Este es el primer envío que pueden leer todas las crustáceas al completo, las de pago y las que todavía nadan gratis. De vez en cuando haré esto: quiero llegar a todas. Pero también quiero que esto sea, realmente, un sustento. Así que si puedes, hazte suscriptora. Vamos al lío.
Recientemente, en LinkedIn, me he inmiscuido en un par de debates relacionados con los informes de tendencias (como este de Adobe o este de VML). Debates en LinkedIn, oh mama, soy una maldita cucaracha. En fin. Allí manoseé la idea de que los informes son artilugios performativos que dicen describir una realidad futura, pero en realidad la construyen (Matt Klein lleva años explicando cómo funcionan como un ouroboros). Yo lo llamé “negocio de validación de marcos”, y alguien dijo que le encantaba la expresión así que más me vale recuperarlo, no vaya a ser que haya dicho algo sensato por una vez
Cultural analysis is an ouroboros — a snake eating its own tail. We make culture as much as we study it. Several 2023 trend reports feature my writing as their support. This report — an analysis of existing reports — will also inform thinking. That’s just how culture works.
Matt Klein - The META Trending Trends: 02023
El caso es que en esos debates salió una idea que me importa mucho más que los informes en sí: externalizar la ética al mercado es la trampa más vieja del capitalismo. Es tratar a una consultora como si tuviera la autoridad y el conocimiento para decirnos qué está bien y qué está mal. Y no. En este fondo marino hay una serie de principios básicos: la responsabilidad ética debe estar en la sociedad civil, los Estados, la regulación, etc. donde tiene fuerza vinculante para todos y donde los criterios rectores no son o no deberían ser únicamente ¡sorpresa! los beneficios comerciales. Y que sí, que yo también vendo detergente y que todas vivimos en la contradicción.
El caso es que en los días posteriores recordé un meme que me pasó el bueno de mi amigo Javi. Es Marge Simpson diciendo: “No podemos permitirnos comprar en ninguna tienda que tenga una filosofía.” Marge dice “can’t afford.” Es una frase sobre condiciones materiales, no sobre las preferencias, los gustos, los deseos. Los Simpson quisieran, pero no pueden. Ahonda en el debate de los informes. Obviando si las empresas quieren sacar tajada de todos y cada uno de los resquicios capitalizables de la humanidad (cosa que es probablemente cierta) la pregunta es si la humanidad puede finalmente acceder a esos resquicios.
Mark Fisher. Siempre se van los mejores. Fisher acuñó un concepto que enriquece los debates y el meme: la privatización del estrés. La privatización de la precariedad diría yo también. La idea es sencilla: el sistema te reduce a migas (trabajo basura, imposibilidad de planificar, etc.) y luego te dice que busques las causas de tu malestar en tu mundo interior, en tu historia familiar, and so on... Nunca en las condiciones estructurales. Y ese mismo mecanismo opera con los valores: te piden que consumas ético, que elijas la marca con propósito, pero nadie pone sobre la mesa las condiciones materiales que hacen posible ejercer esos valores. Por eso decía en el debate aquello de “Yo empezaría por cambiar el marco político. Pero claro, es que soy una loca del coño…”
Fisher lo vio clarísimo con sus estudiantes en la Inglaterra post-Thatcher: no eran apáticos ni cínicos, estaban atrapados en lo que él llamaba “impotencia reflexiva”: sabían que las cosas iban mal, pero sabían también que no podían hacer nada y ese saber funcionaba como profecía autocumplida. Y seguimos para bingo: la precariedad te roba el futuro, colapsa tu horizonte temporal y ¡amigas! los valores requieren futuro. Me explico. Requieren que podamos proyectarnos hacia un mañana mejor. Llámalo soñar si quieres. Los valores, en fin, requieren de una base material mínima desde la que poder elegir. Sin eso, el discurso de los valores es un decorado. Una tienda con filosofía a la que Marge y millones de personas no pueden entrar.
