Vivo en Madrid desde hace ya muchos años. El año pasado estudié el certificado profesional de sostenibilidad del MIT porque considero que la sostenibilidad es un tema apremiante y porque, aunque parezca que no, algo podemos hacer desde casa o desde donde estemos.
Desde hace tiempo intento cultivar un huerto en macetas o, al menos, mantener alguna planta viva en mi hogar. Vengo de una región de México donde la vegetación es exuberante y el problema no es la falta de cobertura verde, sino su exceso. Desde que me independicé he vivido en zonas entre áridas y muy áridas, y la verdad es que, con los años, no me he acostumbrado: sigo necesitando saber que puedo echar alguna semillita a la tierra y que, algún día, podré cosechar el fruto de mis cuidados. Pero he de decir que en Madrid, con una terraza orientada al suroeste, no es fácil.
Vivía mi ajetreada vida como siempre, entre mis preocupaciones por la sostenibilidad y los apremios del día a día, cuando, de pronto, un 28 de abril se fue la luz. No solo se fue la luz: tampoco funcionaba la red de telefonía: cero WhatsApps, cero SMS, cero llamadas. Como he escuchado muchos escenarios dantescos en las conferencias en las que trabajo, siempre tengo listo un pack de agua embotellada y algunos comestibles que no requieren cocción. Las horas fueron transcurriendo sin luz, sin teléfono y casi sin comunicación, salvo por los vecinos que compartían la información que escuchaban en la radio de sus coches o en radios analógicas con pilas.
Así que esta madre, preocupada por el bienestar de su cachorro, empezó a tener recuerdos del pasado reciente en España, cuando el acceso a los alimentos se interrumpió. Me refiero concretamente a la época del confinamiento por la pandemia, en la que no podías ir al súper cuando quisieras: había que hacer cola, esperar. También me refiero a la tormenta de nieve Filomena, que paralizó Madrid entre el 6 y el 10 de enero de 2021. Durante esos días, ningún coche ni camión podía acceder a los supermercados para suministrarlos, y tampoco podías salir a llenar la despensa. En mi país decimos que “la burra no era arisca, la hicieron”. Antecedentes de relativa falta de acceso a víveres, había en mi memoria reciente.
El 28 de abril de 2025 pensé: Esta es la última vez que un fenómeno imprevisto me agarra desprevenida y sin comida. Ese día decidí empezar a cultivar mis propios alimentos, por muy pequeña que fuera la escala, por muy humildes que fueran las semillas y por muy modesta que fuera la producción. Ese día decidí cultivar microgreens.
Empecé a cultivar microgreens no por moda, ni por estética, sino por convicción. Los germinados representan una alimentación real, cercana (¡crecen aquí en mi pasillo!), con alto valor nutritivo y accesible. Además, me da una satisfacción enorme ponerlas en la mesa, no porque sean llamativos, sino porque los produje con mis propias manos. Eso para mí es resiliencia, es autonomía, y conectar con la naturaleza. Ese día fue el día uno: la decisión. Acompáñame para saber qué pasó.
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