Hace poco más de una semana fui a ver a Mala Gestión a La Riviera. Hacía años que no iba. Los suficientes como para no recordar a qué. El caso es que ahí estaban sus palmeritas kitsch y su olor a vinagre pegado a las paredes desde hace décadas. La sala estaba llena a reventar. Yo creo que he ido a cosas internacionales en la misma sala con muchísimo menos público. Los teloneros, Los Chivatos, buenísimos. Mala Gestión buenísimos también. El público: absolutamente entregado. Cantando a pleno pulmón, haciendo pogos, levantando a gente en volandas sin parar. Una maravilla.
Ayer fui a ver a mi Pedreeto LaDroga (el sevillano más querido de Madrid). Sala B. La última vez que lo vi (en concierto) creo que fue por Goya. No me acuerdo. normal. La gente también cantaba a coro. Ah, también aquí ramillete de edades. Sold out. Las cervezas carísimas joder. Pero ahí estaba yo con toda la chavalada celebrando a Pedro porque todo lo que se le celebre es poco. Icono por y para siempre.
Ambos casos me parecen interesantes porque tienen cosas similares. Llenan salas físicas en la supuesta era del encierro digital y el advenimiento de la IA y, a la vez, le deben mucho de su ascenso a Internet en sus múltiples formas. Mala Gestión, banda valenciana de ñunk (con eñe, así se autodefinen) han explotado con Noche de Casino, un banger viral salido en noviembre del año pasado. Pedro lleva otra cadencia: arrancó hacia 2008 con LaDrogaLab, uno de los netlabels fundacionales del rap electrónico español, subiendo música gratis a internet cuando casi nadie sabía qué demonios era un netlabel. Quince años después, sin pasar por ningún hit TikTokero, agota las entradas en la Sala B y produce a media escena urbana actual. SO al rapero de Usera de ayer que dijo “tallarines y perico”.
El cuerpo contra el feed, lo físico contra el simulacro, el sudor contra el slop. Tres falsas oposiciones que conviene mirar despacio, como cuando miras un acuario embobada.
Dice Eugene Healey en su pieza The Analog Revival Did Not Take Place que eso de que estamos volviendo a las experiencias offline es una cosa de status posicional y que en realidad es una mentira como un templo. Que mucha apología de la desconexión pero que en realidad es todo estrategia de marca: fotos en la sierra que se hacen algunos niñitos bien, por ejemplo. Habla de una tipa que hace fotos analógicas, las revela y solo quiere los archivos digitales. La estética del offline sin la fricción del offline. Un gran artículo.
Ahora, podemos añadirle más capas. A mi no solo me parece que el offline sea un lujo sino que eso es un síntoma de algo mucho más profundo que Eugene ventila a medias y demasiado rápido al final del artículo. Yo os digo que la trampa más mortal de la precariedad es que nuestra identidad se ha convertido en una infraestructura productiva que por un lado estamos obligados a consumir y por otro lado a poner en circulación. Consumimos personas, artistas, etc. vía digital porque es a lo que podemos aspirar. Es surimi de vida. De realidad. Por eso estamos de alguna manera obligadas a estar siempre conectadas.
Ahí entiendo bien la tesis de Healey de que lo analógico, la estética analógica es el surimi de la vivencia offline real. La estética de lo desconectado para los que no podemos desconectar. Yo lo que propongo es ampliar aún más la mirada. Subir la apuesta y decir directamente que la experiencia online en general es surimi de identidad porque es lo que nos podemos permitir. Producimos versiones, avatares de nosotras mismas porque la cosa real (el tiempo, los vínculos, las condiciones materiales) es lo que nos quitaron primero. Lo que circula no es identidad. Es lo que podemos permitirnos en su lugar.
Hay una tradición filosófica entera que lleva décadas dando la chapa con esto, la verdad. También, sin acudir a la charla que dará Eugene en el Sonar, niego la mayor de ver a las redes sociales como un nuevo Dios. Por aquello de la trascendencia y la respuesta a las preguntas fundamentales de la filosofía y la creación del Universo. Aquí no me extiendo y os dejo con Russel y Copleston. Dónde vamos a parar.
