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Autiblog The Newsletter · Jan 27, 2026

6 meses *sin* camuflar. TODO lo que he aprendido

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Nota: estoy revisando las 165 propuestas para el próximo número de la Revista Autista sobre CULTURA. Muchas gracias a todes por participar, hay algunas buenísimas, pero dadme algo de tiempo para pensarlo bien antes de contactaros.

Hace 6 meses inicié un proceso personal para intentar desenmascarar. O, al menos, para intentar no camuflar en todos y cada uno de los aspectos de mi vida. No podemos decir que lo haya logrado porque, sinceramente, tampoco sé si tiene sentido pasar de todo a nada, pero por lo menos he aprendido algunas cosas por el camino. Y me gustaría compartirlas por si te pueden ayudar.

Esto lo vimos en el estudio sobre el camuflaje para la primera edición del libro de Bea Sánchez “Pues no se te nota: Camuflaje en autismo, altas capacidades y TDAH”.

Me voy a detener únicamente en 2 resultados del estudio a más de 2000 personas neurodivergentes:

a) No hubo diferencias en el camuflaje entre las personas autistas con diagnóstico oficial y aquellas con autodiagnóstico. Esto implica que ambos grupos camuflan en igual medida y que no influye si te han diagnosticado de forma oficial o no.

b) En cambio, les autistas que más camuflaron fueron quienes tenían ANSIEDAD SOCIAL y trauma. Siendo este factor incluso más determinante que el género. Dicho de otro modo: un hombre autista con ansiedad social puede camuflar más que una mujer autista sin ansiedad social.

Por tanto, ante la vista de estos resultados y teniendo en cuenta mi propia historia personal, decidí comenzar a desenredar la madeja del masking por el trauma. Ya no con datos, sino desde mi propia experiencia.

Relacionar el camuflaje con el trauma me permitió pensar que su abordaje e intervención debían pasar desde el cuidado, asumiendo que es difícil y que hay mucho dolor encerrado.

Diría que una de las primeras cosas que hice para encajar socialmente fue inhibir el stimming o las estereotipias. Sin embargo, la técnica del grounding para la disociación y ansiedad nos enseña a usar los sentidos para anclarnos en el presente. Por tanto, desprovista de tan necesaria sensorialidad, mi ansiedad ha corrido a sus anchas. Ahora, tocarme secuencialmente las yemas de los dedos, tamborilear, estirarme o jugar con un fidget, las veo como una práctica de grounding.

Cuando más he sentido la necesidad de camuflar en mi vida ha sido tras recibir miradas de incomprensión, desconcierto o directamente juicios verbales que me invalidaban.

Todavía duele la punzada de rechazo y capacitismo que encierran. Neuronormatividad y violencia en estado puro. Además, casi duele más que la mayoría han sido “inocentes” en el sentido de que no buscaban hacerme un daño directo, sino normalizar mi comportamiento y que dejara atrás ciertas conductas.

Y tú, ¿cuándo has necesitado camuflar más?

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La gran pregunta tras años y años de camuflaje. O también: ¿me he convertido en mi máscara?, ¿es real el fake it until you make it?, ¿todavía queda algo de mi esencia original?, etc.

Este cuestionamiento viene, en parte, por la incomprensión que mencionaba en el punto anterior. Si siempre me han dicho lo tranquila que parezco aunque por dentro me esté muriendo, ¿seré acaso una persona tranquila? Este tipo de confusiones respecto a mis estados emocionales me han perseguido hasta el punto obsesivo y neurótico de querer acentuar cada frase que digo para que no dé lugar a malos entendidos. Bufff… sé que no estoy sola en esto de plantearse todas las interpretaciones posibles a tus palabras y que, da igual las horas que eches, siempre acaban por sorprenderte.

Además, estos malentendidos han jugado tanto en mi contra, que me he llegado a preguntar si hay algo erróneo en la forma en la que me expreso, me muevo o la cara que pongo. Por consiguiente, no paro de monitorizarme para intentar aferrarme a un control que se me escapa.

Creo que es imposible que tras tantísimas experiencias de invalidación y rechazo no acabe por interiorizar este juicio externo. Hablaba antes de un cuestionamiento obsesivo de mi tono de voz al hablar, mis movimientos faciales, mis gestos con las manos, mi postura corporal, etc.

El problema es que nunca es suficiente. En mi caso, esto ha salido rebotado como una autoexigencia y perfeccionismo extremos. Acabo totalmente bloqueada y paralizada ante situaciones nuevas, imprevistas o que escapan a mi control.

Todas las vivencias anteriores me han llevado a la conclusión de definir el camuflaje como un músculo. No tanto como una máscara de quita y pon, sino como algo que nos pertenece, que habita en nuestro cuerpo.

Esto explicaría el entrenamiento y sofisticación del camuflaje a lo largo de los años, pero también su interiorización y su reflejo automático. Frente a una situación social, mi músculo del camuflaje ya sabe a dónde tiene que ir, qué cara poner, cuánto levantar una ceja y qué inflexiones de la voz son más convenientes. Ni tan siquiera soy consciente de ello; es un proceso que se ha ido automatizando a lo largo de los años, como montar en bici o conducir.

Con la diferencia de que después de tanto uso, el músculo del camuflaje ya queda agotado, dolorido e hipertrofiado.

Es tremendamente difícil deshacerse de las viejas posturas y dinámicas que hemos mantenido a lo largo de… ¡décadas! Pero no todo está perdido, interpretar el camuflaje como un músculo magullado nos permite cuestionarnos qué ha favorecido su entrenamiento, o cuáles han sido sus “esteroides”. En mi caso, diría que el capacitismo interiorizado: es raro que no pasé algún día en el que no me queje de algún rasgo autista o neurodivergente.

Sin embargo, entender que no es mi culpa y que he recibido mucho rechazo por mostrarme tal cual soy, implica que también es un problema político y social. Sé que no puedo dejar de camuflar de la noche a la mañana y creo que tampoco es un objetivo (sería más razonable enmascarar en una entrevista de trabajo que no hacerlo).

Pero darme cuenta de cuándo estoy forzando o tensionando “el músculo” y en qué situaciones conviene descansar ha supuesto un cambio radical.

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