Te aviso de que este post va a ser intensito y prefiero que lo leas en un momento de calma, porque creo que es un momento de la vida por el que pasamos todos y me gustaría que le pongas atención por el valor emocional y sentimental con el que lo he escrito. Va a ser sin imágenes y sin “botones”, la intensidad y la profundidad con la que he escrito el post me ha hecho revivir muchas cosas por dentro y era lo que necesitaba, soltarlo, y quería traerlo por aquí, puede que alguien esté pasando por este proceso y no tenga una visión clara.
Grabé este vídeo también por si alguien prefiere escucharme en lugar de leerme <3
No sé ni por dónde empezar, pero voy a coger mi libreta y voy a revisar todas las reflexiones que he hecho escribiendo en un banco de la calle, disociando del mundo, y entrando en mi mundo interior.
Nadie me dio claridad nunca, me hablaron del amor propio como aquella versión bonita de ponerte una mascarilla en la cara y verte una película de Netflix, hacer rituales para maquillarte, tomarte un café con calma, escribir en libretas bonitas con la típica frase Mr. Wonderful con la frase de “haz que este día sea maravilloso”, las afirmaciones frente al espejo diciendo “amo a mi cuerpo”, “qué guapa soy”, y no quiero dar a entender que no forme parte de quererse, pero puedes hacer todo esto y no creértelo del todo.
Pero qué es lo que hay debajo de todo eso, a veces es lo contrario a lo que acabo de mencionar, cuál es la parte oscura de quererse, la que no tiene fotos bonitas detrás, lo que nadie romantiza ni enseña por redes porque es lo que pasa en el silencio, en la soledad y en la incomodidad.
La honestidad que duele
Todos sabemos y nos han dicho que nos tenemos que conocer a nosotros mismos para poder querernos. Pero qué es eso, no sabemos cómo hacerlo, nos bloqueamos, lo escondemos, lo evitamos… evitamos pensar en qué partes de nosotros estamos ignorando porque verlas es hacer un cambio, qué estoy repitiendo cada día y que no suelto aun sabiendo que no me hace bien, en qué momentos no me trato con respeto para complacer a otros, qué partes de mí odio y no me gustan, y estoy procrastinando para no aceptarlas porque sé que me va a doler. En cambio, pensamos en qué versión de nosotros presentamos al mundo para que la gente se sienta cómoda con nosotros, la versión perfecta de nosotros para poder sobrevivir dentro de nuestras familias y amigos, la versión que se muestra fuerte y que puede sola pero cuando llega a casa sabe que eso solo era un caparazón para tapar todo lo que lleva dentro.
Todo esto implica estar dispuestas a escuchar las respuestas, y esas respuestas confirman cosas que llevábamos tiempo guardando y preferíamos no saber, a veces señalan hacia algo que vamos a tener que cambiar, y cambiar cuesta, porque tendríamos que cambiar patrones tan “nuestros” que duelen igual que una pérdida de alguien cercano, porque es una pérdida de una parte de nosotros que ya no nos corresponde, el momento en el que caemos tan bajo que lo único que nos queda para seguir viviendo es subir.
Yo me he mantenido en círculos que me hacían daño durante mucho tiempo exactamente por eso, yo ya lo sabía, era consciente pero quería mirar para otro lado intentando darme la razón mientras tomaba decisiones con los ojos cerrados, sabiendo que estaban mal, pero construyó mi identidad repitiendo cada día que “yo soy fuerte, yo puedo sola” o incluso “me encanta el riesgo”.
Cambiar significaba perder algo familiar, y aunque no nos haga bien, nos da seguridad, porque ya lo hemos vivido más veces, sabemos qué esperar de ese camino que decidimos tomar con los ojos cerrados, sabiendo que es otro patrón de comportamiento más. Abandonarlo se siente como ir a la otra punta del mundo sin un mapa ni medios que nos puedan guiar, el miedo a lo desconocido, puede ser más paralizante que el dolor de quedarse donde estás, pero es algo humano, me ha pasado a mí y nos pasa a todos.
Pero la honestidad, me refiero a la honestidad real, sin filtros, sin buscarle la vuelta para que duela menos, es una de las puertas de entrada que hacen que ese amor propio dure y perdure siempre. No el amor propio de los días buenos cuando todo va bien y es fácil dedicarte tiempo como símbolo de “quererte”. Me refiero a ese amor que se queda contigo cuando no sabes qué hacer con tu vida, cuando estás rodeada de confusión, cuando te miras al espejo y te dices qué débil y qué horrible me veo porque no ves de manera clara quién eres ni ves la verdad de quién es esa persona que se refleja en el espejo.