Volviendo a lo mío. Michel Foucault: en sus cursos de 1978-79 (publicados como Nacimiento de la biopolítica) describió la operación central del neoliberalismo como la conversión del sujeto en empresario de sí mismo. Te quiero Foucault. Cada uno de nosotros se relaciona con su propia vida, sus relaciones, su tiempo y sus capacidades, como si fueran capital a invertir y rentabilizar. Wendy Brown lo actualiza en Undoing the Demos (2015): el neoliberalismo no es solo una política económica, sino toda una racionalidad que coloniza cada esfera de la vida (el amor, la amistad, la política, la identidad). Lo grave de esta racionalidad, dice Brown, no es que sea injusta. Es que dentro de ella ya no se puede pensar lo común. Apenas queda lenguaje para imaginar una vida que no sea inversión personal. Un drama.
Llevamos en eso desde antes de que existieran las redes sociales. Lo que las redes han hecho no es inventarlo, es ofrecer la infraestructura técnica perfecta para que el sujeto-empresario se rentabilice 24/7 sin descanso. Poca ostia más.
Digo esto porque Jia Tolentino escribió en Trick Mirror (2019) que en internet hay que actuar para existir (dijo muchas más cosas también). Vale, pero performar el yo no lo inventaron las redes. Ya he hablado aquí de Goffman y de que persona, etimológicamente, viene de máscara. Lo nuevo no es la performance sino otras dos cositas. La investigadora danah boyd las describió ya en It’s Complicated (2014): el colapso de contextos (las plataformas mezclan en una sola superficie pública lo que antes vivía en escenarios separados) y la persistencia (lo que publicas se queda y te persigue). Somos performers muy experimentadas. Lo que nunca habíamos hecho era performar todo el rato, en un solo lugar, ante muchísima gente a la vez y dejando un rastro.
Y entonces, mis quisquillas, una pregunta tonta. Si la identidad es una divisa, si la imagen pública es una infraestructura, si performar es una obligación ¿qué demonios hacían los chavales del pogo el viernes en La Riviera? ¿Y qué hacíamos los del Pedro Ladroga ayer en la Sala B?
Estaba ayer Detective Murciano en el escenario con Pedro. Hace siete meses le entrevistó mientras le arreglaban la rodilla en el fisio. Hace un mes Rolling Music entrevistaba a Mala Gestión en su diminuto local de ensayo. Yo es que coincido con Caroline Busta (de New Models, otro substack que leer) y su idea de “The Internet Didn’t Kill Counterculture, You Just Won’t Find It on Instagram.” Busta escribió esto en 2020, hace seis años. Hoy igual la encuentras también en Instagram, sí, ¿eh?. Ella es muy de los Dark Forest, los Discord y estas cosas. Yo prefiero hablar de grietas. La vida siempre las busca, en todos lados, también en los entornos digitales. El francés Michel de Certeau llamó a esto distinguir entre estrategias y tácticas: la estrategia es lo que hacen los que tienen un lugar propio (las plataformas, las marcas, las instituciones), la táctica es lo que hace todo el mundo que no lo tiene, maniobrando dentro del territorio del otro. Internet ha permitido que la contracultura tenga tácticas nuevas para encontrarse, reconocerse y distribuirse dentro de un terreno que no es suyo. Joder, que se lo digan a Pedro y a Mala Gestión. Que se lo digan a tantísima gente.
Y siguiendo el hilo de la búsqueda de recovecos… es que siempre lo hacemos. Como individuos. Como creadores. Aquí viene otra anécdota personal. Autechre cuando actuaron en Madrid en 2024 prohibieron los móviles y cerraron las barras. Ahí tienes a una banda hipertecnológica diciéndole fuck-you a la tecnología para plegarse al cuerpo, a la experiencia física. Y el concierto me lo podía permitir, no era un concierto de Bad Bunny. Quiero decir que existen maneras de usar tecnología y volver a la piel de la manera correcta. Tecnología para crear y después para bailarla. Tecnología para distribuir y después para pegarse de patadas en un pogo. Ni calvo ni tres pelucas. Solo hay que ser capaces de serpentear la realidad adecuadamente ¿no? Eso es lo que explicaba Certeau: táctica vs. estrategia.
