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Experimentando · Dec 4, 2025

Hago trampas (y te lo cuento)

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Beatriz Lizana · Experimentando

Breve recordartorio de qué es Experimentando: textos que, por separado, se sostienen por sí mismos pero que, en conjunto y a vista de pájaro, oscilan sobre la evolución de la IDENTIDAD y buscan el PENSAMIENTO CRÍTICO. Lo de que hable tanto de la IA es la consecuencia natural de preguntarme quiénes somos cuando la máquina piensa por nosotros.

Habrás notado que últimamente publico con menos... pero más largo. Sí, justo al contrario de lo que dicen los cánones del interné. Hoy te recomiendo que leas, pero qué le vamos a hacer, si somos todos un puñado de contradicciones. Toma el audio, para que te lo escuches mientras haces otras tres cosas a la vez. (¿Sabes que si te lo lees tardarás menos tiempo que en escucharlo?)

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La semana pasada reflexionaba sobre cómo leer reseñas de mi libro sobre Japón y de varias críticas que recibí en él, del tipo “no eres una experta, así que no deberías escribir sobre esto”.

Seguí rumiando un poco más al respecto.

En ese artículo defendía mi identidad de experimentadora, que mi tiempo me ha tomado el despojarme de academicismos y jergas profesionales. Yo soy experimentóloga y ojiplática, así es como me describo por las redes sociales. Porque eso es lo que me avala, la curiosidad rigurosa que me empuja a mirar debajo de todas las piedras.

Me quedé tranquila con ese argumento, me sirvió de pasaporte porque sentí que había vencido al famoso síndrome del impostor.

Pero

Ay, amiga. Hoy vengo con la mano bien abierta para darme en mi propia mejilla, para abofetearme bien fuerte y confesar a los cuatro vientos que sí, que soy IMPOSTORA de verdad, sin síndrome ni entrecomillados.

Lo confieso. Empecé con el editor de código de Gemini, seguí con el built de Google AI Studio y la semana pasada salté al Antigravity, esa herramienta de magia negra que me permite crear software para mi uso personal pero también para venderlo.

Yo. Creando software. Ja.

Ya no es que me llamen “intrusa” y trate de esquivar la bala. Es que de verdad lo soy. SOY UNA INTRUSA, ¿y a mucha honra?

Me estoy metiendo en camisas de once varas entre asistentes y agentes de programación, haciendo cosas que jamás las hubiera ni imaginado. Y digo que lo siento como magia negra porque es verdad que no sé cómo funciona, yo sólo pido que haga cosas… y las hace.

Me siento poderosa a la vez que temerosa, pero al menos no soy la única.

En casa, mi pareja (profesional del deporte) también está creando herramientas para su empresa. El otro día escuché su grito al cielo:

¿Cómo puede ser que yo, sin tener ni puñetera idea de programación, esté creando una aplicación y esté compitiendo con empresas de software que llevan 15 años en el mercado? —voceaba desde su ordenador.

Tú no estás compitiendo con ninguna empresa de software. Si no hubieras hecho eso que estás haciendo, nadie en tu empresa hubiera contratado nada… seguramente porque ni sabían que existía esa posibilidad. Y ni mucho menos que la necesitaban —le increpé desde otra habitación.

Ay, amigo. Siempre hemos vinculado nuestro valor al sufrimiento del proceso. Antes costaba horas programar, pero hoy, con un par de clics, el resultado final que se produce es parecido al anterior. Es normal que te sientas una estafa.

Sí. El síndrome del impostor se nos ha quedado pequeño.

Atención porque lo que se viene no es un síndrome, sino una condición: estamos viviendo una época que nos catapulta a territorios que antes eran inaccesibles. La tecnología ha ensanchado las paredes del viejo mundo y, de pronto, cualquiera puede cruzar el umbral.

Somos intrusos verdaderos auque legítimos. Como quien entra sin permiso en una casa ajena porque afuera diluvia y no queda otro refugio posible.

Supervivencia pura.

La pregunta, ahora, no es si tenemos permiso para entrar. La pregunta es qué hacemos y cómo sentirnos en este nuevo lugar.

Hay un fenómeno económico detrás de nuestro malestar, y es que la ejecución (del texto, de la imagen, de lo que se te ocurra que pueda hacer una IA) se ha convertido en una commodity, es decir, un bien básico, abundante y sin diferenciación. Como el trigo o el arroz.

Pues bien, cuando lo excelente ya es gratis y abundante, el valor de la perfección técnica cae a cero.

Antes, escribir sin faltas, editar un vídeo o programar algo funcional era una destreza que requería años de oficio y mucha paciencia. Hoy, la IA ha abierto el grifo. Cualquier herramienta gratuita te escupe en segundos un resultado correcto, no extraordinario, pero sí suficiente. Y ese “suficiente” masivo y omnipresente es lo que hunde el valor de lo excelente.

La perfección técnica ahora es agua del grifo, corre sola y abunda, y por eso nadie la valora. Es más, lo que antes se consideraba un logro hoy es el punto de partida.

