Le mando a C. la noticia de una mujer a la que han estafado haciéndose pasar por un astronauta que necesitaba dinero para poder volver a la tierra. Le conoció por Tinder y le dio más de 30.000 euros para los gastos del cohete, dice la entradilla. “Podrías haber sido tú esta semana”. Me contesta C. Podría. He leído Orbital, de Samantha Harvey, y hasta sueño con el espacio.
Esta noche he abierto la puerta de mi casa y afuera solo había galaxias. Me duermo pensando qué tipo de cerebro tiene alguien que vive separado de la inmensidad del mundo y de la muerte por una chapita. Cómo alguien puede hacer cosas normales como cortarse las uñas y pensar que cuatro tornillos mal apretados le pueden llevar a acabar succionado por las estrellas. En el libro uno de los personajes explica que la gente que tiene el cerebro muy lleno necesita irse a vivir al campo y tener ovejas. La gente que no tiene un pensamiento intenso se puede ir al espacio. Está claro cuál de los dos soy.
Hay quien como él (eso dice) se complica la vida íntima sintiendo demasiadas cosas al mismo tiempo, viviendo con el corazón en un puño, y que por lo tanto necesita que el mundo que lo rodea sea simple. Una casa, un campo, unas ovejas, por ejemplo. Y hay quien consigue, por un inexplicable. milagro del ser, simplificar su vida interior para que el mundo que lo rodea pueda ser ambicioso e ilimitado. Esas personas pueden cambiar una casa por una nave espacial, un campo por el universo. aunque daría una pierna por ser así, no es algo que pueda conseguirse a cambio de una pierna; además ¿para qué a querer su pierna alguien que la posee lo ilimitado?
No pasa gran cosa en el libro. Diría que no pasa nada. Si te va la marcha, no es tu novela. Es una sucesión de descripciones preciosas sobre el universo, pero sobre todo es un homenaje a la tierra. Y ya. Lo digo porque no quiero gente que me escriba diciendo que es muy lento. Yo te lo digo. Es lentísimo. Y qué. Yo me duermo pensando dónde estarán en ese momentos los astronautas y qué verán por sus ventanicas. Le dan la vuelta a la tierra 16 veces cada día. 16 amaneceres y atardeceres sobre la tierra en 24 horas. A la vez flotan. No se libran de la cotidianidad de comer, ir al baño. Deben trabajar y hacer ejercicio para no doblarse como una hierba pocha cuando vuelvan a la tierra. Nunca me ha llamado la atención ser astronauta, si ya odio los aviones, pues ahora sigo en IG a la estación espacial internacional y sé que hay 6 astronautas en el espacio, aunque hasta este miércoles estaban 10.
A veces echan de menos una corriente de aire frío, un temporal de lluvia, las hojas de otoño, los dedos enrojecidos, las piernas enfangadas, un perro curioso, un conejo asustado, un ciervo que brinca de pronto, un charco en un socavón, los pies empapados, una colina amable, otro corredor en el camino, los rayos del sol entre las nubes. A veces los vence el ronroneo monótono de su nave sellada, en la que no sopla el viento. Mientras corren, mientras pedalean, mientras levantan pesas, los continentes y los océanos, a sus pies, van cayendo uno detrás de otro: el Ártico color lavanda, la estribación oriental de Rusia que desaparece después, las tormentas que arrecian sobre el Pacífico, la luz del amanecer sobre los desiertos surcados de sierras y arenales del Chad, el sur de Rusia, Mongolia y una vez más el Pacífico.
A qué olerá el espacio pienso. Se supone que a nada porque no hay gases ni aire. El vacío no huele. Sin embargo, los astronautas hablan de olor a pastillas de freno, cortezas de cerdo, almendras quemadas, metal y a filete quemado. Hay una explicación trivial sobre cómo se quema el ozono y el oxígeno cuando salen de la nave, y la posibilidad de que se quede pegado en los trajes. Pero hay otra que me gusta mucho más, y es que huele a estrellas quemadas. “Durante la fase final, los astros liberan una gran cantidad de energía que produce un compuesto conocido como PAH (hidrocarburo aromático policíclico), que se mueve por el espacio colaborando a la creación de nuevas estrellas, planetas y cometas. Además, se trata de un compuesto que se encuentra también en la Tierra, por lo que su aroma es reconocible y puede ser identificable con el de los testimonios. Por tanto, en este caso, sería la adhesión de estas partículas a los trajes la que permitiría a los astronautas captar el olor al entrar en la nave”. Dicen que huele a barbacoa y a la sensación de quitarte un jersey con mucha electricidad estática. Me lo puedo imaginar.
Más de 700 personas han viajado al espacio. Lo que es muy poco. Y mucho a la vez. No puedo dejar de pensar en uno de ellos, colgando en este momento de su cama, igual leyendo un libro, y al otro lado de la chapa, la tierra, galaxias, estrellas, agujeros…
Pensaron que les parecería precario el hecho de vivir en una compleja máquina de soporte vital y que exista la posibilidad de que todo, en un instante, pueda terminar, consecuencia de una avería en cualquier engranaje de la máquina. Un incendio, una fuga de amoniaco, la radiación, el impacto de un meteorito. Y a veces lo piensan, aunque por lo general no es así, y a fin de cuentas, cualquier ser vivo reside en una máquina de soporte vital llamada cuerpo y esa máquina terminará fallando tarde o temprano.
El martes, siguiendo mi personalidad obsesiva y este interés nuevo que he desarrollado como si fuera una niña de 8 años, me meto en la cama pensando qué estará haciendo en ese momento Michael Fincke, lleva 550 días en órbita, según la web Who is in space. El miércoles me duermo pensando en la única mujer entre los diez: Zena Cardman. Pero esa noche todo se precipita y el jueves por la mañana la veo salir de esa cápsula que parece un capuchón requemado de un rotulador. Uno de ellos se ha puesto enfermo grave y tienen que volver los cuatro la tierra. En Orbital explica que uno de los personajes oculta un bultito en su cuello porque obligaría a volver a toda la expedición. Ahora solo quedan seis. Como buena hipocondriaca, todo lo que cuentan me parece ciencia ficción. Imagino que están ellos y luego los que hacemos un mundo de un grano y no vemos cómo se puede ceder tanto el control de entrar a través de la atmósfera en un cápsula incendiada que tiene que tener una inclinación exacta para no prenderse como una cerilla y caer en mitad del mar sujeto por paracaídas. Me parece que hay una libertad muy radical en tomarse así la vida.
Amaya Ascunce
P. D. 1 Menuda chapa os he metido. Cuando me da por algo soy súper pesada.
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