Eran casi las 11 de la noche cuando Mateo entró a la cocina con el portátil abierto y los ojos encendidos. Venía de su última clase de finanzas corporativas avanzadas, el cierre del semestre en el MBA.
—Papá, tienes que ver esto —dijo, girando la pantalla. En ella, un modelo de valoración con pestañas y pestañas: flujos descontados, WACC, opciones reales, una simulación de Montecarlo corriendo en una esquina—. El profesor nos enseñó a valorar una compañía como lo hace un banco de inversión en Nueva York. A estructurar un leveraged buyout. A modelar una fusión hasta el último centavo. Es como ver el código secreto del dinero.
Su padre dejó el libro que leía y se sirvió un aguardiente. Treinta años de empresa le habían dejado dos cosas: un patrimonio respetable y una colección de cicatrices que ningún examen registra.
—Déjame ver —recorrió el modelo con la vista y asintió despacio—. Es hermoso. Y es importante, Mateo. No quiero que pienses ni por un segundo que la teoría sobra: el que no sabe descontar un flujo no debería sentarse en una mesa a decidir.
—¿Pero…? —el muchacho ya conocía la pausa de su padre.
—Pero esa hoja de cálculo esconde muchas realidades que no están en ninguna fórmula. Supone que el mundo se va a portar como tú lo escribiste, y el mundo nunca lee tu Excel. —Otro sorbo—. Yo aprendí finanzas en dos lugares. Uno fue un salón parecido al tuyo. El otro fue a los golpes: cada socio que me falló, cada proyecto que costó el doble, cada cliente que no pagó, cada madrugada cuadrando una caja que no daba. Y te voy a ser honesto: el segundo salón de clases me enseñó más que el primero.
Mateo cerró el portátil. Por primera vez en la noche, escuchaba en serio.
—Con los años destilé todo eso en diez reglas. No las vas a encontrar en ningún paper, ni te las va a calificar ningún profesor. Las llamo mis diez mandamientos. No porque sean sagrados, sino porque cada uno me costó sangre, sudor y lágrimas. Anótalos.
Y empezó.

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