Y esa base material no la va a construir ninguna plataforma, ningún informe de tendencias ni ninguna marca con propósito. La tiene que construir la regulación, la política, lo colectivo. Todo lo demás es poliespán, corchopán. ¿Pero quién quiere escuchar esto en un sector que vive de vender humo?
Vale, sí, Fisher diagnostica parte de nuestros problemas. La pregunta es si alguien está haciendo algo. Y aquí es donde me toca hablar desde mi baldosa particular: una directora creativa que vende detergente y lo sabe. ¿Qué hacemos los que trabajamos con ideas? ¿Desde dónde creamos? ¿Hay alguna manera de construir algo que desmonte las estructuras que nosotros mismos alimentamos? ¿Se puede salir de la contradicción de la vendedora de colchones, palomitas, altavoces, etc.? Tal vez hay caminos. Pero no sin aristas. Voy a hablar de algunas cosas que he localizado mientras, últimamente, hacía kilómetros de scroll. Hay cosas que me incomodan y que quiero compartir precisamente porque me incomodan.
Llevo tiempo siguiendo a Yancey Strickler (cofundador de Kickstarter), en 2023 me compré una de las primeras publicaciones que salieron en Metalabel. Ahora el estadounidense está poniendo en marcha DFOS (Dark Forest Operating System). La idea parte de un diagnóstico que comparto: el internet público/masivo se ha convertido en un campo de batalla donde todo lo que publicas se convierte en contenido, en datos capitalizables, en alimento para un algoritmo o para un modelo de IA. Hagas lo que hagas das de comer al monstruo del que, a la vez, estás huyendo. La gente se está cansando y se está yendo o, al menos, lo está intentando. La peña se refugia en chats privados, en comunidades cerradas, en clubs y fiestas con listas de acceso limitado (hola espacio perpendicular), en lo que Strickler llama “bosques oscuros.” Y lo que propone DFOS es darle infraestructura técnica a esa retirada del internet hegemónico. DFOS facilita internet privado para que grupos creativos puedan colaborar, coordinarse y construir juntos sin ser observados o tratados como larvas de las que chupar. Lo llaman groupcore (que le gusta lo de los -cores a los americanos) pero vamos, que lo dicho: herramientas, espacios y la posibilidad de generar micro-economías para que la gente coopere creativamente online. Volviendo a Fisher, estaríamos planteando reconstruir la infraestructura colectiva del deseo fuera de los marcos del mercado. O sea: lugares chachis donde poder querer/crear cosas juntas sin que alguien lo monetice o, al menos, lo haga por cuenta ajena. Suena bien ¿no?
Pero. Siempre hay un pero cuando una creativa blanca se emociona con algo que ha visto en internet. ¿Quién puede sumarse a esta fiesta? Strickler, en honor a la verdad, lo reconoce también: escribe desde la voz de un tío blanco acostumbrado a estar cómodamente incluido en el sistema y sabe que esa comodidad nunca estuvo disponible para otros.
La pregunta no es solo si DFOS funciona como herramienta. La pregunta es: ¿quién entra en el bosque oscuro? ¿Quién tiene el dispositivo, la conexión, el idioma, el capital simbólico para participar? (Para quien no conozca al sociólogo Pierre Bourdieu: el capital simbólico es el prestigio, la autoridad y el reconocimiento social que una persona o grupo acumula. No es dinero, peeeeero… funciona como el dinero. Es eso que te abre todas las puertas sin que nadie sepa exactamente por qué se te abren). ¿Para quién es realmente esta posibilidad? DFOS es una infraestructura colectiva, sí, pero es una infraestructura que nace de/para un contexto muy concreto: creativos conectados, principalmente angloparlantes y con redes profesionales ya establecidas. La intuición es correcta, maravillosa: necesitamos espacios colectivos fuera del mercado… pero es implementada dentro de los mismos códigos de acceso de siempre.