La integración y el espacio que queda en medio
Cuando empiezas a transformarte te sientes rara, hay mucho silencio y se siente muy difícil de sostener, es un espacio en el que te sientes confusa porque sabes lo que quieres cambiar, ya has tomado algunas acciones, ya estás dejando ciertos patrones y comportamientos, pero ves que no llegas y no llegas, no eres la misma pero no eres quien pretendes ser, es una sensación extraña.
Es como estar en medio de dos puertas pero aún no has llegado a abrir ni cerrar ninguna de ellas, dudas de tus acciones y te sientes hasta estancada. Pero te voy a decir que realmente te estás reorganizando a nivel mental, físico y energético, aunque no lo veas claro y solo veas nubes, piensa que el cambio ya lo has iniciado pero todo tu sistema interno necesita espacio para adaptarse, procesar y que todo dentro de ti se vea con coherencia con la nueva versión. Si intentas forzar el proceso antes de que termine, la integración de todos los cambios se rompe o incluso se bloquea.
Somos así de complejas, y lo que hace esto tan difícil es que integramos mentalmente, el momento en que la conciencia se abre y ves las cosas de otra manera. Pero también integramos emocionalmente, energéticamente, y físicamente, el cuerpo es el último en enterarse, porque como ya sabrás y sea muy lógico, el cuerpo no lee libros de autoayuda, ni escucha pódcasts de desarrollo personal, glow up diaries, ni cambia tu identidad en 90 días.
Es un momento en el que la memoria se reconsolida, cada vez que aprendes algo nuevo, cada vez que cambias un patrón de pensamiento o de comportamiento, el cerebro necesita tiempo para reconectar las redes neuronales, para que todas estas cosas nuevas que has empezado a hacer se conviertan en automático y en segunda naturaleza, algo que no tienes que pensar. Es un proceso que no puede ir ni más rápido ni más lento, y pasa cuando descansas, duermes, en los que estás con tu propia presencia, el silencio, el momento presente.
Y mientras tanto, tu sistema nervioso sigue respondiendo desde lo que conoce, desde lo que aprendió a hacer para sobrevivir, aunque tu mente ya haya entendido que esos patrones ya no son necesarios, el cuerpo todavía no lo sabe, porque todavía actúa desde el miedo, desde la alerta, desde la protección que aprendió.
Yo perdí mi ciclo menstrual hace ocho meses, y aunque yo esté ahora de manera más estable, haya hecho todo este trabajo, haya recuperado peso y me sienta plena a día de hoy, mi cuerpo aún no cede, mi sistema nervioso no es capaz de dormir más de seis horas al día y mi salud hormonal aún no cede.
Esa desconexión entre lo que sabes y lo que vives es una de las cosas más frustrantes del proceso de crecimiento, entender tanto y que tu cuerpo siga reaccionando igual. Pero es exactamente la señal de que estás en proceso de integración, de que algo está cambiando, pero que todavía no lo puedes ver desde fuera.
Por qué la claridad no llega cuando la exiges
Uno de los momentos más frustrantes es que entiendes las cosas con una precisión que antes no tenías, te ves muy lúcida y consciente del proceso y tus pensamientos, pero no sabes qué paso dar, no sabes cómo moverte con todo lo que tienes entre las manos, no sabes cómo reflejar todo lo que entiendes internamente de ti misma en el mundo real. Te desesperas porque sientes que deberías saber ya que con toda esa conciencia acumulada, con todo ese trabajo que llevas haciendo, tendrías que estar ya moviéndote con dirección y propósito.
Pero la claridad es lo que aparece cuando el sistema se está regulando lo suficiente como para procesar todo lo que tiene pendiente, porque mientras estás en modo supervivencia, consumiendo información nueva, intentando resolver lo que todavía no está listo para resolverse, forzando respuestas que todavía no existen, el sistema nervioso no puede hacer ese trabajo de integración, es como si estuviera ocupado luchando con la alerta.
El sistema nervioso simpático, el que activa la respuesta de lucha o huida, y el sistema nervioso parasimpático, el que permite el descanso y la asimilación de experiencias, no pueden trabajar con la misma intensidad al mismo tiempo. Cuando uno está muy activo, el otro se frena, y la claridad profunda que no viene de pensar más sino de saber desde adentro, solo puede aparecer desde el estado parasimpático, quiero decir, desde la calma y el espacio que te tienes que dar. Cuanto más fuerzas la claridad, más lejos se va, porque la estás buscando desde un estado en el que no puede aparecer.
Lo que sigo aprendiendo a hacer cuando me desespero y quiero respuestas ya, es crear silencio y espacio, silencio absoluto del que a veces me pone nerviosa. Me encanta el movimiento consciente, sin objetivos, sin intentar llegar a ninguna conclusión, solo dejando que los pensamientos aparezcan poco a poco. Es la única manera en la que lo “nuevo” puede integrarse de verdad, que sepas que la claridad se recibe en silencio, y te lo escribo mientras lidio con ello a día de hoy, pero lo he comprobado.
