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Mirth as Medicine · Feb 2, 2026

Detener el tiempo

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Sobre la gratificación diferida y otras teorías económicas

El otro día mi hijo mayor se descolgó diciéndome que si su plan A de “¿qué quieres ser de mayor?” no le sale bien, ya tiene un plan B. El plan B, dijo, “es ser businessman.”

Puse mi mejor cara de póker mientras se apilaban pensamientos oscuros y sentimientos poco edificantes en mi cabeza, y hacía un esfuerzo titánico por no soltar una carcajada o un grito de terror.

“¿Businessman?” Pregunté. “¿Y eso de qué va?”

“Pues de hacer ‘deals’ mamá” y me lo dijo en inglés, y medio exasperado ante mi ignorancia, porque al parecer ‘deals’ son más importantes que ‘tratos’ que a todas luces suena un poco mafioso o, peor, del sur de Europa.

Me ganó la mano el horror y le espeté un “¿no podrías ser algo útil como bombero o granjero?” y gracias al cielo que llegó E con una necesidad urgente y pude aparcar el tema ahí.

Me quedé preocupada sobre el tipo de conversaciones que tienen los niños en el patio del colegio hoy en día, porque en mi casa no se oyen las noticias y juraría que no hay un juego de Trump y su “art of the deal” en Roblox, pero igual me equivoco. Y me quedé pensando en mi niño de 11 años que no sueña con arreglar el mundo, sino en venderlo. Creo que voy a incrementar sus horas con el profe de guitarra, para que su plan A (ser rockero) tenga más probabilidades de salir bien.

Me invade la sensación de que mis hijos crecen muy deprisa, tal vez por eso permito que E aún venga a nuestra cama en mitad de la noche, a pesar de cruzar el pasillo como si de una estampida de búfalos se tratara, dormir en diagonal y pesar 22Kg cuando uno de sus cabezazos nocturnos te producen una contusión cerebral.

El otro día escuché como P, que aún se debate entre ser niño y ser adolescente, durante el baño le pedía a C unos dinosaurios para jugar, y C le trajo toda la colección de dinosaurios mientras murmuraba “Eso, amor mío, se niño un poco más, que no estoy preparado para lo que viene”. Me hizo reír, y llorar al mismo tiempo. Qué gran dilema es ser padre, cuyo trabajo se reduce a preparar a los hijos para ser justo lo que menos nos apetece que sean: adultos.

Hace ya unas semanas E preguntaba sobre el destino de su abuelo paterno, que murió hace ya más de 20 años pero que C lo tienen tan presente hasta el punto de que se me antoja que mis hijos lo conocen muy bien, de tanto que habla C de él. E (5 años) preguntaba dónde estaba el nonno, tan presente y tan huidizo. Yo, que con cosas importantes no me ando con chiquitas, le dije:

“Se murió”.

Me miró curioso, y por supuesto continuó con el corolario:

“Y el abuelito?”

“El abuelito está vivo, pero también morirá.

Quizá este exceso de información os parezca innecesario, pero estoy resumiendo la conversación a lo mínimo y os aseguro que venía a cuenta explicarle que tenemos los días contados. Lo que siguió fue asistir al despertar de la niñez en directo. Su carita dulce se contrajo en una mueca de tristeza:

“Y tú, mamá?”

“Yo también, y tú, y todos cuando nos hacemos viejos”.

Todo seguido de un aullido de dolor “Noooooooo! No quiero hacerme viejo” que gracias al cielo se calmó con un abrazo y un “Aún queda mucho tiempo para eso.” siendo ‘mucho tiempo’ una eternidad para un niño de 5 años.

Aquí me tuve que permitir el lujo de hacerle creer a mi hijo que todos nos morimos de viejos, porque entrar a explicarle que hay gente que no llega a una edad adecuada para palmarla rozaba lo cruel. Pero es cierto, hay gente que no llega a viejo y una se pregunta si será ella la que tenga el ticket perdedor.

Trabajando de oncóloga una tiene más posibilidades de hacerse esa pregunta, de ahí que los médicos seamos tan buenos compartimentalizando. Os juro que llevo 20 años convencida de que el cáncer es lo que le pasa a otras personas, pero no. Y no es que yo tenga cáncer, pero vengo de un mes de estar en sala, con los pacientes ingresados que están muy enfermos y de escuchar familiares decir cosas tan tristes como “Nos han robado 20 años de estar juntos” que vuelvo a casa pensando que voy a pillarme una vacaciones cojonudas este verano porque eso de ahorrar para la vejez está muy bien, pero igual no me va a servir de nada.