Además, y aquí viene el melón… ¿Qué vamos a hacer los que trabajamos en las industrias creativas? ¿en la comunicación y todos esos temas adyacentes? Ay, ay, ay. Aquí al que hay que leer es al bueno de Sean Monahan. En su informe Scene Cool de agosto de 2025, Monahan dibuja una línea. Dice que hoy hay varias formas de cultura coexistiendo y compitiendo: por un lado tenemos el internet cool, un feed homogéneo (slop, memardos, videos de frutas hechas con ia, etc.); por el otro el scene cool, que es la franja donde la cultura sigue produciendo valor real porque depende de redes pequeñas, vínculos fuertes y contextos situados. El internet cool escala en TikTok de puta madre por cómo está programado el algoritmo, ok. Pero el scene cool importa a largo plazo. Y Monahan apunta una cosa que conviene meterse bien en el cocoroto: la IA va a poder competir muy bien en el primer territorio (puede generar slop infinito a coste bajísimo) pero no en el segundo. La calidad que emerge de una comunidad con vínculo real no se puede sintetizar. Eso es todo.
Mi amadísimo Erik Urano escribió hace unos días un hilo demoledor en Twitter (jódete Elon). El hilo entero es perita en dulce porque nos habla de cómo opera el scene cool de Monahan en la economía musical española de 2026. Urano lo cuenta sin dramatizar: tiene buena crítica, buenas reseñas, presencia mediática, y ningún festival español lo ha contratado para Stalker. “Afortunadamente —escribe— seguimos teniendo un tejido de salas y promotores que intentan arriesgar y contratar pese a las mínimas condiciones que pueden ofrecer”. Afortunadamente. Acojonante. Tienes la crítica, tienes el prestigio y tienes el público pero….. No llegas a fin de mes. No entras en festivales. La conversión de capital simbólico en sostenibilidad material está total y absolutamente rota. Y la rotura no es un fallo del sistema amigas, es el sistema operando exactamente como se espera de él.
En 2016 Angela McRobbie escribió Be Creative. Hermano del libro de Duffy que cité en Todas somos Marge. Volveré a citarlas doscientas veces más. Pocas me van a parecer. La industria cultural vive (también) de un excedente permanente de gente dispuesta a producir cosas chachis en condiciones de mierda porque cualquier alternativa supone dejar de hacer lo que les gusta. La asunción de la precariedad como condición natural del oficio creativo. Hasta Rick Beato lo dice ya sin disimulo: solo los hijos de gente con pasta pueden permitirse hacerse un hueco en lo más alto de la industria musical.
Lo que estoy contando no se contradice con el pogo de La Riviera. Lo agrava. Cuanto más visible parece la escena en redes (Mala Gestión cantada a coro por tropocientas personas, Pedro agotando la Sala B, la narrativa entusiasta del “vuelve la música independiente en español”), más fácil es justificar que no haya políticas culturales que sostengan la infraestructura material que la hace posible. La escena se ve vivita y coleando. La sala llena funciona como prueba pública de que no hace falta hacer nada. Una punta visible que se utiliza como coartada perfecta de un inmenso iceberg invisible. Erik Urano no entra en festivales y está poniendo el cuerpo entero siendo una de las personas que más aportan a la vanguardia de la música hiphop en España. Te tienes que reir.
Si el recoveco (el scene cool de Monahan, la trastienda donde la cultura sigue produciendo valor real) es lo único que va a dar de comer a la creatividad, a las escenas varias y sí, también al mundo empresarial, toca pensar qué demonios vamos a hacer. Y digo “vamos” en plural porque aquí hay dos preguntas distintas que conviene no confundir.
