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Amiga Hablemos de Plata · May 12, 2026

Amiga, hablemos de remesas y otras formas de estar 🫂🫂🫂

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Contenido patrocinado por Sendwave. Mujeres migrantes y el cuidar a la distancia.

En los últimos diez años, la cantidad de personas que dejaron su país en América Latina casi se duplicó. Quizás eres una de ellas. Un día armaste las maletas y te fuiste. El trato era progresar —eso dicen quienes se quedan, quienes miran desde afuera. Y a veces es verdad. A veces hay ambición, hay un deseo genuino de ver qué hay del otro lado. Todo eso existe y es legítimo.

Pero casi siempre hay otra historia dentro de esa maleta, menos glamorosa y más silenciosa: me voy para enviar dinero a casa.

El contrato es simple: si una trabaja aquí, los niños estudian allá. Si una aguanta el frío, la soledad, el acento que no termina de encajar, algo del otro lado mejora. El asunto es que ambas cosas conviven: el deseo propio y la ayuda familiar.

Lo que nadie explicó es que irse no termina el vínculo. En absoluto. Lo transforma, lo estira, a veces lo vuelve más exigente. Porque el cuidado —ese mandato que las mujeres reciben desde que tienen uso de razón, el que no se discute ni se negocia— no desaparece con la distancia. Se reorganiza. Porque ya no puedes estar presente en un cumpleaños, ni llevar comida cuando alguien está enfermo, ni resolver con el cuerpo presente. Pero el dinero sí puede. Llega, resuelve: aparece una transferencia con tu nombre en la pantalla aunque estés a miles y miles de kilómetros.

Estas remesas hacen algo muy concreto: ocupan, de cierta manera, tu lugar cuando no estás ahí. Es la forma que queda de seguir siendo quien cuida. De demostrar —ante los demás y ante una misma— que irse no fue abandonar, que la distancia es geográfica y no afectiva, que aunque haya un océano de por medio, algo sigue sosteniéndose.

En 2024, las remesas globales superaron los 700.000 millones de dólares. Para dimensionarlo: podría ser la economía de un país entero. La principal fuente de financiamiento externo para muchos países de ingresos bajos y medios no son los gobiernos ni los organismos internacionales, sino personas que trabajan lejos de casa y envían lo que pueden. En países como Honduras, El Salvador o Nicaragua, hasta el 25% del PIB depende de ese dinero.

Una parte enorme de ese flujo pasa por manos de mujeres. Y aquí aparece algo que el número no dice: la brecha salarial no desaparece con la migración, se exporta. Las mujeres migrantes ganan, en promedio, menos que sus pares haciendo el mismo trabajo en el mismo lugar. Y aun así, la proporción que destinan a remesas es comparable. Lo que eso significa, en concreto, es que el mismo gesto cuesta más. No porque haya más generosidad, sino porque sale de un ingreso que ya llegó recortado.

Ser migrante no es dejar una vida. Es sostener dos.

En algún punto dejó de ser “me fui” y se convirtió en “vivo aquí, pero también allá”. Dos cumpleaños que seguir, dos crisis amorosas que contener, dos vidas que sostener. Ser migrante es eso: no abandonar una vida para construir otra, sino mantener ambas al mismo tiempo. Y en ese equilibrio, el dinero no es un detalle ni una obligación que se cumple y ya. Es el hilo. Lo que mantiene unido algo que la distancia amenaza constantemente.

Lo positivo, en cierto punto, es saber que todo ese dinero que pasó por tus manos construyó algo. Fiestas de cumpleaños, útiles escolares, emergencias que no avisaron. Eso es cuidado, aunque no siempre se nombre así.

La mujer detrás de la remesa

Lo que ese esquema rara vez contempla es a la mujer detrás de la remesa. No porque no importe, sino porque nunca se permitió que entrara en la ecuación. El dinero sale, llega, resuelve. Y quien lo generó queda en medio, sosteniendo todo, administrando la distancia, traduciendo el afecto en transferencias, sin que nadie le pregunte qué necesita. Sin que ella misma se lo pregunte.

Porque el mandato del cuidado no viene con pausa. No tiene ese momento en el que una se sienta y dice: ¿y yo? ¿Qué quiero construir para mí? ¿En mis propios términos? No como extensión de lo que le falta a otra persona, sino como algo propio, con nombre propio, que no dependa de que primero estén todos los demás bien y cubiertos.

Que en esa ecuación donde entran todos —los hijos, los cumpleaños, la emergencia del mes— también entres tú. No al final, no con lo que sobra. Desde el principio, como alguien que también cuenta.

Nos leemos la próxima 👋

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