RSS Amplifier

Mirth as Medicine · Mar 21, 2026

Panem et circenses

0
Sign in to vote or save

This page did not load. You can still read it on the original site — the toolbar below keeps your place in the directory.

El consumo como cultura y la erosión del criterio

Hace tiempo que no nos vemos por aquí. El caso es que me he dedicado a mudarme a Copenhagen y entre cajas, bártulos y encontrar escuela a mis hijos, no me ha dado tiempo a escribir. Sí me ha dado tiempo a ver Bridgerton y a leer Stella Gibbons (una de cal, otra de arena), entre otras cosas. Por ejemplo, el otro día leía la columna de opinión de sobre un comentario de paleto de Timothée Chalamet. El señor Chalamet, que a juzgar por el perfil de sus novias pareciera inclinarse por TikTok y los reality shows1, decía que a la peña no le importan las formas de arte como el ballet o la ópera, y por ende, él no tiene interés en trabajar en esas ramas artísticas. Leí este artículo en la BBC con muy acertados comentarios de gente un tanto más educada que el actor que os animo a leer.

Yo de cine no sé. No he visto ni una película TC (teclear Timothée Chalamet cada vez me agota) y dicen que es bueno en lo que hace. Me alegro por él. Por ello no voy a opinar sobre su saber hacer en cuanto a actor. No obstante el comentario de este señor me produce escalofríos sobre todo porque hoy en día son estas personas a las que les ponen el micrófono delante: emiten opiniones de cosas que no entienden y la gente asiente como si hubiese hablado el oráculo de Delfos.

Aún recuerdo mi profesora de música cuando tenía 14 años poniéndonos a Vivaldi y explicándonos cómo se diferenciaban los movimientos que evocan las cuatro estaciones. Recuerdo la composición de una orquesta y las diferencias entre un clavicordio y un piano. Todo este bagaje, que estudié porque alguien entendió que era bueno para mi cerebro de 14 años, resultó ser de gran utilidad para conformar mis ideas hasta hoy y construir argumentos desde diferentes perspectivas. La cultura no sirve para presumir, sirve para pensar mejor.

Por poner un ejemplo– el otro día volvía de la clase de guitarra con P. Habíamos conocido a su nuevo profesor, que es experto en guitarra española. Tras escuchar a P tocar No Surprises de Radiohead, se dispuso a explicarle que le iba a enseñar más técnica. P salió de la clase un poco decepcionado porque a él le gusta el rock, no saber las notas musicales. Pude argumentar que si la cosa toma un cariz tedioso hablaremos con el profe para que mezcle un poco técnica con música moderna, pero que tenía que recordar que los españoles fueron clave en el desarrollo de la guitarra2 y que si quiere tocar como Jimi Hendrix algo de técnica tendrá que aprender. Lo convencí y se puso a practicar en casa.

Y a esto me refiero con educación cultural. No es obligar a amar algo, ni imponer gustos. Es dar herramientas. La educación cultural no es adoctrinamiento: es la base misma del pensamiento crítico. Una no tiene que ser una apasionada de la ópera para saber apreciarla y entender cómo ha contribuido a dar forma a la sociedad de maneras muchas veces invisibles.

Sin educación no hay capacidad crítica, y es ahí cuando uno acaba siendo carne de cañón de lo que decide venderle el charlatán con la plataforma más grande (Instagram, X, Facebook, derecha, izquierda, elige tu propio charlatán).

Qué peligroso es confundir gustos con conocimientos, sobre todo cuando esa confusión guía decisiones colectivas, desde lo cultural hasta lo sanitario. Si la ignorancia en cultura produce opiniones ridículas; la ignorancia en salud pública produce muertos.

Pensando en esto mientras abro mis libros de economía de la salud recordé el concepto económico del welfare3. Simplificando mucho: en economía del bienestar se asume que lo que consumimos refleja lo que nos hace bien. Si estás dispuesto a pagar por algo, se interpreta que mejora tu bienestar. Aunque ese algo sea precisamente lo que te perjudica. La lógica es la del ‘win-win’: tú consumes, tú estás contento, nosotros ganamos dinero.

Pienso mucho en este win-win cuando paseo por los pasillos de los supermercados de mi barrio en Copenhague. Lo pienso también cuando mis hijos me cuentan que en el colegio hay niños que llevan galletas de chocolate para almorzar (algo totalmente prohibido en las escuelas suecas, que se toman muy en serio la nutrición infantil y la creciente tasa de obesidad).

Dinamarca, encumbrada como el país con la gente más feliz del mundo, tiene una tasa de mortalidad por cáncer superior a la media de la Unión Europea4. Si comparamos los índices de salud con sus vecinos nórdicos sus resultados palidecen aún más. Los motivos son complejos, y no voy a desgranarlos aquí, pero una de las causas que los expertos esgrimen es la tasa de obesidad5, el tabaquismo y el consumo de alcohol que es mucho mayor que en Suecia, Finlandia y Noruega cuyos gobiernos tienen, por poner un ejemplo de regulación en salud pública, monopolio de venta de alcohol y por ende el consumo es menor.

Puedes tener un sistema sanitario de putísima madre, pero si tus ciudadanos no se cuidan… milagros a Lourdes.