La soledad
La parte que estoy evitando escribir y por eso he tardado tanto en llegar, para mí la más dura, porque cuando empiezas a tratarte de otra forma, forzando incluso el respeto a ti misma a veces, siendo honesta, con más cuidado, con más atención a lo que piensas y lo que haces en tu día a día.
Estamos haciendo aquello que nadie nos ha enseñado a hacer, cuando digo nadie es nadie, ni nuestros padres, ni abuelos, ni el colegio, la universidad, lo que sea. Si has crecido, como yo, en un entorno donde no te dieron un modelo de lo que se ve el amor propio, donde no había alguien que te dijera que tus necesidades importaban, que tus límites merecían respeto, que podías ocupar espacio sin tener que ganártelo primero, entonces lo que estás haciendo ahora es tratarte por primera vez en tu vida como te mereces, es como aprender una nueva habilidad que conlleva compasión, coraje, sentirse solo, con miedo, incómodo, enfadado, con ira.
Y eso conlleva sacrificio, disciplina, resiliencia y mucha mucha soledad. Porque cuando empiezas a construirlo, lo que hay a tu alrededor ya no encaja con lo que estás internalizando poco a poco, empiezas a notar lo que ya no te sirve, los entornos que te drenan, los vínculos donde llevas tiempo siendo quien ya no quieres ser, dando más de lo que recibes, minimizándote para que otros estén cómodos, tolerando cosas que ahora mismo ya no puedes ignorar y las dinámicas que antes pasabas por alto pero ahora ves más precisión, y duele, claro que duele, y mucho.
Realmente no es la soledad de no tener a nadie, es la soledad mucho más específica y mucho más extraña de estar cambiando cuando nadie a tu alrededor lo está haciendo de la misma manera. De tener conversaciones internas que no puedes tener en voz alta con casi nadie porque no encuentras el lenguaje ni una energía compartida con la que pueda fluir una conversación. De sentir que estás yendo en una dirección y que es distancia con lo que antes te daba seguridad, es estar en medio de una transformación que es completamente invisible para los demás porque ocurre dentro.
A veces crecer significa estar en un lugar que todavía no tiene compañía, significa que no hay nadie que haya estado exactamente donde tú estás, viviendo lo que tú estás viviendo, sintiendo lo que tú estás sintiendo. Esto es señal de que estás haciendo algo que significa crecer de verdad, hacia adentro, hacia lo que realmente eres de tu manera más pura.
Pero esto cambia porque cuando seguimos comprometidas con el proceso, cuando seguimos siendo honestas con nosotras mismas y eligiendo lo que nos hace bien aunque sea difícil, cambia también en lo que atraemos hacia afuera. Aparecen las personas que vibran de la misma manera, y yo muchas de esas personas las he encontrado en esta plataforma, en la otra punta del mundo y a través de una pantalla.
La niña que también está en medio de todo esto
Hay momentos en los que empiezan a aparecer heridas del pasado, versiones más pequeñas de nosotras que han aprendido el amor de diferentes formas, de la seguridad y de lo que merecíamos, ¿atención, respeto, cuidado? o esa parte de nosotras que intentaba entender lo que estaban aprendiendo.
Cómo comportarse para recibir amor, qué tipo de persona tenías que ser para que los demás estuvieran bien. Aprendió esas cosas antes de que pudieras cuestionarlas, y las integró como verdades absolutas. Y esa es la sombra que he mencionado por aquí varias veces, las reacciones y elecciones que a veces ni entendemos del todo, la parte que necesitaba protección, compasión, presencia, que no recibió del todo o no de la manera que necesitaba, empieza a aparecer en el proceso y a veces se manifiesta como una sensibilidad a ciertas situaciones, como la necesidad de que alguien más te dé lo que todavía no sabes darte a ti misma, como patrones en relaciones que se repiten aunque ya los hayas identificado mil veces.
Es un cansancio que no tiene explicación lógica, es arrastrar esa versión antigua y de verdad, sentir que pesa y que te pide ser escuchada. No es que la resuelvas ni que la entiendas del todo ni que la superes de una vez, pide que la escuches, pero que la escuches de verdad y de la manera más honesta que has podido hacer nunca. Que te quedes con ella sin intentar que desaparezca y que aprendas a darle ahora, de manera más adulta, lo que no tuvo entonces.
Aprender a ser para ti misma el tipo de presencia que necesitabas, la protección que quizás no tuviste, la compasión que nadie te mostró cómo darte es el acto de amor propio más difícil y más transformador que existe, porque nadie te dijo cómo se hace, porque no hay modelos de referencia detrás de eso, porque quizás no tuviste modelos de referencia. Es construir desde 0 y desde lo más bajo, una manera de relacionarte contigo que nunca te enseñaron, con herramientas que tienes que ir encontrando sin saber si lo estás haciendo bien o mal.
