Este sábado estaba lluvioso y mis amigas están preparando oposiciones, así que cogí el abrigo, pasé por la tienda de chuches y me fui al cine conmigo misma.
Tenía ganas de ver la peli de “Flores para Antonio”, así que no me lo pensé dos veces y allí que me fui dando un paseo por la ciudad, disfrutando de las lucecitas que inauguraban el encendido de las calles con motivo de la Navidad. Pensaba mientras caminaba que no será precisamente este año uno de los mejores, pero haremos lo posible por disfrutar de todo lo bueno que la familia y los amigos tengamos para darnos mutuamente.
Recuerdo que tenía veinticinco años cuando falleció Antonio. Me impactó mucho su muerte porque los medios de comunicación decían que había fallecido por la pena que tenía tras el fallecimiento de su madre, Lola Flores. Y me resultaba muy difícil entender cómo una persona podía llegar a morirse de pena ¿Significaba eso que se le paralizaba algún órgano porque la tristeza teñía su cuerpo de pena y ese dolor era tan poderoso que el cuerpo dejaba de funcionar? ¿Quizás la tristeza profunda pueda dar lugar a una depresión muy grande y el cuerpo cada vez se va encogiendo muy poco a poco hasta desaparecer de este mundo? No lograba llegar a entender cómo alguien podía llegar a morir de pena, pero supongo que eso nos pasa cuando todavía la vida no nos ha dado algún que otro zarpazo existencial.
La familia de Alba Flores ha estado durante treinta largos años esperando paciente, sin prisas y con respeto -un profundo y admirable respeto- a que la hija de Antonio sintiera la curiosidad de explorar el legado familiar. Querían que fuera ella quien sintiera la necesidad de indagar, de entender el pasado, su pasado y el de su padre. Eso me pareció precioso por parte de su madre, de Lolita y de Rosario. Pero cuando Alba, a sus treinta y siete años comenzó a hacer preguntas, el torrente ya no paró y resultado de ello es el documental “Flores para Antonio”.
La presencia de opiáceos, cocaína, analgésicos, ansiolíticos y alcohol. Y la presencia de tu dolor [...] Leo tu autopsia, papá. Tus 33 años. Tu pelo oscuro, Tus ojos oscuros. Tu mano izquierda, la de los acordes, con una férula de escayola. Escarcha en tus pulmones. Y petequias en tu corazón”
Esta peli me llevó a hacerme unas cuantas preguntas y reflexiones sobre la paternidad hacia arriba (como hij@s que somos) y hacia abajo (como madres o padres), sobre las autopsias que deberíamos hacerles cuando todavía están entre nosotros.
Y es que, no sirve de nada arrepentirse de algo cuando ya no tiene remedio. A mí no me gustaría sostener muchas preguntas sin respuesta, cuando la memoria de mis padres ya no esté ágil y el olvido haga acto de presencia en sus cada vez más ralentizadas vidas.
Llevo un tiempo aprovechando las tardes con mi madre para indagar sobre su vida, le hago auténticas entrevistas sobre su infancia y su juventud. Quiero saber quién era ella antes de ser mi madre, qué sentía, cómo ayudaba a sus padres a salir adelante…también lo hago con mi padre, cuando tenemos ratos a solas -que no son muchos porque siempre hay algún nieto o nieta por la casa, alguna cita médica que revisar, alguna contraseña que se ha bloqueado o algún pastillero que rellenar. Pero sí, quiero saber mucho más sobre ellos y su vidas…porque como decía Arturo Pérez Reverte, cuando las personas se van, se llevan historias de nuestra vida que solamente ellos conocen. Cuando uno muere, muere el mundo que conoció. Cada persona que muere, se lleva con él un mundo. Cada padre, cada madre, cada abuelo guarda en sí historias, detalles y momentos que desaparecerán si no los rescatamos a tiempo.
Aprovechemos, como Alba, a preguntar sobre lo que nuestros padres y madres fueron, sintieron, sufrieron y quisieron.
Mientras respiremos -y ellos mantengan la memoria- estamos a tiempo.

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.