Este descenso vertiginoso del valor técnico nos obliga a redefinir qué significa crear y dónde reside ahora el mérito. Es ahí donde nuestro antiguo baremo de identidad (”valgo lo que sé ejecutar”) se rompe en mil pedazos.

Si estas cosas que programamos las hace una máquina, ¿dónde quedas tú? ¿Dónde quedo yo?

—Te compro el texto en parte, porque la máquina no puede ser creativa, no como yo, que sé dibujar/escribir/componer/programar a las mil maravillas —me dices tú también, que me lees y me miras por encima de tus gafas a media nariz.

Pues como todo en la vida, depende.

En el matiz está la respuesta, como esta del físico y doctor en ingeniería informática Pep Martorell1, que me parece fascinante:

  1. Si definimos la creatividad como la capacidad de resolver problemas nuevos que la humanidad no ha podido resolver: entonces la respuesta a si la máquina es creativa es un rotundo . Martorell pone el ejemplo de AlphaFold, la IA de Google que descifró el plegamiento de las proteínas (un problema biológico imposible hasta ahora). AlphaFold fue creativa porque logró algo inédito, y eso hizo que sus creadores ganaran el Nobel de Química en 2024. Ojo al matiz, lo logró mediante extrapolación matemática. Dio con la solución, no con la explicación.

  2. Si definimos la creatividad como esa capacidad de conectar puntos de dominios distintos, ahí la cosa cambia y, por ahora, es un rotundo NO. Martorell define este tipo de creatividad como la capacidad de unir dos ideas que no tienen nada que ver para crear algo nuevo. Bajo esta lupa, lo que hace la IA actual es “estadística a lo loco”.

Ay, la vida, que me llena de contradicciones.

Sigo con mi dolor de hoy.

Entonces, ¿en qué punto estoy con mi relación en el uso de Antigravity & cía, y ese sentimiento de intrusismo?

Pues he entendido que son herramientas de creatividad funcional, porque resuelven el cómo de forma brillante.

Pero la creatividad conectiva, decidir unir esas herramientas con mi experiencia en RRHH, marketing, mi visión sobre la escritura o mis dudas existenciales, eso sigue siendo exclusivamente mío.

No estoy haciendo trampa, estoy sobreviviendo porque

Y para usar bien la IA no podré conformarme con tocar la guitarra, me tendré que convertir en una grandísima directora de orquesta.

Hace un tiempo escribí sobre la ironía de seguir nuestras pasiones y cómo el mercado laboral premiaba al especialista.

Pues bien, el mercado se está invirtiendo.

Piénsalo así: el especialista es quien cava un agujero muy profundo y domina la técnica al milímetro, pero resulta que la IA ya cava ese agujero más rápido y sin cansarse.

La directora de orquesta es quien mira el terreno desde arriba. Es el perfil generalista que decide dónde cavar, para qué, y cómo conectar ese agujero con las tuberías y los cimientos del resto del negocio.

Sin embargo, este ascenso a la dirección tiene una contrapartida aterradora. Al soltar la herramienta y dejar de hacer con las manos me puedo quedar desnuda ante el resultado final. Porque, siendo honesta, si la orquesta toca sola y cada vez mejor... ¿de verdad se necesitará a la directora a medio/largo plazo?

¿Nos convertiremos los generalistas en estrategas imprescindibles o simples intermediarios de lujo? Esto es lo que nos queda para no ser irrelevantes:

Martorell identifica que hay sectores blindados donde la interacción humana es el valor principal, como la medicina, el cuidado personal y todo aquello que sea experiencial.

Lo ilustraba con la industria musical, donde el modelo de negocio ha cambiado muchísimo y nos sirve como metáfora. Antes, el dinero estaba en vender CDs (el producto ejecutado). Hoy, con la música convertida en commodity gracias al streaming, el 80% de los ingresos de un artista vienen del directo. Dice Martorell: “Sigue siendo una pasada escuchar a Bruce Springsteen en Spotify, pero nada sustituye el ir a verlo en directo”.

En efecto, la IA puede dar el entregable perfecto y barato. Pero las personas aportamos el directo (la confianza, el criterio, la relación humana). Llevado a mi terreno, el cliente (o el lector) no compra sólo la app o el texto, compra la certeza de que detrás hay alguien que entiende su contexto y comparte sus valores.

Sí, me siento cómoda en el rol de directora de orquesta porque por fin se revalorizará todo ese conocimiento generalista que reside en mí.

Pero

Si la IA escribiera (programara / diseñara / creara / insertaaquíloquequieras), si la máquina lo hiciera todo por mí, ¿yo no acabaría volviéndome idiota? Si mi único trabajo fuera auditarla… acabaría atrofiándome.

La paradoja es que para usar bien la IA necesitamos potenciar las habilidades más clásicas. Apaga la tecnología un rato.

¿Y entonces?

