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Leer por leer · Mar 1, 2026

Piscinas raras

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Amaya Ascunce · Leer por leer

Las piscinas me provocan alegría, diría que incluso el olor a cloro me pone de buen humor porque anticipo del placer de sumergirme en agua. Nada me hace sentir más libre y ligera que flotar. La semana pasada me bañé en una piscina rara y placentera en Roma. Era de mosaicos verdes y dorados. En el medio, unas inmensas columnas de mármol, una cascada que salía de la pared, y también un ruso con una barriga enorme flotando como un corcho. Viajo siempre con bañador, gafas y un mp3 acuático. Por si acaso. Y no dudo en bañarme casi nunca. Solo hay dos motivos para no hacerlo: frío extremo o agua demasiado usada. No soy muy escrupulosa, pero los ríos salvajes de los parques acuáticos me dan ganas de vomitar.

No existen dos piscinas más lejanas que la de un aquapark y la mía de Roma, que está en el hotel Bvlgari donde fui a un viaje de trabajo. Todo es denso, pesado, impoluto y brillante en ese hotel. También, muy caro. Había gafas, aletas, palas y un pullboy en el borde de la piscina. Eso es el lujo para mí. En las tumbonas la gente se relajaba leyendo. Yo me sumergí y nadé 20 minutos siguiendo una rayita discontinua en el suelo pensada para gente como yo, los que no solo nos sentamos admirar una piscina monumental, los que necesitamos gastarla.

Desayuné en el hotel mientras leía la autobiografía de la nadadora Lidia Yuknavitch, La cronología del agua. Es un dramón escrito a bocajarro. Un padre abusador y autoritario, una madre alcohólica, y dos niñas supervivientes, una de ellas bisexual, escritora y nadadora. Vamos, en mi salsa, pero lo que me ha gustado en especial han sido las descripciones de sus recuerdos como nadadora.

“La mayoría de las veces la gente que hay en la piscina es gente normal. Mujeres mayores, madres y abuelas y bisabuelas guapísimas haciendo aeróbic en el agua, cuyos pechos y barrigas enormes te recuerdan que las mujeres son portadoras de mundos. Cuando nado a su lado contemplo sus piernas y su cuerpo debajo del agua y siento un extraño vínculo con un linaje materno. Debajo del agua puedes sonreír. Te puedes reír. Ha habido dos veces en mi vida en las que he nadado al lado de un albino. En cierto modo me sentí afortunada, como si hubiera encontrado las aguas adecuadas”.

Tiene recuerdos de piscinas y personas con las que ha nadado, conocidas y desconocidas. A mí también me pasa.

“Nadé con Kathy Acker en una piscina climatizada de un hotel Best Western, muy pequeña y con demasiado cloro. Créeme, sé de lo que hablo. Llevaba un bañador negro y azul. El mío era rojo oscuro. Tenía el cuerpo decorado con tatuajes y el pelo rubio platino, tan corto que parecía hierba recién segada. De su cara y sus orejas brotaba todo tipo de plata de ley. Yo llevaba un lado de la cabeza casi al cero y en el otro tenía el pelo largo y rubio, como en un anuncio de champú. Éramos una ofensa para las chicas guapas”.

Tengo mi rankings de piscinas favoritas y los mejores compañeros para compartir calle, tengo manías y preferencias porque, sin ser profesional para nada, y con problemas todavía para que mis piernas no se hundan cuando nado a crol, llevo 20 años nadando con cierta constancia en cientos de piscinas de Madrid y siempre que viajo.

Aunque mi fascinación por las piscinas ha existido siempre. Recuerdo una de las más extrañas y que más envidia me daba. En la entrada de Pamplona, cuando era pequeña, había una rarísima. Estaba en la casa del guarda de seguridad de una especie de subestación eléctrica de las afueras, justo antes del Diario de Navarra. Se veía desde la carretera y yo pensaba que los hijos del guarda debían ser los niños con más suerte de toda la ciudad, escasa en piscinas privadas, aunque mi madre me decía que ni loca se bañaría al lado de todos aquellos cables de alta tensión. Y por supuesto, ni loca me hubiera dejado bañarme. La verdad es que nunca vi a nadie metido allí. Hace años la tapiaron, y ya solo están las torres de electricidad. No importa. Estoy segura de que hay otros como yo, que cuando pasan por ahí, siempre piensan: ahí debajo hay una preciosa piscina.

Amaya Ascunce

P.D. 1 Acabo de ver que hay película recién estrenada de esa novela. También me recordó a El Club de los mentirosos, de Mary Karr, un libro que leí hace años sobre familias disfuncionales lleno de humor y drama (sin piscinas, que recuerde) “El tipo que reformaba la cocina preguntó a la madre y las dos hijas si aquel agujero de la pared era de bala. “¿Eso no es de cuando disparaste a papá?”, contestó la hermana mayor. “No, eso es de cuando Larry. A tu padre le disparé allí”. Así empieza. Si no te dan ganas de leerlo, no sé qué tipo de personas eres.

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