El sábado estuve con Carlos disfrutando de Wicked, el musical en el Nuevo Teatro Alcalá de Madrid.
No sabía gran cosa, más allá de que tenía que ver con las brujas de Oz.
Y como a mí esto de las brujas siempre me ha interesado… ¿Por qué será?
Lo elegimos para la noche del sábado.
Deciros que me encantó.
No solo por las magníficas voces de las protagonistas y por la puesta en escena, que es fantástica, sino, sobre todo, por la historia que hay detrás de lo obvio. Por lo que está vivo, aunque no se nombre.
Vaya por delante que no os lo quiero destripar, por si os animáis a ir.
Solo quiero compartiros una reflexión ligada a la importancia de la gestión que hacemos de nuestras emociones y a cómo condiciona nuestra vida de maneras que ni siquiera imaginamos.
Las protagonistas de la historia son dos grandes mujeres que, como por casualidad y contra todo pronóstico, acaban haciéndose amigas en la universidad.
Una es Glinda. La bruja popular, carismática y rubia, que termina convirtiéndose en la Bruja Buena del Sur.
La otra es Elphaba. Una joven de piel verde, incomprendida y talentosa, que acaba convertida en la Bruja Mala del Oeste.
Muchas son las cosas que las separan, pero también las que las unen.
Y una de esas cosas que las une es la que me trae hoy a compartiros esta reflexión:
su dificultad para contactar con su propio dolor.
Ese dolor que ambas esconden, como buenamente pueden, en lo hondo de su corazón.
Un dolor que a ninguno nos es ajeno como seres humanos: el de no sentirnos vistas, queridas, elegidas o suficientes.
¿La diferencia?
Cómo lo gestiona cada una.
¿Lo curioso?
Cómo esa gestión las lleva por caminos tan diferentes en lo visible y tan parecidos en lo invisible.
Mientras Glinda tapa su dolor detrás de una simpatía luminosa, de la complacencia y de esa necesidad de resultar agradable a toda costa, Elphaba se muestra airada con todo y con todos para esconder su extraordinaria vulnerabilidad.
Dos seres humanos que trascienden las ideas simples del bien y del mal.
Dos caras de una misma moneda.
Una complaciente en exceso.
Otra arisca y difícil de tratar.
Y eso me llevó a pensar en cómo hemos aprendido a gestionar nuestro propio dolor.
En esas estrategias, inhábiles y tantas veces inconscientes, que nacen de la necesidad de sentirnos queridas, de formar parte, de ser tenidas en cuenta, de ver nuestros sueños cumplidos… y que, sin embargo, muchas veces terminan alejándonos precisamente de aquello que más necesitamos.
Porque no siempre sabemos qué hacer con lo que sentimos.
A veces, para no arriesgarnos a perder el vínculo, nos apaciguamos.
Nos volvemos agradables, fáciles, comprensivas. Sonreímos cuando algo nos duele, decimos que sí cuando por dentro es no, quitamos importancia a lo que nos molesta, hacemos de la complacencia una forma de seguir perteneciendo.
No es que no sintamos. Es que aprendemos a dejar lo que sentimos en segundo plano para que el otro no se incomode, no se enfade, no se aleje.
Glinda sabe mucho de eso.
Y, si soy sincera, yo también.
Durante mucho tiempo me fue más fácil comprender al otro que preguntarme qué me estaba pasando a mí. Más fácil no molestar, no incomodar, que reconocer que algo me dolía o que necesitaba poner un límite.
Quizá tú también has dicho alguna vez “no pasa nada” cuando sí pasaba.
O has respondido “como tú quieras” cuando sí tenías una preferencia.
O has cuidado tanto de que el otro estuviera bien que, al terminar la conversación, eras tú quien se había quedado un poco más lejos de sí misma.
Otras veces no intentamos tanto preservar el vínculo como no tener que entrar en contacto con nuestro propio mundo emocional. Entonces, reprimimos.
Apretamos los dientes, seguimos funcionando, nos decimos que no es para tanto, que ya se pasará, que ahora no toca sentir, que ya habrá tiempo para eso. Guardamos tristeza, miedo, decepción o enfado en algún rincón del cuerpo y nos convencemos de que, mientras no lo miremos, no existe.
