En los últimos años, la antropología, la geografía cultural y los estudios del sonido han prestado creciente atención a las formas en que la memoria persiste en los espacios urbanos. La siguiente pieza de The Corner Theory dialoga libremente con algunas de esas discusiones. “We Came Late to Café Regular” propone una escucha del tiempo, la duración, la comunidad y el cambio en la ciudad.
El café no es un restaurante. La diferencia importa más de lo que parece. Un restaurante está organizado alrededor de una comida: comienzo, desarrollo, transacción, final. El café está organizado alrededor de algo menos legible: la duración. Llegas, y lo que el café ofrece, por debajo del café y del ruido ambiente, es tiempo sin estructura. Tiempo que no pertenece ni a tu oficina ni a tu apartamento. Tiempo que no pide nada, salvo que lo ocupes sin convertirlo de inmediato en algo útil. La literatura antropológica sobre lo que los sociólogos llaman “terceros lugares” (ese espacio público informal entre el hogar y el trabajo donde realmente ocurre la vida comunitaria) suele recurrir al café como su primer ejemplo, y con razón. El café no solo alberga la vida social. En un sentido importante, la produce, al proporcionar un escenario donde demorarse no solo se tolera, sino que se lo espera. La mayoría de los espacios que construyen las ciudades modernas están organizados alrededor del movimiento: el pasillo, el vestíbulo, el centro de transporte. El café está organizado alrededor de detenerse. Es el permiso formal que la ciudad concede para quedarse un rato. Es el argumento arquitectónico de que no todo necesita dirigirse hacia algún lugar.
Pero no todos los cafés hacen esto de la misma manera, y el café como idea adquiere un peso distinto en distintas ciudades, distintos barrios, distintas horas. Café Regular ocupa un lugar en Brooklyn con una gravedad particular: pequeño, pausado, europeo de una forma que no exhibe su europeidad, sino que simplemente la habita, como ciertos lugares que llevan su carácter sin necesidad de explicarlo. Es el tipo de café que pasa a formar parte de la infraestructura de una vida: lo encuentras, y luego vuelves a él, y al volver regresas a una versión de ti mismo que no sabías que habías estado acumulando. La mesa te conoce antes de que tú la conozcas. La luz de la tarde significa algo específico. Esto no es sentimentalismo; es lo que ocurre cuando un lugar contiene duración, cuando acumuló suficiente tiempo para desarrollar su propia atmósfera, su propio ritmo, su propio argumento sobre cómo debería sentirse esa hora. El café se convierte en un dispositivo de memoria. No en un lugar que visitas, sino en un lugar al que regresas, y esa es una relación completamente distinta con el espacio.
“We Came Late to Café Regular” transcurre a 70 BPM, que es el tempo del pensamiento lento. Más lento que caminar con un propósito, en algún punto cercano al ritmo de quedarse junto a una ventana mirando la calle sin proponérselo. El contrabajo establece líneas caminantes, ese recurso característico del jazz en el que el bajo recorre la armonía paso a paso, cada nota como una pisada, cada cambio de acorde alcanzado mediante desvíos cromáticos que aplazan la resolución sin negarla. La caja tocada con escobillas no golpea, más bien barre. Esa es la distinción que hace el baterista de jazz cuando la sala se redujo a las personas que todavía siguen allí, cuando la noche se volvió lo bastante pequeña para señales más silenciosas. Las escobillas son tiempo susurrado, contado en voz baja para no interrumpir lo que se está diciendo en el borde de la música. Sobre eso, el piano eléctrico interpreta acordes menores con séptima y novena: armonías que, en el vocabulario del jazz, funcionan como puntos de llegada que siguen inclinándose hacia adelante, perpetuamente sin resolver, perpetuamente suspendidos. Un acorde menor con novena no quiere ir a ningún sitio de manera dramática. Quiere quedarse sentado en el umbral y observar. Esa es la armonía adecuada para un café cerca de la hora de cerrar, para una sensación que no es tristeza ni su ausencia, sino algo que flota entre ambas: el registro emocional particular del final de una tarde.
Luego está la melodía. Una figura lenta y contenida en acordeón y clarinete con sordina, lo que en música se llama de estilo eslavo, es decir, portadora de una tradición melódica construida para una forma distinta de interioridad. Los giros modales, la manera en que una frase asciende y luego acepta en silencio que no llegará al lugar hacia el que apuntaba, los pequeños adornos que retrasan en lugar de decorar, no están tomados prestados para crear atmósfera. Tienen peso. El acordeón es el instrumento del desplazamiento. Llegó a Brooklyn dentro de maletas, llevado por personas que habían abandonado lugares a los que difícilmente volverían, para quienes la música no era entretenimiento, sino la forma de memoria más portátil que poseían. Los barrios que rodean Café Regular (Park Slope, Carroll Gardens) fueron italianos, polacos y de clase trabajadora antes de convertirse en lo que son ahora, superpuestos como todos los barrios de las ciudades, de manera incompleta, siempre con un resto. Lo que la melodía eslava añade a esta música no es exotismo. Es ese resto: el sonido de una versión anterior de la ciudad que presiona silenciosamente a través de la actual, no como nostalgia, sino como presencia, todavía sonando en un idioma que la mayoría de los clientes actuales del café no sabría nombrar, pero que quizá, si permanecieran sentados el tiempo suficiente, podrían sentir.
