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Mirth as Medicine · May 3, 2026

Primavera

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Ana Bosch · Mirth as Medicine

La primavera en Escandinavia tiene algo de bíblico. Un día te levantas y ves que todos esos tonos marrones grisáceos han sido sustituidos por un verde esperanza que grita “¡Era una broma! me morí un rato solo para resucitar” Y durante unos meses el mundo parece ser un lugar mejor. Cuanto dura depende del año. Este, por ejemplo, ha tardado hasta esta semana en asomar sus floridas entrañas.

El jueves iba pensando en lo bonito del verde de los árboles sobre el azul del cielo de camino al trabajo, cuando justo delante del edificio de psiquiatría oí un hombre dar un grito desgarrador, de esos que te hacen entender que ahí dentro hay un hombre que sufre y que es muy probable que sea imposible rescatarlo.

Muchas veces me pregunto por qué me hice médico. Los días que estoy en plan cínico contestaré que fue porque me daba la nota. Los días que tengo una consulta llena de mujeres que responden al tratamiento diré que lo hice para ayudar a la gente. Los días que tengo la consulta llena de gente cuyo cáncer crece a pesar del tratamiento posiblemente no diré nada. Esos días son los que más desdén siento por la gente que idealiza el sufrimiento como fuente de sabiduría o de inspiración. La gente que va por la vida de atormentada porque cree que el mundo no puede percibir sus sensibilidades. A esa gente me dan ganas de decirle: vete un poco a la mierda, y si eso luego ya hablamos.

Hay días en los que me pregunto constantemente cómo se siente estar atrapado en una realidad que no puedes cambiar. Como el hombre que grita, encerrado en su propia cabeza. O la paciente que entiende que no tengo más tratamiento que ofrecerle y que quizá lo mejor sería parar, pero luego llora con su hijo de treintaytantos años, que patalea porque la idea de perder a su madre le resulta insoportable.

Qué horror morir sabiendo que dejas atrás a alguien cuya ancla eras tú.

Me dedico a trazar líneas que me ayuden a comprender el sentimiento universal que une a las personas que sufren. No sé si sirve de mucho. Es como pretender que el mundo se explique dentro de unos parámetros que quepan en mi cabeza. Qué ridículo.

Hay días, como hoy, en los que sin más me quedo mirando a mis hijos jugar y me pregunto porqué no tengo nada de curiosidad en saber cómo será su futuro.

Que hoy es suficiente.

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Read the original on anabosch.substack.com

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