Pero lo que no sentimos no desaparece.
Se queda esperando.
Y, muchas veces, se transforma en cansancio, irritabilidad, tensión muscular, distancia emocional o una tristeza sin nombre que aparece cuando menos lo esperamos.
Yo he sido también muy buena en esto. En seguir. En tirar. En hacer como si pudiera con todo. Hasta que el cuerpo, que suele ser bastante más sabio que nuestra cabeza, ha tenido que levantar la voz por mí.
Y hay una tercera estrategia que quizá vemos con más claridad en Elphaba: el secuestro emocional.
Aquí no apartamos lo que sentimos para que el vínculo no peligre ni lo encerramos para no tener que mirarlo. La emoción nos toma por completo. El enfado habla por nosotros. El miedo decide. La herida antigua interpreta lo que ocurre hoy. Y terminamos diciendo, haciendo o rompiendo cosas que, cuando recuperamos la calma, quizá ni siquiera representan lo que de verdad queríamos cuidar.
Todos conocemos alguna versión cotidiana de esto.
Responder con brusquedad a quien queremos porque venimos cargados de otro sitio.
Mandar un mensaje desde la rabia y arrepentirnos diez minutos después.
Cerrar una conversación no porque no nos importe, sino porque nos importa tanto que no sabemos cómo sostener lo que se nos mueve dentro.
Apaciguar. Reprimir. Desbordarnos.
Son tres maneras distintas de alejarnos de lo que sentimos.
Tres intentos de protegernos que, durante un tiempo, quizá nos sirvieron. Porque conviene no juzgar demasiado deprisa las estrategias que nos han ayudado a sobrevivir emocionalmente.
El problema llega cuando seguimos utilizándolas de adultos de forma automática, aunque ya no nos cuiden, aunque deterioren nuestros vínculos, aunque nos dejen cada vez más lejos de nosotras o nosotros mismos.
Gestionar bien una emoción no consiste en no sentirla.
Tampoco en obedecerla ciegamente.
Ni en desplazarla convirtiéndola en un problema para los demás.
Consiste, primero, en poder contactar con ella.
Darnos cuenta de que está ahí.
Nombrarla.
Acogerla sin vergüenza ni dramatismo.
Preguntarnos qué viene a mostrarnos, qué necesidad revela, qué límite, qué pérdida, qué anhelo está pidiendo ser atendido.
Porque solo lo que somos capaces de mirar con honestidad puede empezar a transformarse.
Y quizá ahí comienza también la posibilidad de elegir distinto.
No seguir sonriendo cuando por dentro sabemos que no toca.
No seguir tragando hasta que el cuerpo tenga que hablar.
No dejar que una emoción momentánea decida por completo el rumbo de una relación o de una vida.
Sin destriparos nada, os diré solo que algo de esto aprenden también ellas.
Que cuando dejamos de defendernos tanto de lo que sentimos y nos atrevemos a escucharlo de verdad, no solo cambia nuestra forma de estar con nosotras mismas. Cambian también los caminos que somos capaces de tomar.
Quizá puedas preguntarte hoy:
· ¿Qué emoción me cuesta más reconocer cuando aparece en mí?
· ¿Qué suelo hacer para no sentirla? ¿Agradar, apretar los dientes o dejar que me arrastre?
· ¿Qué necesitaría esa parte de mí si, en lugar de callarla o actuarla, pudiera escucharla con más honestidad y cuidado?
Se trata de ir aprendiendo a estar con lo que sentimos de una manera un poco más verdadera, un poco más amable y un poco más responsable.
Porque muchas veces no es la emoción la que complica nuestra vida.
Es lo que hacemos para no tener que sentirla.
Si estas letras te han servido, pon un corazoncito que me ayuda mucho a saber que seguir escribiendo no solo tiene sentido para mí, también para ti.
Y me encantará leer tus reflexiones y saber que provoca algún clic.
Y si crees que puede ayudar a alguien, compártelo… 💛
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Un abrazo consciente.

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