Vale, lo de conocer es mucho decir. Más bien la “conocí”, pero siempre hay que poner un buen titular.
Ahora que tengo vuestra atención os cuento esta historia, que nunca pensé que se haría tan viral.
Tenía un rato libre y una misión: buscar un regalo para el 40 cumpleaños de mi amiga. Así que me fui a Las Rozas Village aprovechando que había partido del Mundial y que tanto la carretera como las tiendas iban a estar vacías.
Y así fue.
Tenía que haber avisado a mi madre porque siempre quiere ir, pero confieso que esta vez no lo hice porque habría tardado mucho más si iba a buscarla. Total, no se va a enterar, pensé. Nunca imaginé lo que estaba a punto de pasar.
(Perdón, mamá).
Primero fui a Loewe, que a mi amiga le encanta. Hace unos años allí todavía se encontraban bastantes chollos, pero el lujo es una cosa insoportable y los precios se han triplicado. Escribí a otra amiga:
—Nada, tía. Aquí no podemos comprarle nada decente.
Probé suerte en Prada, encontré un regalito bastante majo y, cuando estaba a punto de irme, entró Zendaya por la puerta. Yo estaba justo enfrente y me salió sonreír. Un acto reflejo, casi como cuando ves a alguien que conoces, aunque en este caso evidentemente no la conocía de nada. Ella también me sonrió.
Iba con un amigo, su perrito y su guardaespaldas.
Lo primero que hice fue escribir al grupo de mis cuñados, porque a mi cuñada le encantan ella y Tom Holland.
—Estoy flipando. Está aquí Zendaya.
—¿QUÉÉÉÉ? DILE ALGO.
—Uy, qué horror. No es plan, ¿no?
—¿Cómo que no? ¡Tu libro, tía!
Ostras. Mi libro. No me había dado tiempo ni a procesarlo.
Para los nuevos: hace unos meses publiqué un libro, Iconos de estilo: de Cleopatra a Zendaya.
Yo seguía fingiendo que miraba cosas, aunque en realidad ya no estaba mirando nada. Estaba intentando decidir si había alguna posibilidad de atreverme a decirle algo. En ese momento ganaba el no por bastante. No soy una persona especialmente vergonzosa, pero molestar a la gente me parece una cosa horrible. Y tampoco quería ser Mocito Feliz. Lo de ir saludando famosos y haciéndose fotos...
Pero, joder, no estamos hablando de un famoso.
Estamos hablando de ZENDAYA.
En ese impasse entró en la tienda el equipo de PR de Las Rozas Village. Cosas de la vida, yo había conocido a una de ellas hacía muy poco y casi por casualidad. Ellos querían ser muy respetuosos y no decir nada, claro, pero Lidia me animó a hacerlo. Me dijo que, con lo del libro, era una oportunidad y que tenía que intentarlo.
Y bueno, empecé a dudar.
De repente tenía al guardaespaldas al lado mirando cosas y me sonrió. Me pareció majísimo. Entonces lo vi claro y le dije:
—Hola. No quiero molestar, pero he escrito un libro en el que ella es una de las protagonistas y me haría mucha ilusión que lo supiera.
—OMG! A book? Yes, of course. You have to tell her!
Qué tío más majo.
Me dijo que esperara a que terminaran de comprar y que luego se acercarían. Así que esperé fuera con Lidia (¡gracias!) para no parecer una acosadora.
Salieron y nada, le dije que había escrito un libro sobre iconos de estilo. “From Cleopatra to... YOU”. No sé por qué me salió decirlo así, pero me salió. Le enseñé la portada en el móvil porque, evidentemente, no llevaba un ejemplar encima.
Ella fue un amor. Me dijo que era algo muy especial, que muchas gracias y que “very nice to meet you”.
(Qué mona. ¿Qué va a decir?).
Su amigo también se acercó a verlo con genuino interés. Tengo una foto del momento que no voy a poner porque ellos son anónimos, pero en ella el guardaespaldas aparece súper sonriente, casi más ilusionado por mí que yo misma. Más majos.
Le di las gracias y me despedí rápido porque vi que la gente empezaba a acercarse y se la iban a liar.
Y ese fue el encuentro.
Subí un par de fotos que me hizo Lidia, no sin dudar, porque el momento foto-con-famoso sé que a veces chirría, pero también era una ocasión perfecta para volver a hablar del libro.
Y entonces la cosa se volvió súper viral.
Un montón de páginas y cuentas de Twitter de Zendaya cogieron mis fotos y empezaron a circular por ahí con un simple “Zendaya and a fan”. Hubo gente me las reenviaba indignadísima.
—Hombre, qué feo lo de simplemente “a fan”.
Y bueno, a fan soy. Claro que sí. No pasa nada.
Me escribieron incluso de las noticias para entrevistarme y me quedé loca porque, sinceramente, la historia tampoco da para tanto. Dije que no, claro, pero utilizaron las fotos igualmente. La verdad es que ni siquiera he visto los programas en los que ha salido porque ahí sí que muero de vergüenza.
También me mandáis cosas de gente criticándola por ir a un outlet. Pero vamos, yo soy firme defensora del Village. Es un sitio súper agradable, sin coches, con mejores precios y, muchas veces, con cosas de esta misma temporada. Por lo visto hay gente que considera que eso es “charca”
Pues nada.
Soy una rana nadando feliz.
Además, en su caso era obviamente una cuestión de seguridad. No se iba a ir de compras por Serrano con todo el follón que había esos días por el Mundial en Colón y tampoco su amigo tiene por qué gastarse más dinero porque ella sea rica.
Reconozco que me sentí un poco mal por las críticas y por haber desvelado dónde estaba (lo hice cuando ya se había ido, evidentemente), pero por otro lado me alegró ver que casi todo el mundo en los comentarios destacaba lo amable, educada y sonriente que había sido con la fan.
Y es verdad.
Aunque en petit comité os cuento una cosa: solo me dejaron acercarme a mí. El guardaespaldas no permitió que nadie más lo hiciera y la verdad es que la mayoría lo entendemos perfectamente.
Me alegro mucho de haberlo hecho. Ya perdí una oportunidad cuando coincidí en unos premios con Bianca Jagger, que también aparece en mi libro. Ni se me ocurrió llevarle un ejemplar porque me parecía fuera de lugar. Luego todo el mundo me decía que tenía que haberlo intentado. Y la verdad es que después me pareció una mujer cercanísima. Se quedó hablando con la gente durante la fiesta y seguramente habría podido hacerlo.
Con Zendaya pensé que las posibilidades de volver a coincidir con una de las veinte mujeres de mi libro eran bastante escasas, sobre todo teniendo en cuenta que más de la mitad están muertas. Así que, por una vez, decidí no dejar pasar la oportunidad. El destino, así lo quiso.
Al día siguiente estuvieron en El Hormiguero y mi editora consiguió que alguien entregara un ejemplar a su equipo. Nunca sabré si llegó a sus manos.
Pero, sinceramente, tampoco importa demasiado.
Lo bueno de toda esta historia no es si Zendaya acabó viendo el libro o no. Es que por una vez hice algo que normalmente no habría hecho. Vencí esa vergüenza tan nuestra de no querer molestar, de no querer parecer intensa, de no querer hacer el ridículo.
Y resultó que no fue ridículo en absoluto.
Resultó que fue una anécdota bastante buena que me llevo.
Besos,
Erea.
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