Cuando me desespero me busco ocupación. Mi marido me mira con pavor cada vez que me ve, con el ceño fruncido, delante de tutoriales de YouTube buscando un nuevo reto que acalle la bestia que llevo dentro y que araña las paredes de su cárcel: mi cuerpo, deseando salir, sin saber cómo. Es gracioso: cuando conocí a C, hace ya unos cuantos años, él acallaba su bestia paseando colina arriba, colina abajo por las calles de San Francisco, pero dejó de hacerlo (lo de pasear, digo). Sospecho que su bestia duerme plácidamente. Le pregunto por ella y me dice que ahora tiene tres (P, CA y E) y que lo de caminar no sirve para acallarlas.
Pero volvamos a mi bestia, que yo llamo mis demonios en plural, porque arman demasiado jaleo para ser solo uno. Mis demonios ahora se quejan de estar aburridos. El año pasado me inmolé ante su altar y los quemé con lanzallamas, embarcándome en diez mil proyectos laborales. El fuego me quemó hasta las cejas y aún huelo la carne chamuscada de mis entrañas. Así que, ahora que los demonios han resurgido de las cenizas cual fénix, tengo que tener mucho cuidado con lo que emprendo.
Invoco a mi madre, que se pilla un avión para pasar las Pascuas (parece que esto va de sacrificios cuasi-divinos), y me escucha despotricar de lo decepcionada que me siento ante la patraña que me vendieron mis ancestros: aquello de que, si trabajas duro, serás recompensada. Me escucha recriminarle que, en realidad, mi naturaleza la heredé de ella y que vaya herencia: eso de estar siempre haciéndose preguntas, de querer siempre más retos.
Mi amiga M se planta en Copenhague para ver la ciudad y yo la tiendo una emboscada para acabar hablando de los planes de Dios y de mis preguntas al Universo (todo rociado con Aperol Spritz, que no es muy danés pero está muy rico). Sospecho que vino a descubrir el ‘hygge’ y se llevó dos bolsas de dudas. Menudo timo. También sentenció que la gente que se hace preguntas ad nauseam tiende a morirse haciéndose preguntas. No sé si llorar ante el panorama que me espera o reír ante la ironía de querer una vida larga.
Mando mensajes de voz kilométricos a mi hermana, sacerdotisa suprema del sentido común y confesora personal, aprovechando que está en el curro (lo de las emboscadas se me da muy bien), para expresar mi descontento ante la parábola de los talentos. Acabo llorándole por Signal: “Quiero decirle a Dios: tío, vete al infierno, porque me has dado estos talentos pero ni me dejas hacer lo que yo quiero ni me dices lo que se supone que tengo que hacer con ellos.”
Pero esto no va de mis talentos. La parábola no se refiere a habilidades personales, sino a la responsabilidad que se te ha confiado y a qué haces con ella. Como decía, esto va de qué hago cuando me siento atrapada– no en el sentido de falta de espacio, sino de exceso de energía sin salida– en un sitio en el que no puedo campar a mis anchas. Yo me busco problemas.
Cuando nació P, el problema fue averiguar cómo funcionaba un bebé (spoiler alert: nadie lo sabe, y por eso hay tanta literatura sobre el tema). Leí tanto para descifrar el código que C me planteó escribir un review para una revista científica. Yo lo sabía todo, para descubrir que no sabía nada.
Cuando nació CA, el problema que me busqué fue salvar el mundo del calentamiento global. Por 2018, nos encontraríais todos los sábados montándonos en tren de camino a una tienda ‘zero waste’ para comprar legumbres, azúcar, harina y demás productos no perecederos en bolsas de tela. C, que acoge con entusiasmo todas mis iniciativas, me dijo que se plantaba con lo de ser vegano tras intentar hacer una pizza con mozzarella de plástico y sentir terror por las noches por si las autoridades venían a retirarle la nacionalidad italiana.
Cuando nació E estaba decidida a recuperar el uso de mi suelo pélvico y, de paso, ser Nadia Comăneci. No conseguí hacer una dominada, pero sí correr una media maratón por primera vez.
Os preguntaréis por qué los demonios me acechan con el nacimiento de cada hijo. Pero no son los bebés, son las bajas maternales las que me resultan insoportables. En lugar de relajarme y dormir siestas, la falta de estímulo intelectual que supone ocuparse de un ser humano 24/7 me resulta agotadora.
Últimamente mis demonios me pinchan de nuevo, y sospecho que es porque los niños ya van solos, duermo las noches del tirón y se me da muy bien mi trabajo. ¿Dónde narices está el reto?
Cuando le conté a T mis problemas, lo captó a la perfección: “Suenas como una drogadicta, Ana.” Esta adicción al reto, la fricción como motor de vida que me consume.
Como decidí que el 2026 sería el año en el que iba a decir que no a todo trabajo extra, me hallo buscando el reto en casa, porque ver Bridgerton en bucle no acaba de satisfacerme. Así que decidí buscarme un problema nuevo.
El caso es que C y yo buscamos casa y, en nuestras pesquisas, me enamoré de una casa del 1900 que, si bien no es perfecta porque necesita (mucho) trabajo, yo entro dentro o veo las fotos y solo veo posibilidades. C es mucho más escéptico y se pregunta por qué vamos a pagar un precio desorbitado por semejante pocilga. Evidentemente, me enfadé mucho con él y su falta de entusiasmo. Cuando me expuso la cantidad de trabajo (y de dinero) que se iría en la reforma, lo supe inmediatamente: esto es justo lo que necesito, pensé, reformar una casa de principios del siglo XX. En mi cabeza yo ya soy la reina del DIY mezclada con Gaia, porque no he mencionado que esta casa tiene un jardín grande con un aspecto actual que raya lo deplorable.
¿Cómo demostrar a mi marido que yo puedo con esto? Empezar facilito: renovar las sillas de la cocina y plantar unas cuantas flores en la terraza. Me he equipado con lijadora, disolvente de pintura, espátulas, mascarilla, guantes, tierra y semillas. Todo.
Hoy me paso el día quitando pintura de la primera silla (mi más sincero respeto por los renovadores de muebles) y, para descansar, entierro bulbos, esperando que en breve sean flores. Mientras, escucho a ROSALÍA de fondo, LUX en bucle. Escucho Mio Cristo Piange Diamanti y noto que lloro sin querer. Recuerdo aquel grano de trigo que tiene que caer y morir para dar muchos frutos.
No me decido qué canción de LUX me gusta más.
Pongamos Memória. Escuchad todo el disco.

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