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Leer por leer · Nov 9, 2025

Problemas de la clase media

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Me siento muy clase media por culpa de mi coche.

Me siento muy clase media por culpa de mi coche. Es casi nuevo, automático, híbrido, y gris. No es un coche que dé lugar a la fantasía. Me he comprado un coche de padre. En realidad, yo ya tenía un coche de padre, el del mío concretamente. Heredé su coche familiar, robusto, seguro. Tiene más de 20 años y algunas averías por resolver después de haberlo usado años. Tengo otro coche que tiene 23 años. Se lo compré a una amiga que se quedó embarazada en 2008 y tiene 260.000 kilómetros y 3 puertas, el coche, no mi amiga. Cuando yo me quedé embarazada no pensé venderlo a pesar de la incomodidad de tener que meter a una niña por las puertas delanteras en una sillita de seguridad. Tengo la manía de odiar gastarme dinero en coches. El primero que tuve lo compré con 350.000 kilómetros y lo cambié por un ipod. Pensaba que había algo antisistema en mi consumo de los coches: usados y re-usados o heredados. Ahora me siento normal. Con un trabajo de 9 a 6. Una familia. Una hija. Vivo en el extrarradio. En una ‘urba’ con piscina. Tengo hasta terraza llena de plantas.

He leído a Noelia Ramírez que habla del desclasamiento en ‘Nadie me espera aquí’, en su caso de familias que vienen “de pobre”.

“Con la vergüenza por desclasamiento pasa como cuando movemos un tiesto en una terraza. Mientras está en su sitio, todo está bien, pero tan pronto lo cambiemos de posición para captar mejores rayos de sol, dejará a la vista el cerco y el espacio que siempre ocupó. Y cuando alguien señala la huella de la que saliste, asumes que tu espacio nuevo no te pertenece. Ese nunca será tu sitio”.

Yo siempre me he sentido clase media porque en los 90, Pamplona entera era clase media (a ver, esto es generalizar, por supuesto). La mayor parte de la gente que conocía podía ir una semana a la playa a un apartamento pequeño y algún día a esquiar con alguna de las prendas prestadas, pero no todas. Eran socios de una piscina privada y celebran la comunión con vestido nuevo. Incluso podían mandar a sus hijos un mes en verano a Inglaterra a aprender inglés.

Cuando vine a vivir a Madrid, conocí los otros extremos. Vi unos casoplones en la finca que pensaba que eran algo solo de las películas. También viví en una casa sin calefacción sin saberlo porque la di por hecho cuando la alquilamos. Hasta que no hizo frío no la eché de menos. Tardé en descubrir que el motivo por el que era tan fría es que no tenía radiadores. Nunca había pensado que existieran las casas sin calefacción en una ciudad como Madrid. Pedí una bombona de gas gritando desde el balcón. Y la gente dejaba muebles en la puerta de casa, al lado de la basura, sin que ningún vecino le afeara la conducta. Todo me parecía muy folclórico.

En Madrid he vivido en algunas de las periferias míticas: Carabanchel, Vallecas, Pueblo Nuevo, la Prospe, que ahora resulta ser centro, pero no lo parecía cuando viví yo. A la vez, he tenido acceso a un lujo que creía imposible en hoteles brillantes y pulidos con mucha orquídea natural y gente con anillos heredados. Siempre me he sentido ajena a los dos lugares.

“Cuando creces sintiéndote siempre la mitad de algo y nunca un todo completo, cuando no eres lo suficientemente catalana ni lo suficientemente manchega, ni pija ni choni, ni periodista de raza ni activista a tiempo completo, cuando creces descastándote poco a poco y sintiéndote siempre una intrusa, es en los umbrales donde hallarás refugio. El limbo, como esa canción de espera que tanto fascina a internet, es el espacio de la posibilidad”.

En el libro, Noelia Ramírez relaciona ese desclasamiento con un conflicto intelectual: el acceso a la cultura de las élites y la pelea de las niñas con desparpajo para alcanzarlo.

Mi madre era maestra y mi padre economista, los dos primeros de sus familias en estudiar carrera. Los dos, devotos de la cultura y la lectura como la única herencia que podían dejarme. No me he sentido avergonzada por mis referentes culturales. Es verdad que cuando estudié Periodismo en una universidad privada conviví con un tipo de esnobismo intelectual que me hizo buscar la autenticidad con desesperación. Hasta escribí una novela absurda sobre ello y la titulé ‘La última piel’, por esas ganas de llegar a lo que era la gente de verdad, y no todo el juego de trileros que se traían algunos.

