frasquitos de cristal con zumo natural de piña y uva para la pequeña Catalina. En otra mesa se han colocado los cestos de pan. Es el más delicioso que hay en el mundo y se hornea en la panadería alsaciana de la señorita Rottenmeier. Mamá ha hecho un pedido clásico: pan de masa madre, baguetes francesas con corteza dorada y miga esponjosa, pan integral con y sin semillas y pan brioche rico en mantequilla y huevo.

Las gemelas se encargan del vestuario. Mamá dice que algún día serán grandes diseñadoras porque los vestidos que crean son realmente extraordinarios. A veces, se intercambian el trabajo, una diseña y la otra cose y viceversa.

Los tres varones se ocupan de encontrar a los músicos para la velada, con una particularidad: no se puede repetir los del año anterior. Para esta noche han contratado un cuarteto de cuerda muy distinguido, los Jinetes sin cabeza. Casi nunca están disponibles, pero les habían cancelado la actuación que tenían prevista para hoy y pudieron aceptar la propuesta de mis hermanos.

Por último, mi papel en esta historia: me encargo de supervisar todos los detalles, que las cosas estén en su sitio, dispuestas y en orden.

A las ocho de la noche, nos reunimos en el salón. Cada uno se sienta en el lugar donde tiene escrito su nombre, nos cogemos de la mano y rezamos una oración por el abuelo Francisco y por la tía Clotilde, hermana de papá, que murió en el transcurso de una de estas cenas: bebía y comía con tanto énfasis que empezó a tener hipo; contó sin respirar hasta treinta y tres, la edad de Cristo, pero no pudo terminar la cuenta porque cayó fulminada sobre el plato de postre. Allí se quedó, moradita y asfixiada sobre el flan de claras de huevo y cáscaras de naranja con trocitos de pistacho.

Alzamos nuestras copas de champán o de zumo y tras el brindis da comienzo la música. Mamá invita a Catalina a mojarse los labios con un poquito de champán de su copa. Todos nos reímos cuando va deprisa a por su vaso para eliminar el sabor. Gustavo, que es un excelente bailarín y siempre aprovecha cualquier ocasión para exhibirse, me ha sacado a bailar. A la más torpe de sus hermanas. Lo piso continuamente, pero dice que no hay nada como la práctica para remediar mi torpeza.

Papá comienza a traer las bandejas con la guarnición. Verduras asadas, puré de patatas, tomate picado con cebolleta y aliño de especias, espárragos blancos, pimientos rellenos y arroz bomba. Mamá toca la campanilla que está al lado de su copa. La música se detiene. Sentados en nuestras sillas, esperamos impacientes ver el plato principal. Papá necesita ayuda para poner la fuente con el cadáver sobre la mesa y dos de mis hermanos mayores se acercan a la cocina. Los Jinetes sin cabeza tocan Non, Je Ne Regrette Rien, la canción favorita del abuelo.

Enseguida, afloran las caras de sorpresa y todos admiramos al muerto.

—Mi querida familia, doy gracias al cielo por haber encontrado esta bendita criatura. La he cocinado durante largas horas, alegre, intentando dar lo mejor de mí y con la única intención de silenciar nuestros estómagos rugientes.

Las risas interrumpen el discurso. Catalina grita sin poder aguantarse:

—¡Qué piel más morena!

Mamá se acerca a papá y lo besa en los labios.

—Es el cadáver más exquisito que he visto.

—Pues espera a probarlo, amor mío.

Papá continúa con su mitin.

—Y ahora, queridos míos, el broche final. Veamos la cocción de esta sabrosa carne.

Los violinistas tocan notas de suspense mientras papá coge su plato, lo levanta y, ante la mirada de todos, corta con él la cabeza del muerto. Aplaudimos entusiasmados. El timbre de la puerta nos detiene. Catalina se ofrece a ir, pero no la dejamos. Apoyo mi servilleta sobre la mesa y echo una carrera. La música vuelve a sonar. Desde allí grito mientras abro la puerta:

—¡No empecéis el cadáver sin mí!

La vecina de enfrente, taconazos, pelo enlacado y labios de rabioso rosa chicle, me mira perpleja.

—¿Has dicho cadáver?

—Qué desea, señora…

—Señora de Pérez Gil.

—¿En qué puedo ayudarla?

La Perejil me señala con una de sus largas uñas postizas color cereza.

—Estáis montando el escándalo del siglo y en este barrio somos personas decentes. Si no termináis con la fiestecita, llamo a la policía. ¡Oh por Dios! ¿Os estáis comiendo un cadáver? Eso es lo que has dicho, ¿verdad? No lo niegues. ¡Te he oído perfectamente!

Le cierro la puerta en las narices y vuelvo corriendo al salón. Ella aporrea la puerta, pero las risas, el bullicio y la música anulan su reclamo.

—¿Quién era?

—Se han equivocado.

Miro la fuente. Han trinchado el cadáver. Papá ha fileteado los muslos y ha servido una parte de las costillas a mamá. En mi plato hay una parte del lomo bien asada con una capa de piel tostada y crujiente y un ligero aroma a romero.

Casi al final de la cena, cuando se sirven los postres, suenan de fondo algunos compases celtas. Papá nos sirve una copita de Pedro Ximénez, un reserva de 1927 que tenía guardado como sorpresa final.

El ruido de las sirenas policiales provoca desconcierto en el salón. Los Jinetes sin cabeza detienen la música y papá se levanta sorprendido.

—¿A qué viene tanto lío?

Nos asomamos por los ventanales del salón. Media docena de coches patrulla se han detenido en la puerta de la casa de cualquier manera. Los agentes se bajan apresurados con el arma en la mano e irrumpen en el jardín. Papá se dirige hacia la puerta, pero no le da tiempo a llegar porque la policía la derriba de un golpe.

—¡Al suelo, al suelo!

Apuntan a papá. Mamá grita pidiendo una explicación y mis hermanos vienen del salón preocupados y rodean a mi madre intentando protegerla.

—¡Al suelo! ¡Ahora!

Yo trato de calmar a Catalina que se ha puesto a llorar. Las gemelas se han quedado paralizadas en mitad de la entrada.

—¡He dicho que todos al suelo! ¡Ya!

Los agentes nos conducen esposados al salón y vemos a los músicos tumbados boca abajo, aferrados a sus instrumentos. La señora Pérez Gil no nos quita ojo. Está detrás de los coches de policía, con la oreja puesta para no perderse nada. Otros vecinos también han acudido al oír el alboroto.

El inspector le habla a papá:

—¿Dónde está el cadáver?

—¿Qué cadáver?

—Han denunciado que se estaban comiendo un cadáver —el inspector saca del bolsillo de la chaqueta una libretita—. Las palabras exactas fueron: “No empecéis el cadáver sin mí”.

Algunos de nosotros nos reímos.

—¿Les parece gracioso?

Papá nos pide silencio con la mirada.

—Hoy celebramos una antigua tradición familiar, un día muy señalado para nosotros y…

—¿Pertenecen algún tipo de secta satánica?

—¿Cómo dice?

—¿A quién han sacrificado?

El inspector señala con el dedo hacia la mesa. En la fuente solo queda la cabeza del cadáver.

—¿Eso es lo que han cenado?

—Sí, señor.

El policía, avergonzado, ordena a los agentes que nos quiten las esposas.

—Me encargaré de que les paguen los daños causados.

Las protestas, los insultos y los reproches de la señora Perejil quedan sepultados por la música de los Jinetes sin cabeza.

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