Cuanto más independiente se vuelve una sociedad, mayor es la sensación de libertad. Pero, paradójicamente, también aumenta el sentimiento de soledad.
La llamada teoría sueca del amor se popularizó gracias al documental The Swedish Theory of Love, dirigido por Erik Gandini y estrenado en 2015.
La obra analiza las consecuencias de un ambicioso proyecto social impulsado por el gobierno sueco en los años setenta: La familia del futuro: una política socialista para la familia. Este programa aspiraba a construir una nueva forma de convivencia basada en “el valor más sueco de todos”: la independencia individual.
El objetivo era liberar a las personas de cualquier dependencia material, económica o emocional. Se pretendía que los hijos no dependieran de sus padres, que los mayores no dependieran de sus hijos, que las mujeres no dependieran de los hombres ni los hombres de las mujeres. En definitiva, se buscaba garantizar la máxima autonomía posible para cada individuo.
A partir de la década de 1970, Suecia impulsó un modelo social orientado a emancipar al ciudadano de los vínculos de dependencia tradicionales mediante:
La independencia económica de la mujer.
Un sólido Estado del bienestar.
Amplias ayudas públicas que reducen la necesidad de apoyo familiar.
La autonomía personal como valor supremo.
Lo que el sociólogo polaco Zygmunt Bauman describió magistralmente con su famoso concepto, que ya forma parte de nuestro imaginario colectivo, de sociedad líquida.
El ideal era que las relaciones humanas fueran completamente libres. Que nadie estuviera con otra persona por necesidad, sino únicamente por elección.
En teoría, parece un objetivo admirable. Y aplicado con coherencia, lo sería.
Pero el dato mata al relato. Y el documental muestra el lado oscuro de ese bienestar basado en la independencia individual.
Porque la independencia llevada al extremo puede generar un aumento de los hogares unipersonales o, lo que es lo mismo, más personas viviendo solas y ancianos que pasan largos periodos sin contacto social.
Relaciones frágiles y fugaces que generan una profunda sensación de aislamiento, pese al bienestar material.
El documental recoge historias tan tristes como la de personas que mueren en la soledad de sus apartamentos y tardan semanas en ser encontradas.
Bauman observó que la modernidad había transformado las relaciones humanas en algo parecido a bienes de consumo. Personas convertidas en objetos de usar y tirar. En su concepto de amor líquido, las relaciones tienden a ser tan flexibles que se deforman, tan libres que se diluyen.
Y lo resumió de forma demoledora al final del documental: «Los suecos han perdido las habilidades de la socialización. Al final de la independencia no está la felicidad, está el vacío de la vida, la insignificancia de la vida y un aburrimiento absolutamente inimaginable».
Cuando desaparecen las estructuras comunitarias tradicionales —la familia cohesionada, el barrio, la tribu, la parroquia, las asociaciones— el individuo queda cada vez más solo frente a sí mismo.
Y entonces surge un vacío existencial.
Un vacío del ser que intentamos llenar con un consumismo compulsivo de comida basura, redes sociales, series o compras innecesarias. Estímulos constantes. Dopamina barata. Una búsqueda desesperada por saciar esa sed de significado y conexión que anhela nuestro cerebro.
Desde una perspectiva evolutiva, somos una especie social por naturaleza.
Durante cientos de miles de años, la supervivencia dependió de la cooperación. El aislamiento equivalía a vulnerabilidad.
Divide et vinces
Ya lo dijo Julio César: divide y vencerás.
No puedo evitar ver el aburrimiento masivo, la desesperación colectiva y la atomización de los individuos como la estrategia definitiva de manipulación de masas.
En una sociedad en la que los ideales se pervierten en nombre del crecimiento; en la que la lucha contra el cáncer se utiliza como herramienta de marketing para vender productos de toda índole bajo el paraguas del color rosa; en la que una pandemia sirvió para repartir ayudas que años después fueron reclamadas con intereses propios de la usura. Y eso por poner solo un par de ejemplos de una lista interminable.
En una comunidad fuerte, gran parte del sentido emerge de los vínculos.
En una sociedad hiperindividualizada, el individuo tiene que generar ese sentido por sí mismo. Una tarea infinitamente más difícil.
Fruto de esa soledad y de esa falta de sentido surge el odio.
El hate nace en el aislamiento de una habitación oscura, donde la única luz es la de una pantalla. Allí nos afanamos en buscar enemigos sobre los que descargar nuestra frustración a golpe de clic, con los dedos aceitosos de las patatas fritas que devoramos.
Personas convertidas en trolls. Hogares convertidos en cavernas. Vidas reducidas a mera supervivencia.
Construir una vida en torno al ego nos lleva al egoísmo.
Quizá nos pasemos la vida intentando liberarnos de las cadenas —cual Andrómeda moderna— y, cuando por fin las rompamos, descubramos que algunas de ellas eran raíces.
Con esto no quiero decir que no debamos soltar lastre ni tolerar cualquier tipo de relación tóxica.
Todo vínculo se sostiene bajo la máxima del quid pro quo.
Ni tampoco que tengamos que renunciar a esos momentos de soledad deseada, de introspección, de comunión con nosotros mismos.
Simplemente tómalo como una llamada a:
Pedir por favor, dar las gracias, disculparse, mostrar interés genuino, sonreír, conversar, abrazar. Compartir momentos, comida y vida.
Verbos en desuso en la sociedad moderna y que, tal y como cuento en mi libro vida nootrópica (enlace aquí ), son medicina para nuestro cerebro.
Ojalá que la búsqueda de nosotros mismos no nos haga perdernos de los demás.

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