Hace unos días viajé a Córdoba por un compromiso editorial. Confieso que vivo este tipo de actos con una mezcla de ilusión, vértigo... y cierta pereza. Nunca he sido especialmente amigo de los eventos sociales. Sin embargo, había dos razones de peso para asistir. La primera era la relevancia del encuentro y esa forma sutil que tienen algunos compromisos de convertirse en ineludibles. La segunda, mucho más genuina: la jornada terminaba en la Fundación Antonio Gala, un lugar que llevaba tiempo deseando visitar.
La fundación ocupa un antiguo convento. Sus patios luminosos, sus galerías y su claustro poseen esa suerte de belleza serena que parece ser patrimonio exclusivo de ciertos lugares consagrados al recogimiento.
Allí pude contemplar algunos de los cuadernos donde Gala escribía sus notas, esos apuntes de minúsculas letras apelotonadas que, con el tiempo, acabarían transformándose en novelas, poemas y obras de teatro.
Sin embargo, lo que más me impresionó no fueron sus manuscritos. Ni la arquitectura sacra. Ni siquiera la historia del lugar. Ni las historias de fantasmas que, según me contaron, aún habitan aquella morada. Fue un olivo.
En uno de los patios encontré un olivo plantado el mismo día de la muerte de Antonio Gala. Bajo él descansan sus cenizas, tal y como él quiso. Sobre él podía leerse una inscripción. Su epitafio.
«Que nos coja la muerte andando, de pie. Que se diga de nosotros: murió vivo».
Antonio Gala.
«Murió vivo». Dos palabras que resonaron en mí como una epifanía.
Aquel epitafio no hablaba de la muerte. Hablaba de la vida. Y, sin embargo, en una sociedad obsesionada con la longevidad, cada vez son más las personas que viven muriendo.
Mientras contemplaba aquel olivo no pude evitar recordar unos versos de Santa Teresa de Jesús:
Text within this block will maintain its original spacing when published
Vivo sin vivir en mí
Text within this block will maintain its original spacing when published
y tan alta vida espero
Text within this block will maintain its original spacing when published
que muero porque no muero.
Nos pasamos la vida esperando vivir algo extraordinario cuando lo realmente extraordinario es vivir. Vivir el presente, porque es lo único verdadero. Lo único que tenemos. Lo único que tendremos. El pasado es recuerdo. El futuro, imaginación. La vida siempre sucede en el ahora.
Tal y como escribió Thoreau en Walden:
“La masa de hombres lleva vidas de silenciosa desesperación. Lo que se llama resignación es desesperación confirmada….Una desesperación estereotipada pero inconsciente se esconde incluso bajo lo que se llaman los juegos y diversiones de la humanidad. No hay juego en ellos, porque esto viene después del trabajo. Pero es característico de la sabiduría no hacer cosas desesperadas”.
Y es que, como escribió Oliver Wendell Holmes en su poema The Voiceless:
Text within this block will maintain its original spacing when published
«Ay de aquellos que nunca cantan,
Text within this block will maintain its original spacing when published
pero mueren con toda su música dentro».
No llegues a la tumba con tu canción por cantar, con abrazos sin dar, con caminos sin recorrer y con palabras que nunca te atreviste a pronunciar. No te entregues a una vida de silenciosa desesperación.
¿Cuál es tu canción por cantar?.
Con cariño
Antonio.
P.D. En mi caso, la canción que siempre quise cantar fue escribir. Superar el vértigo de sentarme durante interminables horas detrás de una mesa para descubrir, tiempo después, que aquellas palabras que un día escribí en soledad habían encontrado un hogar en la vida de otras personas.
P.D. 2. Si te interesa profundizar en cómo vivir una vida digna de ser vivida —con más claridad, más propósito y más vitalidad— hablo largo y tendido sobre ello en mi nuevo libro Vida nootrópica (te dejo un enlace aquí por si te interesa).

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.