Dawit Isaak cofundó el primer periódico independiente de Eritrea. El 23 de septiembre de 2001, agentes del presidente Isaias Afwerki lo arrestaron junto a otros diez periodistas en una purga contra la prensa libre. Desde entonces, nadie ha vuelto a verle. Lleva más de 9.000 días preso sin cargos, sin juicio y sin contacto con su familia. Tres de sus compañeros han muerto en prisión. Nadie sabe dónde está detenido ni en qué condiciones. Su hija Betlehem recogió en su nombre el Premio Edelstam 2024 en Estocolmo. La ONU ha exigido su liberación, pero Eritrea ni siquiera ha respondido. Es el periodista preso más tiempo del mundo, y su país ocupa el último puesto del índice de libertad de prensa de Reporteros Sin Fronteras, por detrás incluso de Corea del Norte.
Isaak no es una excepción. Es el extremo de un patrón africano. Según RSF, la situación de la libertad de prensa es “difícil” en 24 de los 48 países del África subsahariana y “muy grave” en cinco. El 80% de los países africanos ha visto empeorar sus indicadores. Y el indicador económico, que mide la viabilidad financiera de los medios, está en su nivel más bajo de la historia: los periódicos cierran porque no pueden sostenerse, y los que sobreviven dependen de publicidad institucional que los gobiernos retiran como castigo cuando la cobertura no les gusta.
Matar, encarcelar, callar
Las formas de silenciar a la prensa varían. En Mozambique, el bloguero Albino Sibia, de 30 años, fue asesinado a tiros en diciembre de 2024 mientras cubría las protestas postelectorales. En Senegal, el periodista Bachir Fofana fue condenado a dos meses de prisión en julio de 2025 por criticar al gobierno. En Mali, el director de Radio Baoulé fue condenado a seis meses y multado con un millón de francos CFA por ejercer su trabajo. En Ghana, que ocupa el puesto 30 del índice y es considerado un modelo regional, un presentador de televisión fue secuestrado por hombres armados en agosto de 2025 tras ser acusado de difundir información falsa sobre el presidente. Si eso ocurre en Ghana… es fácil imaginar lo que pasa donde no hay cámaras.
Pero hay una zona donde la represión ha alcanzado un nivel cualitativamente distinto.
El Sahel: cuando los militares controlan el relato
Mali, Burkina Faso y Níger, los tres países gobernados por juntas militares dentro de la Alianza de Estados del Sahel, han convertido el silenciamiento de la prensa en política coordinada. Las tres juntas utilizan leyes de ciberseguridad y defensa nacional para encarcelar periodistas bajo cargos deliberadamente vagos: “difusión de información falsa”, “atentado contra la credibilidad nacional”, “alteración del orden público”. Las tres han disuelto las asociaciones de prensa de sus países. Y las tres suspenden medios internacionales de forma sincronizada, como si siguieran un guion compartido.
Los datos lo reflejan. Mali ha caído del puesto 25 al 121 en el índice de RSF desde el golpe de Estado. Son 96 posiciones. Níger cayó 37 puestos de golpe en el último año, hasta el 120, y es el segundo peor carcelero de periodistas del África subsahariana, con cinco presos a diciembre de 2025. Burkina Faso pasó del puesto 41 al 110, y allí la represión ha tomado una forma que no se ve en ningún otro lugar: en 2024, cuatro periodistas fueron reclutados forzosamente en el ejército. De uno de ellos, Moussa Sareba, no se ha vuelto a saber nada.
Yo mismo, periodista español, fui arrestado en Mali en 2024, encerrado en una prisión militar durante los 8 días siguientes (interrogatorios con capucha, acusaciones de espionaje y de terrorismo) y finalmente expulsado del país.
Níger suspendió en mayo de 2026 nueve medios internacionales de un solo golpe: France 24, RFI, AFP, TV5 Monde, Jeune Afrique, Mediapart, entre otros. Burkina Faso ya había prohibido TV5 Monde, la BBC, Deutsche Welle, The Guardian y Jeune Afrique. Mali suspendió a Joliba TV News, el medio independiente más importante del país, durante seis meses. El corresponsal de Deutsche Welle en Níger, Gazali Abdou Tasawa, pasó 105 días detenido antes de ser liberado provisionalmente. Un periodista nigerino fue condenado en marzo de 2026 a dos años de prisión por un artículo de opinión.
El resultado es un apagón informativo casi total. Cuando el 25 de abril de 2026 asesinaron al ministro de Defensa maliense, Sadio Camara, la noticia la dieron los medios internacionales. La prensa nacional calló. No porque no supiera lo que había ocurrido, sino porque informar se había convertido en un riesgo que nadie estaba dispuesto a asumir. La autocensura en el Sahel ya no es una consecuencia de la represión, es su objetivo.
Hay una frase de un periodista saheliano exiliado, recogida por Amnistía Internacional, que resume lo que está en juego: “Si mañana la luz vuelve y encuentra un campo sin periodistas, el pueblo no tendrá a nadie que le guíe.” Lo que las juntas del Sahel están destruyendo no es solo la libertad de prensa, sino la capacidad de una sociedad para saber lo que le ocurre. Sin periodistas que documenten las matanzas de civiles, las operaciones fallidas, la corrupción, los acuerdos opacos con Rusia, el ciudadano de Bamako, Uagadugú o Niamey no tiene forma de distinguir la realidad de la propaganda. Y eso es exactamente lo que buscan las juntas.
Dawit Isaak lleva 9.000 días preso por fundar un periódico. En el Sahel, ya ni siquiera hace falta tanto para acabar en la cárcel. Basta con no callarse.
No posts

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.