Decidí contratar un tour a Monte Albán. Aunque ya lo había visitado más chica, no estaba prestando atención. Monte Albán es un sitio arqueológico que alguna vez fue una ciudad-estado zapoteca, que también tuvo ocupación mixteca. Hace un mes no podía decir la diferencia entre olmeca, zapoteca y totonaca, pero antes de emprender en este viaje, empecé a hacerme preguntas sobre la historia de la humanidad.
Mi interés empezó por un videojuego cuyo objetivo es construir una civilización. Mientras levantaba un imperio que crecía a lo largo de mil, dos mil, tres mil años, más insignificante sentía mi propia existencia. Andy Warhol lo dijo primero: hoy en día, todxs tenemos nuestros quince minutos de fama. En esta era, parece que no hubo un antes y un después. Nuestra existencia descontextualizada aparenta ser el objetivo final.
No siempre fue así. Este pensamiento individualista se retomó de la Antigua Grecia en el Renacimiento y fue impuesto en Latinoamérica en la conquista. En otros tiempos o lugares, las personas nos entendíamos como parte de un colectivo: Una cultura, una religión, un movimiento. Hoy parece que entre más especializado sea nuestro trabajo, más valioso es nuestro perfil. Ya no hay un pensamiento colectivo del que nos podemos arraigar, sino muchos nichos que no tienen nada en común.
Yo llevo un tiempo preocupada sobre cuál va a ser mi gran aportación a la cultura ¿Qué voy a hacer que cambie el trayecto de la historia como la conocemos?
En todo esto pensaba cuando una señora de Chihuahua sentó sus nalgotas en el asiento al lado mío en el camión del tour. Cabe aclarar que había cuatro hileras de asientos vacíos detrás de mí. Me intenté re-acomodar para que no frotáramos nuestras piernas una contra la otra durante todo el trayecto, pero parecía que eso era lo que estaba por suceder.
Llegamos a Monte Albán veinte minutos después. El guía nos llevó a la cima para que admiráramos las pirámides. Nos explicó que los zapotecas no tenían un ejército, y que las personas de los pueblos aledaños contribuían a la economía voluntariamente. “Se practicaba lo que comúnmente llamamos incesto, por eso Los Danzantes fueron personas con deformidades genéticas que nacían así gracias a esta práctica”.
“¿Por qué abandonaron Monte Albán?” preguntó un español vestido de Indiana Jones. Los zapotecas dejaron la ciudad en 800 DC, setecientos años antes de la conquista. El guía respondió más bajito que en el resto de sus explicaciones, “Mmm… hubo una revuelta social”. Entonces las contribuciones económicas no fueron tan voluntarias, pensé.
Caminé hacia la pirámide de Los Danzantes, donde había un grupo de estudiantes de la UNAM con otro guía. Este era más joven y tenía varios piercings en la oreja. Lxs estaba haciendo reír hablando sobre las plantas mágicas que consumían los zapotecas para conectar con sus dioses.
“Va a haber gente que les va a decir que estos weyes eran resultado del incesto, pero no es cierto banda. Lo que pasa es que están entendiendo a los zapotecas desde su propia cosmovisión occidental. Esta gente tenía sus propias reglas y formas de ver la vida, no se puede entender desde una mente colonizada”, el guía dijo, en español, “¿Ustedes creen que había alguien en la entrada de Monte Albán checando pasaportes, viendo a ver quién era zapoteca y quién no? ¡Claro que no! Los Danzantes tienen esas diferencias físicas porque no había fronteras”.
Entré a ver los humanos esculpidos en piedra. No podía ver grandes diferencias entre sus rasgos. Tal vez por mi cosmovisión colonizada, pero sus cabezas, ojos, orejas, piernas, parecían tener bastante similitud entre ellas. Intenté ponerme en los zapatos de alguien que habitó esa tierra hace dos mil años, pero esto me llevó a preguntarme si incluso usaban zapatos. De ser así, ¿Cómo se verían? ¿Y tendrían muchos pares, o ahí las modas no eran tan cambiantes como ahora? ¿Usaban la ropa como moda, o solo con fines utilitarios? Las esculturas no usaban zapatos, y me pregunté si no les dolían los pies. Yo llevaba caminando ahí dos horas y ya me dolían.
En el camión de vuelta, se sentó a un lado mío el Indiana Jones sevillano. Sin invitación, volteó a hacerme un comentario. “Vi que ibas anotando lo que decía el guía, no le creas mucho”, me le quedé viendo para que se explicara, “¿Entraste a leer el señalamiento en Los Danzantes?”, respondí que no para ver qué decía. Sacó su celular y le hizo zoom a la foto de la explicación del INAH, “El tío dijo que no tenían ejército, pero aquí dice que las investigaciones más recientes indican que Los Danzantes son guerreros de otras civilizaciones, que fueron sacrificados por los zapotecas. Digo, tampoco hay que idealizar a las culturas prehispánicas”.
Saliendo de su boca, me supo mal.
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