Quedan pocas semanas para que empiece el verano y ya veo a la gente histérica planificando sus vacaciones.
Que si un hotel boutique en la costa, que si un restaurante con lista de espera porque tiene dos estrellas Michelin, que si Bali porque tengo a mi prima allí viviendo...
Todo pagado en cómodas cuotas.
Se van a gastar el dinero, que no tienen, en preparar el escenario perfecto.
¿Y para qué? Para hacerse cuatro fotos idénticas a las del resto del mundo, subirlas a redes y simular una desconexión que es más falsa que un billete del Monopoly.
Estarán en una playa paradisíaca, sí, pero con el ojo pegado a la pantalla, devorados por la ansiedad de los likes y pensando en el vuelo de regreso.
Mucha gente confunde viajar con llenar el pasaporte de sellos.
Y con la vida hacemos exactamente la misma estupenditis.

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