“Mi educación sentimental la construyeron todos esos veinteañeros que se creían alternativos”.

Pero quizás por ese fondo cultural que me dieron mis padres, nunca me ha acomplejado decir que el Ulises de Joyce me resulta insoportable, El guardián entre el centeno, sobrevalorado, y que no sé de quién me están hablando cuando no lo sé. Luego estudié Teoría Literatura en una universidad pública y el esnobismo intelectual era más desesperado porque mis compañeros solo tenían su cultura para diferenciarse del resto: ni coches, ni padres directores de cine, ni viajes a Nueva York en otoño. Así que leían muchísimo.

Pues con todas mis circunstancias, he sentido ese desclasamiento del que ella habla y ha sido escribiendo. Mis problemas de clase media, mi feminismo de bolsillito, mi trabajo de 8 a 7 en revistas de mujeres, mi casa con piscina compartida en una ‘urba’, mi coche gris poco dado a la fantasía, me han hecho sentir que mi voz es una voz sin gran cosa que decir.

“Está la vergüenza por tener opiniones erróneas; vergüenza por no ser tan carismática como las demás, por no tener su cuerpo, su pelo, su casa; vergüenza por leer los comentarios a tus textos; vergüenza por no saberlo todo; vergüenza por pasar demasiado tiempo en internet”.

Yo me he acercado a la escritura desde lo económico. Yo quiero dinero y cobro por trabajar como periodista. La supuesta clase media está a un pasito de ser clase trabajadora, tampoco nos engañemos por un coche híbrido. Solo aguantaríamos unos meses más si no tuviéramos ingresos. Tampoco soy una intelectual y mis textos no se acercan a ningún ideal artístico. Ojalá tener tiempo de crear un cosmos propio y experimentar y perder el tiempo escribiendo. Yo siempre lo tengo que hacer con rapidez.

‘La idea de ti’ me quitó las ganas de escribir porque sacar un libro adelante es muy cansado. Más si eres una mujer que tiene un trabajo de 8 a 7, y una vida, normal y una niña pequeña porque siempre escribo rascándome tiempo a mi misma. Y luego, la exposición para ¿qué?

“En el ensayo, la voz lo es todo. Y en la perversa economía de las escritoras del yo, la moneda que mejor cotiza es la autenticidad. Virgen, puta, lo que queda en medio: da igual desde dónde escribas, pero que no se note que finges: Ser auténtico es la carta blanca de nuestro tiempo, el escudo al que se aferran desde políticos nefastos abusando de su descaro hasta niñas ricas predicando magufadas desde su teléfono”.

La idea de ti’ ha vendido unos 3500 ejemplares. Me dio pena que se quedara en un rinconcito por su pinta de libro para infértiles, o para mujeres con problemas pequeñitos porque ese libro para mí es un retrato sincero de cómo fuimos educadas muchas mujeres entre los 80 y los 90. También es una declaración de amor y de vulnerabilidad, todo hecho desde el respeto por la palabra. Pero nunca siento que lo que escribo tenga esa entidad, el peso de lo que importa. No me ayuda que los dos primeros fueran un intento de forrarme, que es lo que eran. Aunque mi marido dice que equivoco el tiro: zombies chinos es su propuesta para el bestseller que nos llevaría directos a una casa en la playa. Y esa casa es mi utopía de tener tiempo libre para escribir lento, como si yo supiera hacer eso.

Amaya Ascunce


P. D. 1 Con Noelia Ramírez me pasa lo mismo que con Delia Rodríguez: hace años las leo en internet y piensan mejor que yo, las cosas que yo pienso. Hace mucho que un libro tan pequeño me hacia rumiar tanto.

P. D. 2 Una vez una compañera me preguntó si no me daba vergüenza escribir algunas de las cosas que escribo aquí. Muchísima. Por supuesto.

La gente que llega a conseguir lo que quiere, la gente who makes it, da cringe. Para triunfar, vergüencita de ida y vuelta. Y para vivir, también. La cáscara nos irrita, sí, pero también sirve para endurecernos. De la vergüenza nace nuestra resistencia.


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La idea de ti.

Rita Bonita, Gato Gordo y el fin de mundo.

Cómo no ser una drama mamá.

En la cocina con la drama mamá.

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