Dicen que todo pasa y nada es eterno, pero ese dolor constante en el pecho que siempre está ahí en cada momento que paso despierta, esas lágrimas que pican mis ojos cuando me quedo demasiado tiempo sola y esas sensación de pesadez que está sobre mis hombros en cada instante, llevan meses acompañándome y nunca se han ido.
Hay personas que nacemos rotas, nos mentimos durante un tiempo y nos hacemos creer que la vida está bien y es maravillosa, pero hay un punto de no retorno en el que algo sucede y te lanza de nuevo a ese pozo tan familiar de desesperación, dolor y al mismo tiempo de vacío, porque nunca te sientes tan sola como cuando todos a tu alrededor te ven sonreír durante el día pero cada noche vas a dormir con una opresión en el pecho, preguntándote qué está mal contigo, por qué no puedes disfrutar la vida que tienes, por qué no puedes ser feliz con lo que tienes y por qué cada vez que despiertas en un nuevo día tienes que interpretar un nuevo papel: el papel de alguien que es feliz.
Hay días buenos y días malos, días en los que rio sin parar, en los que disfruto de la vida y me siento bendecida. Hay días en que no lo pienso, en que puedo fingir que no me usó y que soy afortunada porque ya no tengo una persona así a mi lado. Y hay días malos, en los que revivo cada instante que estuvimos juntos, en las que estoy atrapado durante todo el día en bucles del tiempo en los momentos que él me quería. Hay días aún más malos en los que las inseguridades me comen la cabeza y me pregunto qué pude haber hecho para que me eligiera, para que se quedara a mi lado. Que si tal vez hubiera sido más delgada, más bonita y más delicada, tal vez estaría aquí conmigo.
El concepto de sanar es tan amplio y tan complicado, pero el primer paso para lograrlo es abrazar tu dolor. Aprendí el segundo mes de la separación que si no me tomaba el tiempo para llorar, para abrazar el dolor y la perdida de ese futuro que creí que era cierto, jamás iba a poder avanzar. Llorar es necesario pero también es peligroso, porque puedes acostumbrarte a esa zona de dolor y caer en el conformismo en el que aún tienes los recuerdos que sabes que te hacen daño, pero siguen siendo tuyos. En mi quinto mes de la separación seguía en esa zona, sin avanzar y sin retroceder, porque encontré confort entre los recuerdos del pasado, porque de alguna forma aún lo tenía conmigo, el fantasma de su ausencia era un patético remplazo de su persona pero era lo único que tenía.
Soltar su ausencia fue lo que más me dolió.
Hoy siete meses después estoy mejor. No todo es perfecto y el duelo es una perra que hiere y quema a diestra y siniestra, pero es necesario. Porque aunque quisiera vivir de recuerdos mi alma está hambrienta de paz.
No soy nadie para darte consejos porque mírame aquí, escribiendo párrafos que fueron arrancados de un alma que aún sufre pero sí te puedo decir que cosas me han funcionado:
Vuelve a hacer esas pequeñas cosas que te hacían feliz pero dejaste de hacer: cocinar, bailar, cantar, pintar, leer. Recupera el hambre de vivir aunque el sentimiento sea pasajero y la sensación dure poco. Es mejor comenzar a vivir por instantes que permanecer estoica por siempre.
Habla de lo que sientes. No importa si es solo con tu reflejo en el espejo o en la esquina de tu habitación en las noches de insomnio. Habla, porque el que no habla se ahoga, porque las palabras no dichas y los sentimientos oprimidos envenenan hasta el corazón más fuerte.
Sal, oblígate a no permanecer en esa habitación que te está escondiendo del mundo. Es mejor incomodarte una hora en el mundo exterior que permanecer en el mismo trance de dolor en tu cama.
Hoy te digo a ti que tal vez estás pasando por un duelo que el proceso no es continuo y cada quien lleva su propio ritmo, puede tomarte semanas, meses e incluso años, pero nada es permanente, incluso aunque hay días en que sí lo pareciera.
Gracias por leerme <3 te invito a suscribirte para seguir leyendo mis escritos 🧚🏻
Sin posts

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.