  • El boli y la libreta (para pensar). Escribir a mano estimula partes del cerebro que no se activan cuando lo hacemos en el ordenador, y además reduce distracciones al limitar la multitarea propia de los dispositivos. Además, como dice el filósofo José Carlos Ruiz, la capacidad de cuestionarse se estanca si no se entrena. Escribir es una manera magnífica para ordenar el pensamiento y abrirse a las dudas, tan necesarias para seguir alimentando el criterio. (Divagué sobre esto en ¿Qué sentido tiene escribir en tiempos de IA?)

  • Leer (para comprender). Porque para escribir, no digo con calidad literaria, sino con cierta dignidad y respeto al diccionario, hay que leer mucho y en profundidad. Aquí también coincido con Martorell, necesitamos comprensión lectora profunda.

  • Matemáticas (para intuir). Martorell añade que necesitamos las matemáticas, no tanto para calcular, sino para tener la lógica suficiente para oler si los datos que te escupe el modelo cuadran o son una alucinación.

  • Memoria (para crear). Cuidado con externalizar tanto la memoria que dejemos de pensar para pasar solo a consultar. Citando al también filósofo José Antonio Marina: Hay que reivindicar la memoria, que es la esencia de la inteligencia. Para que los directores de orquesta podamos unir los puntos de manera original, necesitamos tener esos puntos dentro. Es decir, sin memoria interna, no hay creatividad conectiva posible. (Lo explico a fondo en El músculo que Google no entrena).

  • Atención (para elegir). Es el recurso más escaso del siglo XXI. En un mundo de ruido infinito y ejecución barata, tu valor también reside en tu filtro. Tu atención es el cincel que decide qué parte de la realidad merece ser contada y cuál debe ser ignorada. Reflexiono sobre esto en ¿Es la falta de atención una moda, un drama o una epidemia?

Si la atención es el cincel, la mirada es la escultura.

La IA es una máquina de respuestas infinita, pero la creatividad humana es una máquina de preguntas. Y yo, si soy algo, soy una duda constante.

Lo que define mi identidad no es la herramienta que tengo en las manos (sea un bolígrafo, un teclado, una cámara o un modelo de lenguaje), sino la mirada que hay detrás. Esa mirada que decide que, entre los millones de temas posibles, este es el que hoy ha merecido la pena contar.

Porque mirar no es sólo ver. Mirar es editar el mundo. Es un acto de autoría radical.

Además, hay un factor que el algoritmo no puede replicar:

Los modelos están diseñados para darte la respuesta más probable, pero nuestra mejor estrategia vital y profesional, como sugiere Martorell, es exponerse. Salir a la calle, levantar la vista del móvil, ir a lugares, hablar con la gente, dejar que te pasen cosas...

Al final, la innovación rara vez nace de una predicción estadística. Nace de una conexión ilógica y vibrante que sólo una mente biológica puede hacer al chocar con la realidad. Te lo explicaré mejor con mi faceta de fotógrafa. En el audio que guía mi exposición Voyeurs, la pregunta clave no es qué se ve en la foto, sino quién mira a quién, cuándo y desde dónde.

Hay IA, pero ven y dime si lo que ves allí podría haberlo prompteado una máquina. Yo digo que no.

📍 Biblioteca Montserrat Roig, Sant Feliu de Llobregat

📅 Fechas: del 9 al 31 de enero

Estas son las tuercas retóricas, los sesgos y las estrategias que he usado para llevarte desde mi bofetada inicial hasta la invitación a la expo:

  • El efecto Pratfall (o la vulnerabilidad estratégica): empiezo el texto con una autobofetada y confesando un fraude. En psicología social, este efecto demuestra que las personas competentes nos caen mejor cuando admiten un error o una torpeza, porque bajan nuestras defensas y generan empatía inmediata.

  • La falacia del falso dilema. Planteo una división un tanto maniquea: especialista vs. generalista. La realidad es mucho más gris (hay especialistas con visión y generalistas inútiles), pero utilizo esta simplificación para que el concepto de “directora de irquesta” se entienda rápido. A veces, para explicar una verdad compleja, necesitamos una mentira simple.

  • Reencuadre cognitivo (Reframing). Todo el artículo es un ejercicio de reencuadre. Primero, defino la situación como negativa (el síndrome del impostor). Después, le cambio la etiqueta (la intrusa legítima). Por último, elevo el estatus (la directora de orquesta). Es una técnica clásica de terapia y persuasión: no cambio los hechos (sigo sin saber programar), cambio la narrativa sobre los hechos para que pasen de ser un defecto a ser una ventaja competitiva.

  • Cierre circular (proof of concept). Termino el texto invitándote a una exposición física. Esto no es solo spam de mi evento, es la prueba empírica de la tesis del artículo. Cerrar con un evento presencial sobre la mirada es la forma de decir: “Aquí tenéis la prueba de que la máquina no puede hacerlo todo”.

Entre la divulgación y la desfachatez, aunque por el pensamiento crítico. Me interesa la condición humana y su cotidianidad.

1

Pep Martorell es una figura destacada en el ámbito de la supercomputación y la inteligencia artificial en España. Es conocido por su papel como director asociado del Barcelona Supercomputing Center (BSC) y esta entrevista me inspiró a escribir este texto.

Read the original on beatrizlizana.substack.com

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