Se cierne la incomodidad sobre nosotras. Esos requerimientos de acceso no son un accidente: son el sistema funcionando exactamente como está diseñado. Dave O’Brien, Orian Brook y Mark Taylor hablaron de esto en Culture Is Bad for You (2020): la industria creativa no solo excluye a la clase trabajadora, sino que necesita esa exclusión para funcionar. El trabajo gratuito, los contactos familiares, la capacidad de aguantar meses sin cobrar mientras haces prácticas no remuneradas en una agencia de Londres o de Madrid... no son bugs del sistema, son features. La precariedad no es un efecto colateral de las industrias creativas: es, precisamente, su modelo de negocio. Leeros el libro, miel de romero.
¿Cómo conseguimos salir de semejante madeja de contradicciones? SOCORRO.
Lo cierto es que las infraestructuras colectivas que reducen la precariedad ya existen. Solo que no están en beta privada ni salen en Frieze Magazine. Son los grupos de WhatsApp de madres organizándose para cubrir turnos de cuidados. Las PAH parando desahucios. Las parroquias que organizan recogidas de alimentos. Las cooperativas de vivienda. Los bancos de tiempo. Las redes de trueque en el sur global. A veces incluso se formalizan un poco más: en Países Bajos, cuando Deliveroo se fue del país en 2022, un repartidor llamado Martijn Muller montó BestellenBij, una plataforma cooperativa para absorber a los riders que se quedaron sin trabajo. Eso es groupcore avant la lettre, sin el logotipo chachi, sin el dominio .com. Y funciona de verdad porque ataca la base material, no el síntoma cultural.
Y desde BOGAVANTI yo me pregunto cómo vamos a introducir eso en las profesiones creativas, en la era digital y sí, joder, con un merchandising guapísimo. Porque los datos dicen que las profesiones creativas se están quedando solo para los pudientes. En Reino Unido, si tienes menos de 35 años y trabajas en una profesión creativa, lo más probable es que vengas de clase media-alta: hay cuatro veces más que de clase trabajadora. Más datos: los nominados a los BAFTA tienen cinco veces más probabilidades de haber ido a una escuela privada que la media del país (Sutton Trust, 2024). No es casual. Las personas de origen privilegiado tienen el doble de probabilidades de trabajar en las industrias creativas y se quedaron con el 78% del crecimiento en empleo creativo del Reino Unido en los últimos años. El dato es aplastante (Carey, O’Brien & Gable, 2021).
La investigadora Brooke Erin Duffy escribió mucho y muy bien de esa cosa tan terrible que es el “trabajo aspiracional” en (Not) Getting Paid to Do What You Love (2017): la industria creativa ha conseguido que la gente acepte condiciones materiales humillantes a cambio de la promesa de la autoexpresión. Te venden que ser creativo es un privilegio, una identidad, casi una forma de vida superior. Y desde esa narrativa, pedir un salario digno o unas condiciones laborales decentes suena a ser una ingrata. A falta de vocación. A no estar lo bastante comprometida con tu creatividad. Es la privatización del estrés de Fisher aplicada al trabajo creativo: si no llegas a fin de mes haciendo lo que amas, el problema eres tú, no el sistema que ha diseñado esas condiciones.
Volviendo a Bourdieu: el capital cultural (tus conocimientos, tus gustos, tus maneras) “suele concebirse como capital simbólico; es decir, se desconoce su verdadera naturaleza como capital y, en su lugar, se reconoce como competencia legítima” (Las formas del capital, 1986). En otras palabras: nos disfrazan el privilegio como si fuera talento. Las industrias creativas son la máquina perfecta para esta fábrica de máscaras venecianas. Aviso a cefalópodos: no estoy haciendo aquí una apología en contra del trabajo duro, el tesón creativo ni nada que se le parezca. Pero no podemos vender el camino del héroe como norma cuando es una excepción.
