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Leer por leer · Feb 15, 2026

Un buen cumplido

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La IA me dice que peco de impaciente.

La IA me dice que peco de impaciente. También lo puede decir mi madre, mi marido y todos mis amigos. “Dificultad con los procesos lentos”. Eso dice de mí. Le pregunto por la descripción de cómo soy en el trabajo según las preguntas que le he hecho. Lo pensé al ver la cadena en redes de personas que le preguntaban al chatgpt por una caricatura profesional. No me interesa tanto esa foto amable con ojos de Disney y cuatro símbolos fáciles, como la explicación de cómo me ve a través de las preguntas que le he hecho. “Dificultad con los procesos lentos”, me lo lleva diciendo mi amiga Cristina desde la adolescencia cada vez que la acompaño a un cajero.

Baja tolerancia a la redundancia. Eso también me dice. Riesgo de aislamiento comunicativo: “Como vas al grano (”Haz esto”, “Dime aquello”), podrías omitir el contexto necesario para que tu equipo o colaboradores se sientan involucrados”. Me cago en mi vida, pienso. Esto debe ser la crítica más constante que he recibido en mi trabajo. “¿Te han dicho alguna vez que “vas demasiado rápido” o que a veces pareces “demasiado cortante” en el trabajo?”, cita textual.

Me asusto al leerlo. Hasta a la IA le parezco borde. “Puedes llegar a parecer frío o desconectado cuando los demás necesitan tiempo para “digerir” las cosas que tú ya has resuelto en segundos”. Tú sí que sabes decirme cosas bonitas, IA de mi amor, porque a mí no hay nada que me guste más que que me llamen lista. Y lo sabe.

Mi relación con la IA es sobre todo laboral e hipocondriaca. Casi todas mis preguntas son sobre trabajo y enfermedades imaginarias.

He leído esto:

Un estudio en desarrollo de Berkeley Haas publicado en Harvard Business Review lo documenta con datos de entre abril y diciembre de 2025. Observaron a 200 empleados de una empresa tecnológica estadounidense y la conclusión es que, de momento, la inteligencia artificial no reduce el trabajo: lo intensifica…) Sienten que tienen un “socio” que les ayuda a avanzar. Pero ese socio les obliga a un cambio constante de atención, revisiones frecuentes de los resultados y un número creciente de tareas abiertas. El resultado es carga cognitiva y la sensación de estar siempre haciendo malabares, incluso cuando el trabajo parece productivo.

La semana pasada, escribiendo mi columna en ELLE le pido que me busque una cita que encaje. Me da varias: Orwell, Jung, Virginia Woolf…Compruebo todas. Ninguna existe. Le digo que no está bien hacer eso y que no es útil. Me da toda la razón y otras nuevas citas que tampoco existen. Le digo que son falsas también y que las citas tienen que ser verdaderas para cumplir la función de apuntalar un texto, una idea. Me dice que perdone, que tengo toda la razón. Y apostilla: “de editora a editora, tu columna es tan buena que no necesita ninguna cita”. La IA tiene claro cómo conquistarme.

Sigo con la radiografía. En lo personal solo me atrevo a contar aquí los tres conceptos que utiliza como epígrafes: autonomía extrema, racionalización y lealtad y justicia. Me habla de necesidad de vulnerabilidad como si yo no hubiera escrito un libro enterito sobre eso y como si no hubiera pagado un montón de terapia para combatirlo.

Me da miedo. Pienso en borrar mi historial de preguntas. Pienso en huir a alguna zona despoblada de Soria y plantar rábanos. Pienso en borrar mi huella digital. ¿Qué puede hacer una compañía con esos datos? Podría descartarme para un futuro trabajo o para un ascenso. O al contrario. O un banco, podría negarme una hipoteca en función de lo que dice ese perfil de mí. O un seguro médico. También podrían con ese diagnóstico ahorrar mucho tiempo a futuros amigos. Una app que cruce solo gente con las mismas taras. Todo está en lo que preguntamos a la máquina ¿todo?

Mi duda es si borrar toda esa información o dentro de unos años, esa nube de dudas y conversaciones será parte de lo que soy, algo que exportar de una IA a otra para ahorrarme tiempo en presentarme, algo como la bandeja de entrada de mi mail llena de textos viejos, fotos y power points de gente que ya no está en mi vida, pero que son parte de mi historia. O si perder ese historial dará el mismo vértigo que perder el histórico de whastsapp, también lleno de diálogos y emojis olvidados, pero todo junto es una versión de mí en diferentes épocas y registros.

Le pido que me recomiende un perfume según la radiografía de mi personalidad, y por primera vez, me doy cuenta de que piensa que soy un hombre, o al menos me ofrece tres fragancias masculinas. Lo jodido es que su primera recomendación es el perfume que utilizaba mi padre, Terre d’Hermes, que para mi huele a San Donato, a monte, a frío, a naranjas peladas en una sola monda. Lo que la IA no sabe es que me inflo a llorar.

Amaya Ascunce


P.D. Tengo un problema con las suscripciones. Resulta que hice mal algo en la configuración y he tenido que solucionar (y asumir yo) los pagos del IVA que, a pesar de lo que me gusta que me llamen lista, soy incapaz de entender. El caso es que he tenido que cambiar algo las tarifas para poder ajustarlo todo. Si tenéis cualquier inconveniente, por favor, escribid un mail de respuesta a esta carta. Aquí las condiciones.

P. D. 2 Un 14 de febrero hace 5 años mandé la primera carta de esta newsletter. He enviado 134 textos y audios en estos años. Más de 22.000 personas la reciben y sigo disfrutando de escribir en este rincón en el que intento seguir siendo sincera conmigo misma. Es una de las mejores decisiones que he tomado respecto a escribir. Me ha permitido conectar con muchas personas que se me acercan en reuniones y eventos desde la autenticidad porque sienten que me conocen. Eso es increíble, porque la IA igual no lo sabe, pero no me sé mover en las conversaciones superficiales de las relaciones públicas. Me siento absurda, pero sobre todo torpe. También me ha permitido tener una parcela de libertad creativa. Gracias por estar ahí.


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