La primera es para las marcas, que son las que más se llenan la boca con esto de la cultura ahora mismo. Honestamente: podéis automatizar contenidos, escalar en TikTok hasta el infinito, generar slop de marca a golpe de talonario y producción veinticuatro horas al día. Adelante, go for it. Pero esa carrera es infinita por definición. Más piezas, más paid, más volumen, más matraca. ¿Cómo pensáis sobrevivir y diferenciaros en una pista donde lo único que se premia es la producción ilimitada y donde la IA va a haceros ese trabajo más barato y más rápido cada año? Os estáis posicionando exactamente en el único cuadrante en el que vais a perder seguro. El espacio fértil es al otro lado del tablero y para entrar ahí hace falta un poco de visión. Hace falta tiempo, creatividad, contexto y permiso de esas comunidades que saben distinguir cuándo eres la invitada perfecta o cuándo intentas comprar una fiesta en la que no pegas ni con cola. Un territorio lleno de posibilidades y fricciones maravillosas donde hacer las cosas bien si te lo propones.
La segunda pregunta es política. Ya sabéis, soy como soy. Si la infraestructura material del scene cool (las salas pequeñas, los promotores que arriesgan, los sellitos y los Erik Urano) se sostiene a base de pura tozudez individual, ¿qué se supone que tiene que pasar? ¿Fuga y muerte de talentos?¿Esperamos a que la sostengan únicamente las marcas? ¿De verdad vamos a entregar el último territorio donde queda valor cultural a los mismos que llevan veinte años extrayendo de él? Luego venden el Sónar a un fondo de inversión y nos echamos las manos a la cabeza, claro. A mi me parece que las marcas pueden y deben hacer cosas interesantes, lo he dicho arriba. Hay maneras y se deben explorar adecuadamente. Ahora, este es un debate multicapa.
La economista Elinor Ostrom ganó el Nobel en 2009 diciendo una cosa que dicha en Españita parece de loca de las coles: los recursos comunes pueden gestionarse colectivamente, sin necesidad ni de privatización total ni de un Estado total, sino mediante reglas autogestionadas y protección institucional. El tejido que describe Urano es exactamente eso, un commons, y como cualquier commons necesita protección para no ser capturado ni por las plataformas-marca ni por el clientelismo y nepotismo cultural de turno. Necesita protección porque si no vamos a morir todas de cansancio. Políticas públicas. Ayudas a salas pequeñas. Un marco legal decente. Derechos laborales para el sector. Cosas concretas.
Así que aquí estamos. De pogo en pogo. En busca del cangrejo. Alimentándonos de surimi. Intentando escuchar buena música.
🦞 The Quietus > sigue siendo, en 2026, uno de los medios que mejor cubre música experimental, electrónica y escenas curiosas en el mundo anglosajón. Lo edita John Doran desde Londres. Llevan unos ¿18 años? haciéndolo.
🦞 Era / Primavera > Era acaba de lanzar Primavera, su primer dispositivo de IA en forma de objeto. Para hacerlo se han ido a buscar a treinta artistas para que cada uno fabrique a mano una “cobertura/carcasa/forma” única (puede ser de cuero, cerámica, hasta hay un puto palo) para que la IA en cuestión tenga forma, cuerpo. Treinta cacharros de treinta creadores porque hasta la IA está pidiendo estar en el cuadrante de los vínculos reales. Qué te puedo decir.
🦞 Servilletas, de Felipe Hernández-Durán > Un libro entero coleccionando servilletas de bar españolas. Los papelitos que tirábamos al suelo con desdén en el mundo editorial. Hasta It's Nice That le ha dedicado un artículo. Nos echamos de menos tanto a nosotros mismos.
🦞 Target, el carrito con portavasos > Target acaba de lanzar un carrito con portavasos para los chismes de Stanley o Starbucks. La idea es que pasees aún más tiempo gastando billetes. Los supermercados/centros comerciales/malls llevan tiempo ocupando el hueco que antes ocupaban las plazas, parques, tascas, etc. (el llamado "tercer espacio" de Oldenburg). El cuerpo quiere volver al espacio físico, sí. La pregunta es a qué espacios físicos puede volver, de qué manera, en qué condiciones, bajo qué pretextos.
Gracias majas. No puedo más y debería haber enviado esta mañana pero es que claro. Lo de Pedro venía genial y tal y cual. Gracias por leerme. Me siento bendecida.
Una última cosa, doy un workshop el 27 de mayo y quedan (hoy viernes 8 de mayo a las 16:15) 5 plazas. Más info aquí.

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