CONFORMARSE, QUE NO RESIGNARSE
A menudo nos sorprendemos con la manera de comportarse de algunas personas -tanto en positivo como en negativo- y decimos que “las apariencias engañan” pero, como ocurre con muchos refranes, hay que cogerlos con pinzas.
Muchas veces son nuestras propias expectativas las que nos despistan, no las apariencias.
Hace unos días alguien me comentó que en una empresa de carpintería le había atendido un chico “con unas rastas de esas” y que le había sorprendido muy gratamente porque le había atendido de manera excelente.
No es que la apariencia del chico nos esté engañando. Él tiene su estilo, se ve guapo con sus rastas, pero la realidad es que sus apariencias no están engañando a nadie. Él no lleva un cartel en la frente que diga “llevo rastas, soy un desastre”. A esa conclusión has llegado tú y nadie más que tú.
Eran sus expectativas las que, seguramente hayan sentenciado que “peinar rastas” equivale a descuido, dejadez o falta de educación.
Y cuando resulta que el chico es agradable, educado y empático, te sorprendes. ¿Te han engañado sus apariencias o es que tú tenías la expectativa de que llevar rastas implica una manera concreta de ser o actuar?
En este caso la expectativa era baja y la persona te ha sorprendido en positivo, pero hay otro tipo de expectativas en las que, por el contrario, la diferencia entre lo esperado y lo encontrado nos deja fríos.
Recuerdo haber regresado a un hotel que hace años me enamoró y la segunda vez me dejó un poco decepcionada.
Seguramente la primera vez no esperaba gran cosa, iba sin expectativas y me dejé sorprender. El hotel me pareció una maravilla.
Cuando volvimos, ya tenía la expectativa de que la estancia iba a ser idílica y por eso seguramente me decepcionó. Esperaba tanto del hotel, que la distancia entre lo que buscaba y lo que logré no fue suficiente.
Y lo mismo ocurre con todo, con las parejas, con los trabajos, con las amistades…casi siempre hay una diferencia entre lo que esperas y lo que encuentras. Suele haber una distancia entre lo que buscas y lo que logras.
Que yo tenga valorado con un nueve lo que espero de una persona y que ella esté realmente en un cinco, no quiere decir que esa persona se haya quedado a medias. Ella nunca me prometió el nueve, ese número estaba solamente en mi imaginación.
La realidad es que yo tenía las expectativas de que esa persona estaría en un nueve, pero lo que ocurre es que las expectativas son mías, no de esa persona ni de nadie más.
Por tanto, seré yo quien deba gestionar ese tramo que discurre entre el cinco y el nueve porque estoy esperando una serie de cualidades en esa persona que, seguramente, nunca tendrá.
Expectativa, etimológicamente significa “tener la esperanza de que ocurra algo”.
“Ex” significa “hacia afuera” y “spectare” significa “contemplar”.
Y claro, la esperanza viene a ser algo así como desear algo sin tenerlo, desear algo sin saber si ocurrirá y que además depende de otro, de la suerte, de lo que sea, pero no depende de mí.
Cuántas veces tenemos las expectativas puestas en un hijo o una hija que habíamos soñado que fuera de tal o cual manera, que estudiara tal o cual carrera, cuando realmente era una expectativa que estaba solamente en nuestra cabeza, no en la suya.
La adultez debería traernos la capacidad de mediatizar (poner algo en medio del deseo y la satisfacción, del estímulo y la respuesta) pero a veces no es suficiente.
Quizás la mejor solución sea la de conformarse, que no es lo mismo que resignarse.
Me parece liberador tomar la decisión de que te conformas con los defectos de una persona porque las virtudes son suficientes.
Ya decía Tony Robbins que la fórmula perfecta para amargarte la vida es poner el foco en lo que te falta.
Cuando valoramos lo que tenemos y nos enfocamos en lo que “ya hay” inevitablemente nos estamos conformando, pero qué calma aporta ese conformismo.
Es liberador poner el foco en lo bueno que tiene esa persona, ese trabajo…en todas sus fortalezas y virtudes, en lo que sea que en algún momento llamó nuestra atención para que lo eligiéramos.
Como dice mi admirada Milena Busquets “Él finge odiarme casi todo el tiempo, pero su odio tiene más cosas buenas que el amor de la mayoría de las personas que he conocido”.
Lo importante, yo creo, es saber dónde están las líneas rojas para diferenciar entre conformarse o resignarse. He ahí la cuestión.
Quizás la clave sea, como decía Eckhart Tolle, “Aceptarlo todo como si lo hubiésemos elegido”.
Nos leemos.
Gracias por tu tiempo,
Amaya

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