Si algo tienen las casas de nuestras abuelas es intención. Se trata del hábitat natural de un ser coleccionista, selector y cálido. Predominan las cosas hechas a mano y los recuerdos.
Los tapetes, esos rectángulos tejidos a mano que te prometían que heredarías. Los había de todos los tamaños, incluso algunos con color, en todos los lugares que no tienen sentido. Tapete encima del televisor de caja, tapete encima de la cisterna del bater y tapete encima de los cojines del sofá.
Cuadros con fotos familiares o de alguna virgen o santo, que según ellas, también son familia. Marcos de madera con alguna tira dorada y algún agujerito del gran enemigo de la madera.
Unas buenas sillas de madera con detalles de ebanistería que cuando te pedía que le ayudases a limpiarles el polvo te hacían preguntarte a quién se le había ocurrido hacer tantos malditos recovecos.
Y una vajilla Duralex ambar resistente a las ecatombes mundiales y ataques nucleares, que a día de hoy seguimos conservando en nuestras casas.
Lo que más me gusta de todo, un sofá con estampado. De esos que cuando te mudas a tu primer piso de alquiler anticuado, perdón, con carácter, odias a primera vista; y lo siguiente peor, un baño con los aparatos en rosa, verde, azul o amarillo.
Todo en sus casas estaba elegido al detalle, quizás te pareciese que no había una cohesión en toda la casa, quizás porque en la época, la calidad iba primero; y después cuando escogías ya fueran las sillas o el sofá, lo escogías individualente.
Creo que cuando analizamos la casa de nuestra abuela desde nuestro punto de vista, es similar a cuando intentamos analizar la obra de un artista y llegamos a conclusiones, como que el color predominante en su obra es el azul y que eso significa que estaba deprimido hasta las cejas. Estamos en épocas diferentes, y lo que estaba de moda o era bonito hace cincuenta años ya no lo es, o si?
No es nada nuevo, ya lo sabemos. Y es que al final en un mundo donde está “todo” inventado, solo queda volver al pasado de vez en cuando. A las series de nuestra adolescencia o a las películas que seguimos reviendo en nuestra adultez. Esa nostalgia que genera confort.
Como ejemplo voy a utilizar Gilmore Girls, una serie de principios del 2000 que estoy viendo por primera vez con mi novio (estamos en la temporada 5, no quiero spoilers) y la de veces que he dicho : Ah, esas botas que lleva, ¡han estado de moda este año! ¡Ese mueble lo he visto miles de veces! Como esta serie hay más, Sabrina, Friends… Recuerdos casi tangibles de lo que fueron los años antes del boom de la tecnología, llenos de color, texturas y personalidad.
El ser humano persigue un objetivo, a veces un poco olvidado pero siempre latente; el querer ser único y el sentirse representado. ¿Qué pasa cuando tienes a una persona estresada, en una situación socioeconómica tensa que pasa sus pocas horas libres en casa porque si vive en una ciudad salir significa gastar?
Ding, ding, ding! Exacto amiga, ¡decorar su casa!
(Un día haré un artículo o una nota sobre cómo han cambiado las revistas de decoración y de diseño durante las décadas. De momento os dejo varias hojas de varias revistas de diferentes épocas para que podáis ver lo maravillosas que eran.)
Tengo que admitir, que mis fuentes, la mayoría son americanas. Esto implica que a veces cuando algo que está de moda en EEUU aún no lo está aquí. Ahora estoy intentando ampliar horizontes con creadores españoles o de otras partes de mundo, también para que estos no sean por lo menos el ombligo de mi mundo.
Las redes sociales tienen muchas cosas buenas y malas, aparte de un algoritmo diseñado para atraparte y que ha sido el equivalente a una sala de apuestas para los jóvenes y que mejoran cada día para que sea más adictivo; lo bueno es que puedes conocer que pasa en todo el mundo.
Lo mismo veo a una chica que rehabilitó un vagón de tren y vive en él en lo que parece casi una jungla, a otra que se ha mudado a un piso minúsculo en París, a otra en Nueva York en uno que es todo pasillo y que paga de alquiler 12.000$ al mes porque desde la ventana minúscula de su baño se llega a ver el Golden Gate y oh claro, se me olvidaba, es que es Nueva York. Otra chica que vive en una casa de “estilo español” en California, otra en Skye en una isla en Escocia y otra que vive en Utah con una casa digna de una buena película americana.
En todas, aunque no al completo y no con la misma estética que es normal, vuelve ese gusto por lo “dosmilero”.
A mi particularmente me gusta mucho, creo que es un “movimiento” llegado este punto que predica el estar presente, hacer actividades donde no esté incluido el algoritmo y vivir feliz.
¿Vosotros qué pensáis ?
Os leo, un beso!
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