Cuando empiezas a darte eso internamente, cuando esa parte de ti empieza a sentirse vista y acompañada desde adentro, dejas de buscarlo fuera. Y entonces, lo que llega de fuera, puede ser recibido desde un lugar realmente correspondido.
Aceptación no es quedarse en el dolor
No significa decir “soy así y no puedo cambiar” o “esto es lo que hay”. Es mirarte de frente sin intentar cambiar lo que ves, porque ese es el momento en el que salen las cosas que no decimos en voz alta, lo que escondemos o lo que intentamos justificar siempre, te miras y ves cómo va cambiando de forma a pesar de que las sombras sigan por allí.
Viene del reconocimiento honesto de dónde estás y de que quieres ir, porque cuando intentamos cambiar desde el rechazo de lo que somos, desde la guerra con nosotras mismas, ese cambio se puede mantener un tiempo pero sin la base de la aceptación, sin haber mirado de verdad lo que hay, sin haberle dado nombre y espacio a lo que existe, los patrones vuelven, porque siguen ahí, porque no los has tocado.
Cuando por fin pude mirar de frente las partes de mí que me daban miedo, las inseguridades que disfrazaba de fortaleza, las heridas que seguía abriendo en mis relaciones sin entender por qué, cambió todo, porque al verlas, al llamarlas por su nombre, al decir “esto existe en mí y tiene sentido que exista dado todo lo que he vivido”, dejaron de tener tanto poder sobre mí, ya está destapado, ya han visto la luz y no voy a permitir que sigan controlándome desde esa parte oscura.
No puedes cambiar lo que no eres capaz de ver, y no puedes ver lo que no estás dispuesta a aceptar que existe.
El glamour que no tiene
No siempre se siente expansivo y poderoso y lleno de gratitud, muchas veces implica quedarte con una emoción muy fea hasta que pasa, sin hacer nada, también es tener una conversación incómoda que llevas meses evitando porque sabes que es necesaria aunque no quieras tenerla o tomar una decisión que nadie a tu alrededor entiende, la sensación de resistencia en las personas que te quieren, porque es la decisión correcta para ti.
A veces se parece a decir que no cuando toda tu historia de vida te ha enseñado a decir que sí, a poner un límite por primera vez en un lugar donde nunca lo habías puesto, sabiendo que va a ser incómodo. A soltar algo que ya no te hace bien aunque todavía lo quieras, aunque soltarlo duela. Es hacer una cosa pequeña desde el respeto propio en un día en que no tienes ganas, en que solo tienes el hecho de elegirte, porque aunque sea en algo mínimo ya es un acto de amor enorme.
No siempre se siente bien, se siente como lo contrario de lo que esperabas, porque requiere hacer cosas difíciles, requiere soltar cosas cómodas y elegirte en momentos en que es más fácil, de verdad, no hacerlo.
Que quede muy claro que no es un estado de ánimo que sube y baja, no una autoestima que depende de lo bien que te haya ido esta semana o de cuánta validación hayas recibido. Es una base que está ahí y saber que, pase lo que pase, tú no te vas a abandonar, porque aunque no tengas todo resuelto y no sepas exactamente quién estás siendo todavía, puedes confiar en ti. Y eso, vale más que cualquier ritual de mañana, más que cualquier versión estetizada del crecimiento personal, y más que cualquier historia bonita de las que nos aparecen por redes.
Si te sientes en ese medio ahora mismo
Donde ya no eres quien eras y todavía no reconoces del todo a quién te estás convirtiendo, estás en el lugar correcto, aunque no lo parezca. Surgen emociones que no entiendes mientras las estás viviendo y que solo cobran sentido después, cuando ya has pasado al otro lado, tiene momentos en que lo más honesto que puedes decir es “no sé”, y eso también es válido.
Tiene mucha soledad y momentos con nosotras mismas que realmente duelen pero aprendemos a abrazarlos, te entiendo y entiendo esa sensación de que vas un poco por delante de donde estabas y todavía no has llegado a donde vas, y en ese espacio intermedio no siempre hay compañía.
Ese no saber, si lo sostienes sin intentar resolverlo antes de tiempo, sin forzar claridad que todavía no está, también es parte del proceso. La claridad llega cuando te permites no tenerla y cuando creas el espacio en el que pueda realmente florecer.
Y el amor que estás construyendo ahora aunque sea solitario, aunque no tenga glamour, aunque nadie lo esté viendo desde afuera, es el más real que vas a conocer, es el que se queda, el que no depende de nadie más y es el que va a estar ahí cuando todo lo demás vaya cambiando a tu alrededor.
Sigue, de verdad, sigue porque lo estás haciendo bien, ya sea más despacio, con silencio o con ruido, todo llega. Con mucho mucho amor y dedicación, un día más validando mi voz y mi expresión,
Anyka

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