Por supuesto, una intenta sumar puntos para que la bola de la ruleta aterrice en la casilla de ‘senil’ y llegar a disfrutar de lo ahorrado. Por lo general, siguiendo ciertas directrices que no implican gastarse una fortuna en suplementos dietéticos y en baños de infrarrojos, hoy por hoy en el mundo occidental la probabilidad de llegar a viejo está de nuestra parte. No obstante, las directrices hay que seguirlas. De ahí que los médicos no nos dediquemos a gritar “El muerto al hoyo y el vivo al bollooooo!” y nuestro discurso tome un cariz más aburrido “Bollos los justos, que la obesidad y la diabetes tipo dos son las grandes epidemias del siglo XXI.”

Tal vez os preguntéis que qué mosca me ha picado. Os contesto, me picó la mosca del hambre, y a mis 46 años, con las hormonas perimenopáusicas perdidas hackeándome el hipotálamo, yo lo que quiero es comer todo y a todas horas. Pero miento, no quiero comer TODO, quiero un bocata de jamón a las 10 de la mañana tras haber desayunado una tortilla a la francesa de dos huevos y medio aguacate y un yogurt griego con sus nueces. Ando rapiñando la caja de golosinas de mis hijos que se preguntan cómo puede ser que mengüe de sábado a sábado a una velocidad desproporcionada, porque los pobres creen que su madre hace lo que dice… Aún no me ha dado un antojo de comer espinacas.

Pensando esto mientras salía de la ducha el otro día, observando de reojo mis carnes en el espejo, me acordé de algo que leí en mi curso de economía de la salud sobre las elecciones erróneas en lo que a la propia salud se refiere. Es extraño que la gente queramos durar eternamente pero tengamos la tendencia de ponérnoslo difícil. Aquello de ‘lo que no mata, engorda’ que repetimos entre risotadas al consumir o lo uno o lo otro que tiene la mala costumbre de gustarnos más que lo que nos beneficia. De ahí que brindemos con champagne a la salud de los demás y que las celebraciones se hagan con tartas, no con brócoli. Menuda condena extraña la nuestra de querer cosas opuestas– la eternidad y la bacanal.

Por supuesto, las autoridades sanitarias se ven ante la tesitura de necesitar convencer a la gente de que no consuma mucho de lo malo, que nos saldrá caro a todos. Pero los humanos tenemos una extraña manera de pensar que parece ir en la línea de “si me dicen que es malo, es que tiene que estar muy bueno”.

Algo así me pasó a los 20 años que conocí un chico muy guapo en París, que vivía en Montmartre nada más y nada menos, liaba cigarrillos con un arte que yo incluiría en el patrimonio inmaterial de la humanidad y decía ser escritor (jamás le vi escribir algo, pero eso no es lo importante). De ahí que yo, evidentemente, soñase con ser Malena. El caso es que los businessmen del mundo han convertido el márketing en un arte y todas queremos ser Malena.

Al parecer hay una teoría económica sobre el consumo de productos nocivos o incluso adictivos que explica que el consumidor elige de forma racional balanceando el bien inmediato y las consecuencias acumuladas en un futuro y si el bien inmediato pesa más, o si el pobre usuario es incapaz de adjudicar el peso adecuado a un futuro insalubre es posible que acabe la cosa mal. Leyendo sobre esto me acordé de un médico internista que conocí en Boston que investigaba sobre las adicciones y le comenté que no probaba la cocaína porque seguro me hacía cocainómana, a lo que me contestó que la capacidad de proyectarse en el futuro es la característica número uno de la gente que no tiene tendencias adictivas. Vamos, que hay que tener imaginación para entender que no es muy bueno acabarse el paquete entero de las oreo de una sentada, semana sí, semana no. Imaginación para verse con un triple by-pass y paseando la insulina por los restaurantes. Imaginación para que la visión te dé miedo.

Hilando pensamientos de teoría económica e incidencia de cáncer, me aplicaba crema hidratante y pensaba en el concepto de ‘gratificación diferida’ y en cómo se alcanza el óptimo paretiano al respecto para no espicharla sin haber gozado ni ser enterrada con un pulmón de acero.

La respuesta me llegó secándome el pelo: ni idea.

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