¿Qué hacemos con todo esto? Diría yo que lo ideal no es una herramienta ni una plataforma. La posibilidad debería plantearse como un exigible anterior: que haya condiciones materiales reales (salarios, derechos laborales, acceso, tiempo, etc.) para que la gente pueda, después, elegir. Elegir tener valores, filosofía, propósito o lo que le dé la gana. Pero elegir. No que te vendan ser creativo como una aspiración mientras no llegas a fin de mes. Soy materialista, gente. Primero las condiciones, después la filosofía. Es lo que hay.
Que conste: no digo que las herramientas no importen. Es más, posibilitan cosas, pero no por sí solas. No de manera aislada. Creo que la idea de DFOS es buena y de hecho estoy dentro con los ojos abiertos cual lémur. Creo que festivales como Pichi Fest siempre serán de mis favoritos porque se preocupan de abordar la creación desde perspectivas minoritarias y periféricas. Quiero que lo de Subvert salga bien y no acabe como acabó Bandcamp. (La parábola perfecta de lo que pasa cuando las alternativas no tienen protección estructural).
Las herramientas sin base material son castillos en el aire. Y la base material no se construye solo con una app: se construye con políticas públicas, con derechos laborales que apliquen tanto a quien trabaja en una agencia creativa como a un freelance en el sector cultural. Mientras eso llega, los informes de tendencias seguirán vendiéndonos futuros éticos a los que la mayoría no podemos acceder. Tampoco los creativos y estrategas que redactan los informes. El ouroboros sigue comiéndose la cola a dentelladas.
Aquí, en el fondo del mar, no tenemos respuestas concretas. Solo lanzamos preguntas y abrimos posibilidades ad infinitum. Pero mis queridas langostas: nombrar el problema ya es subversivo. Sobre todo cuando lo nombras desde dentro del sistema que alimentas, padeces y a la vez críticas. Sobre todo sabiendo que mañana volverás a vender detergente en polvo, en cápsulas, líquido, etc. Lo que haga falta para pagar el alquiler. Bien de burbujas crustáceas.
Y ahora ¿cómo podemos mirar esto desde otros lugares?
🦞 Casa Bien > "Informe Anual del Sector Creativo 2025" > Segunda edición del informe que pone en datos de Españita todo lo que hemos dicho en la chapa de hoy.
🦞 Silvio Lorusso > "KickEnded" > Un clon de Kickstarter que solo muestra proyectos que recaudaron exactamente 0 dólares. Empezó como pieza artística, a partir de ahí acuñó el término "entreprecariat": esa zona gris en la que no sabes si eres emprendedora o precaria (spoiler: eres las dos cosas a la vez). Después escribió un libro entero sobre eso. Luego otro llamado What Design Can't Do, que es básicamente el manual de instrucciones para dejar de creer que el diseño puede salvar el mundo.
🦞 Do Not Research × Levels of Nuance > Exposición en Zillow > Zillow es la app americana donde se venden casas. Tiene una herramienta que escanea tu casa en 3D para que los compradores la recorran virtualmente sin moverse del sofá. Pues bien: unos "agentes inmobiliarios sin licencia" usaron esa misma herramienta para meter una expo dentro de las casas. 15 habitaciones de viviendas reales. Entras como si fueras a comprar y te encuentras una galería. Si eres suscriptor/a de pago, reconocerás a uno de los artistas porque ya hemos hablado de su trabajo aquí
🦞 Paul Dagorne > Grafista y músico. Tipografías de plomo, papel carbón y técnicas de impresión que huelen a tinta. Hay algo profundamente subversivo en volver a lo analógico cuando la industria corre hacia la IA. Dinamitar las condiciones materiales desde la ruptura técnica. A mamar.
Me voy sin hacer (aún) más ruido que esto me avisa de que estoy llegando al límite. Nadie quiere que vuestros correos me marquen como spam.
¡Muak! Natalia :)

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