“Tarde” no admite un único significado, y por eso el título puede contener tanto. La lectura más evidente es temporal: llegas a las 5:59 y el café cierra a las 6. Están levantando las sillas. La barista ya está pensando en otra cosa. Pero ese “llegamos tarde” de la canción no se siente como un pequeño fracaso del calendario. La tardanza parece mayor, más estructural. Está la tardanza de llegar a una tradición ya formada antes de que la encontraras: descubrir el café después de haber vivido durante años a pocas cuadras, encontrarlo justo cuando ya se ha convertido en lo que será, cuando ya ha acumulado a sus habituales, su luz particular y su particular hora de octubre. Está la tardanza de llegar a un Brooklyn que siempre está convirtiéndose en otra cosa, de modo que entiendes la cuadra por la que caminas en parte a través del fantasma de cómo estaba organizada antes de que llegaras. Y está la tardanza que no tiene nada que ver con los relojes: la tardanza de llegar a una forma de atención, a una relación, a una cualidad del cuidado, de la que quizá habrías sido capaz antes, pero no lo fuiste, y ahora sí, y eso te hace preguntarte qué estabas haciendo antes. “Llegamos tarde” es también, silenciosamente, una llegada colectiva. No yo, sino nosotros, lo que significa que la tardanza fue compartida, lo que significa que, al menos, no estabas esperando solo en la hora equivocada.
El café, como la música que lo evoca, contiene una política que su calidez suele proteger del escrutinio. Demorarse supone disponer de tiempo. Volver a la misma mesa supone tener una vida lo bastante ordenada para que el ritual encuentre un lugar dentro de ella con regularidad. Ese tercer lugar que los teóricos sociales describen como el terreno donde florece la vida democrática del barrio siempre estuvo, en la práctica, más disponible para quienes ya eran dueños de su tiempo; para quienes el desplazamiento era una elección y no una condición; para quienes la tardanza era un inconveniente y no un domicilio permanente. La melancolía de esta canción roza esa realidad sin llegar a nombrarla. La tardanza del título es en parte nostálgica, en parte elegíaca, pero, si se la presiona un poco, también es la tardanza de la exclusión: el café que cierra antes de que puedas llegar; el barrio que se reorganizó mientras mirabas hacia otro lado; la habitación cálida que tenía un costo, y la pregunta de quién lo pagó. Los acordes menores con novena también contienen todo eso, aunque nunca lo dirían de manera directa. Son armonías de una irresolución apacible, y la irresolución apacible es la forma en que la música trata aquello que no puede resolverse limpiamente: lo que se perdió, aquello que siempre estuvo ligeramente desviado de la vida que realmente estabas viviendo.
Lo que la canción sabe es que puedes amar un lugar y comprender al mismo tiempo las condiciones de ese amor. La melodía eslava sigue regresando sin resolverse. El contrabajo sigue caminando sin llegar. La caja con escobillas marca el tiempo a 70 BPM, lo bastante despacio para que sientas que estás dentro del momento y no simplemente atravesándolo, lo bastante despacio para que la música sostenga al café del mismo modo en que un café sostiene una hora: no con afán de posesión, sino con cuidado. No hay solos. No hay drama. Solo el motivo silencioso que vuelve a girar, del mismo modo en que una esquina de la ciudad vuelve a aparecer cuando regresas a ella, siempre ligeramente distinta de como la dejaste, siempre reconocible, siempre cargando más tiempo del que muestra en la superficie. Llegamos tarde. Quizá esa sea la única manera en que alguien llega a cualquier lugar que realmente importa: tarde al descubrimiento de que una luz determinada o una hora determinada valían la pena ser habitadas, tarde a las versiones de la ciudad que ya estaban terminándose cuando llegaste. El café siempre estaba un poco en proceso de cerrar. La melodía lo sabía. La melodía siguió sonando de todos modos.
Texto de Julia Sorensen para The Corner Theory. Traducción de Maggie Tarlo.
Lecturas complementarias:
Espacios, lugares y café.
Acerca del tiempo.
Cafeterías de Brooklyn.
Ahora que el tiempo marcha más rápido.
La ciudad social.
El tiempo avanza rápido y lento.
Las metáforas espaciales nos ayudan a entender el tiempo.
Otros viernes de escuchas antropológicas:
Fantasmas en cintas magnéticas.
El sonido del optimismo.
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