Me paseo por las calles de mi nuevo barrio, engalanadas con pancartas de elecciones, y practico mi danés leyendo eslógans. Hay un partido X exige que haya menos control social para los niños. A saber qué color político tienen, porque me encajan en los dos extremos. Si mis hijos fuesen a elegir menor ‘control social’ (que ya os digo que lo harían) comerían bollicaos en el desayuno y la comida. Para cenar, posiblemente uno de esos cubos de Kentucky Fried Chicken, que nunca han probado, pero ya os dije en su día que los de marketing son muy listos y hasta KFC parece delicioso. Con menor ‘control social’, mis hijos comerían con la boca abierta y eructar en la mesa (o en cualquier otro sitio) sería la mar de divertido. Con menor control social el señor del quiosco de mi pueblo vendía cigarrillos a niños de 11 años allá por 1990. Aún recuerdo poder ir a la tienda a comprar pipas y ver chiquillos salir con chicles, gominolas y cigarrillos (dos duros por cada cigarrillo).

Tal vez estoy mezclando el término ‘control social’ con educación. No quiero que a mis hijos les digan qué libros pueden leer, pero sí que les enseñen a leer. Por leer no me refiero a poner letras juntas para formar palabras, me refiero a interpretar textos y, tras leer mucho, formar sus propias opiniones. No quiero que les digan qué música tienen que consumir, pero sí entender el papel de la música en la expresión del ser humano y cómo ha evolucionado a lo largo de la historia, desde las cántigas de Alfonso X el Sabio hasta Bad Bunny. Y luego que escuchen reguetón hasta que les sangren los oídos, pero que sepan identificar un vals de Strauss. Y por supuesto que no les vendan cigarrillos con las gominolas.

Si no sabemos leer el mundo, tampoco sabemos leer etiquetas nutricionales, sesgos publicitarios, riesgos epidemiológicos, ni detectar basura peligrosa disfrazada de ocio, comida o libertad.

Igual que no se toca a lo Hendrix sin técnica, no se vive saludablemente sin criterio. Y el criterio no nace solo: lo cultiva la educación, lo sostiene la cultura y lo protegen las instituciones públicas6.

En la consulta lo veo todos los días. Nadie debe ser forzado a seguir un tratamiento, pero sí tenemos la obligación de ofrecer información veraz para que las decisiones sean informadas. Muchas veces me encuentro con mujeres que llegan a la consulta muy asustadas, con un diagnóstico de cáncer, y que han visto en YouTube un video de una mujer que se dice haberse curado con vitaminas y deporte. Si bien el deporte es muy bueno, el cáncer no se cura levantando pesas.

Mi obligación es desmentir y presentar ciencia para que elijan lo que creen ser mejor para ellas desde el conocimiento, no desde la ignorancia y el miedo. Muchas veces me sorprende que haya mujeres que se enfaden cuando no hago eco de lo que creen que necesitan. He tenido que pronunciar las palabras: “es que yo estoy de tu parte” porque han leído a un mindundi que escribe que los médicos escondemos los conocimientos ‘reales’ para alcanzar el control social. Me daría la risa si no me diese por llorar. Si yo miento me ponen en la cárcel, si miente alguien con un canal de TikTok el sistema legal hace poco o nada.

La salud es un bien que nadie aprecia hasta que lo pierde.

Si los mercados tienen derecho a seducirnos con basura, ¿quién nos enseña a reconocerla? Y cuando dejamos de hacerlo ¿quién paga las consecuencias?

1

Este comentario es muy de cotilla, pero una no deja de maravillarse ante el hecho de que el amor es más ciego para unos que para otros. Para mis lectores que viven en la más profunda y deliciosa inopia: el objeto de los afectos de este actor es una de las Kardashians. Al parecer, la que menos personalidad tiene… si entendemos que la personalidad es inversamente proporcional a la cantidad de silicona escondida en el cuerpo.

2

Apelar al orgullo por las raíces ancestrales de vez en cuando es jugar con ventaja.

3

Importante distinguir entre welfarism y estado de bienestar: el primero se basa en un concepto utilitarista del bienestar, centrado en la suma de utilidades individuales; el segundo incorpora criterios de equidad, redistribución y protección social.

4

Para quien quiera comprobarlo por sí mismo (que siempre es buena idea), este es el informe de la Comisión Europea y la OECD sobre cáncer en Dinamarca. Si no apetece leerlo entero, las figuras 1 y 3 van al grano. https://www.oecd.org/content/dam/oecd/en/publications/reports/2025/02/eu-country-cancer-profile-denmark-2025_198228f3/ffe5127e-en.pdf

5

Mucha gente ignora esto, pero la obesidad es un factor de riesgo para desarrollar cáncer. https://www.cdc.gov/cancer/risk-factors/obesity.html

6

Aquí he de matizar. Instituciones públicas no es lo mismo que políticos. Y no voy a escribir cómo se me revuelven las entrañas cuando los políticos utilizan las instituciones públicas para empujar sus ideologías, a diestra y siniestra. No hablo de política por salud mental (la mía).

Read on anabosch.substack.com

Comments

Nothing yet. Say the first thing.

    Sign in to join the conversation.