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De vuelta a casa. Reflexiones con alma. · May 21, 2026

No dejes pasar la señal

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Los mentores no siempre llegan como esperamos. A veces vienen en forma de pregunta, crisis, libro o encuentro inesperado.

Hace unos días me acordé de una frase que dice algo así como: “El maestro llega cuando el discípulo está preparado”.

Son esas frases que parecen de galletita de la suerte o de esos tés que me encantan. Los de “Yogi Tea” a los que soy adicta.

De hecho, no sé si lo sabes, pero fue Joseph Campbell, autor del héroe de las mil caras, quien lo describió maravillosamente en las etapas del viaje del héroe.

Un viaje en el que hay un momento especialmente bonito: la aparición del mentor.

Ese personaje que aparece en nuestras vidas para recordarnos algo que necesitamos o que quizá habíamos olvidado.

Que nos ofrece una pista, una pregunta, una herramienta o, a veces, simplemente la confianza en que somos capaces.

A veces esperamos que el mentor llegue con túnica, barba blanca y frases memorables. Pero la vida suele ser bastante más creativa. Nos manda señales envueltas en escenas cotidianas, en encuentros inesperados, en palabras sencillas dichas justo a tiempo.

Cuando echo la vista atrás… me visitan muchos de esos momentos.

Pero hay uno especialmente significativo en mi proceso de reinvención.

“¿Tú qué haces aquí?”

Fue una pregunta poderosa como las llamamos en coaching.

Una pregunta que quizá en otro momento o para otra persona podría haber pasado desapercibida.

Una pregunta que me tocó muy hondo.

Y no por la pregunta. Sino por la respuesta.

Una respuesta de la que ya no podía esconderme.

Una respuesta que ya era visible a ojos de otros.

¿Cómo seguir ocultándomela a mí misma?

Llevaba mucho tiempo sabiendo que aquel no era mi sitio.

Me sentía infeliz.

Y, sin embargo, el miedo a la incertidumbre me tenía presa de un trabajo sin sentido.

Estábamos comiendo en un restaurante cuando Albert me la lanzó a bocajarro.

Ahí estaba. Delante de mí. Una verdad que se podía tocar.

Y aunque mi respuesta fue no lo sé. La verdad cayó como una manzana en mi cabeza.

“Aquí ya no pinto nada”.

El mentor puede tener muchas formas.

Puede ser una persona que llega en un momento clave como Albert lo fue para mí.

Un libro que parece escrito justo para ti. También hubo alguno de éstos.

Una conversación casual que te deja pensando varios días.

Una pérdida. Una crisis.

Incluso alguien que te incomoda profundamente y, sin saberlo, te pone delante una verdad que necesitabas mirar.

La cuestión no es solo si el mentor aparece.

La cuestión es si estás disponible para reconocerlo cuando llega.

Porque hay ayudas que pasan de largo no porque no hayan llegado, sino porque íbamos demasiado deprisa, demasiado cerrados, demasiado empeñados en que la respuesta tenía que venir de otra forma o teníamos demasiado miedo para escuchar la verdad.

Y el tren pasa de largo.

Y tú te quedas como Penélope sentada en la estación…

Por eso lo más grande no es solo: ¿qué mentores han pasado por tu vida?

Sino también: ¿qué parte de ti despertaron?

Porque quizá los mentores no llegan solo para poner luz desde fuera.

Quizá llegan también para mostrarnos algo que necesitamos ver.

Alguien que te mira con confianza cuando tu aún dudas.

Alguien que te pregunta con honestidad cuando evitas mirar adentro.

Alguien que te incomoda para ayudarte a abrir los ojos.

Alguien que te recuerda quién estás llamado o llamada a ser.

Y entonces, con el tiempo, llega otra etapa del viaje.

La de aprender a convertirnos en esa presencia para nosotras mismas.

No para no necesitar a nadie.

Eso sería una trampa más del “yo puedo sola”.

Sino para empezar a cultivar dentro esa voz que acompaña, que pregunta, que sostiene, que orienta y que, cuando hace falta, también nos dice con cariño y firmeza:

“¿Tú qué haces aquí?”


Te propongo un pequeño ejercicio.

Coge un papel y piensa en una persona que, en algún momento de tu vida, haya sido mentor o mentora para ti.

Puede ser alguien que te hizo sentir en casa, que te vio de verdad, que te dijo algo que necesitabas escuchar o que apareció en un momento en el que tú no sabías muy bien hacia dónde mirar.

Y pregúntate:

· ¿Qué hacía esa persona diferente a otras?
Quizá escuchaba sin juzgar. Quizá confiaba en ti. Quizá te decía la verdad con delicadeza. Quizá no te rescataba, pero tampoco te soltaba la mano.

· ¿Cómo te hacía sentir?
Más capaz. Más tranquila. Más valiente. Más vista. Más libre. Más tú.

· ¿Qué cualidad suya necesitas hoy dentro de ti?
La confianza. La claridad. La ternura. La firmeza. La paciencia. La valentía. La honestidad.

Y ahora viene la pregunta importante:

¿Cómo podrías empezar a ser tú esa mentora para ti misma?

Te invito a aterrizarlo en algo concreto.

Tal vez hablándote con más respeto cuando te equivocas.
Tal vez haciéndote una pregunta honesta en lugar de seguir mirando hacia otro lado.
Tal vez reservando una hora a la semana para escucharte sin ruido.
Tal vez atreviéndote a tomar una decisión que llevas demasiado tiempo aplazando.
Tal vez pidiendo ayuda en lugar exigirte poder con todo.
Tal vez comprometiéndote con un pequeño primer paso.

Porque a veces seguimos esperando a que la respuesta venga de fuera.

Y si hay algo que como coach he descubierto es que las respuestas están ahí esperando a que estemos disponibles para mirarlas.


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Beatriz

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