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La Pluma de Alex Corzo · Apr 14, 2026

Rupertus Meldenius y el Arte Perdido de Estar en Desacuerdo

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Alejandro Corzo · La Pluma de Alex Corzo

Si un curioso caminara por algunas ciudades y contara las iglesias cristianas, quizá descubriría más templos que panaderías. En una sola avenida puede haber bautistas, reformados, pentecostales, presbiterianos, metodistas y no pocos “independientes”.

Y tarde o temprano aparece la pregunta inevitable, incluso entre creyentes veteranos:

¿Por qué hay tantas denominaciones si todos decimos creer en el mismo Cristo?

A veces la pregunta aparece con desconcierto; otras, con ironía.

“Los protestantes —dicen algunos— predican unidad, pero viven divididos”. Hay burla en la frase, sí, pero también hay algo más profundo: una herida antigua. Y no somos los primeros en cargarla. No somos los primeros en hacernos esa pregunta.

Hace casi cuatro siglos, cuando Europa sangraba en medio de la Guerra de los Treinta Años, la fe se mezcló con la pólvora, el poder y el orgullo de los que disputaban. En ese tiempo nació una frase que muchos cristianos conocen, repiten y citan, a veces sin saber de dónde viene:

“En lo esencial, unidad; en lo no esencial, libertad; en todo, caridad.”

Durante años se ha pensado que era de Agustín; otros se la atribuyeron a John Wesley. Pero no fue ninguno de ellos. Surgió en pleno siglo XVII, escrita por un pastor sin fama, sin partido y sin un púlpito que lo hiciera grande.

Su nombre era Peter Meiderlin, aunque escribió bajo un seudónimo que hoy casi nadie recuerda: Rupertus Meldenius.

Vivió en una época en la que los teólogos se condenaban desde los púlpitos y los príncipes mataban en nombre de “la verdad”. Y aun así, decidió escribir. Pero no para ganar discusiones ni intentar imponer su razón.

Escribió casi como quien ora. Como quien suplica. Como quien intenta recordar, en medio del caos provocado por la disensión, que antes que adversarios, seguímos siendo hermanos.

La Reforma comenzó con un martillo en Wittenberg y terminó con mil himnos de libertad en cien ciudades. Lutero proclamó que la salvación era por gracia mediante la fe; Zwinglio insistió en que la Palabra debía gobernar; Calvino recordó que la gloria pertenece solo a Dios.

Pero en medio de tanta luz también surgieron sombras: diferencias doctrinales en asuntos secundarios, desacuerdos sobre el gobierno de la iglesia, tensiones entre regiones, naciones y tradiciones que juraban estar defendiendo el cristianismo más puro.

Lo que empezó como un coro a una sola voz se volvió polifonía, incluso, terminó en grotesco ruido.

Y así nacieron las denominaciones: no con el propósito de separar, sino como un intento humano —muchas veces sincero— de ser fieles a una verdad infinita. Dejando claro que la diversidad no siempre es enemiga de la unidad; sino el eco inevitable de conciencias tratando de comprender un misterio que las supera.

En medio de esa Europa destrozada por cañones militares y dogmas doctrinales, Meldenius —pastor luterano, nacido hacia 1582— escribió un texto con un título que más que buscar polémica, intentó ser una especie de medicina: Paraenesis votiva pro pace ecclesiae. Literalmente: “Exhortación votiva por la paz de la Iglesia.”

No fundó una nueva denominación; ni marchó bajo una bandera política o nacionalista. Simplemente escribió, y lo hizo desde la angustia de ver cómo una Reforma nacida del Evangelio podía empezar a devorarse a sí misma.

Con el corazón roto, levantó una súplica en forma de axioma:

In necessariis unitas, in non necessariis libertas, in omnibus caritas.

Su frase no era un eslogan bonito. Era casi una suplica imperativa, un llamado a aprender a distinguir lo central de lo periférico, lo eterno de lo temporal, lo fundamental de lo opinable, la fe salvadora del estilo congregacional. En otras palabras: recuperar el arte de estar en desacuerdo sin romper la mesa.

Meldenius entendió lo que muchos todavia hoy olvidan, que la oración de Jesús en Juan 17 no fue “Padre, que todos piensen igual”, sino “Padre, que sean uno”.

Y la unidad no es uniformidad; es comunión. Cristo no buscó clones doctrinales, sino discípulos reconciliados con el Padre.

La Iglesia, en su diversidad —como ya lo señala la Escritura en 1 Corintios 12— se parece más a un cuerpo que a un ejército: no todas las partes cumplen la misma función, pero todas viven del mismo corazón y dependen de una misma cabeza.

Cuando comprendemos esto, las denominaciones dejan de ser trincheras y vuelven a ser lo que siempre pudieron ser: reflejos distintos de una misma gracia, acentos diversos de una sola Palabra, acordes diferentes de una misma oda.

No para competir entre sí, sino para aprender a escucharse.

Y entonces la frase de Meldenius deja de ser decoración teológica o una bonita frase de un sermón dominical, para volverse una especie de brújula moral:

En lo esencial, unidad: No en estilos de adoración ni en métodos, sino en el núcleo de nuestra fe: Cristo murió y resucitó; la salvación es por gracia mediante la fe. Si eso no nos une, nada lo hará.

En lo no esencial, libertad: Donde la Escritura no ordena ni prohíbe, no deberíamos imponer. La diversidad puede ser testimonio de amplitud y madurez, no de amenaza.

En todo, caridad: La verdad sin amor se vuelve una daga. Y el amor sin verdad se vuelve humo. La caridad —bondad y amor en otras versiones— es la prueba final de si de veras creemos lo que decimos creer.

Hoy, los cañones de los campos de batalla han callado —aunque no en todas partes—, pero las guerras denominacionales continúan: guerras digitales, guerras doctrinales, guerras por la adoración y la música… guerras de ego.

Las redes sociales se han convertido en concilios improvisados donde muchos predican más fuerte de lo que escuchan. Donde se refuta más de lo que se edifica. Donde se “defiende la verdad” con una alegría extraña: la de ganar el debate, la de avergonzar al otro, no necesariamente la de restaurarlo.

Quizá el problema ya no sean solo las herejías —que, sin duda, siguen existiendo y están más vivas que nunca—, sino el orgullo disfrazado de celo santo. Ya no peleamos por concilios que definan doctrina; peleamos por opiniones, por alcance, por influencia, por ver quién suena más relevante.

Y, sin embargo, la Iglesia de Cristo no fue llamada a ser una jaula de individuos “correctos”, sino una mesa de redimidos por su misericordia. Una familia comprada por sangre, no por superioridad.

Cuando recordamos esto, el mapa denominacional deja de ser un escándalo y se convierte en un testimonio vivo de algo que ya estaba escrito:

“Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu… una sola fe, un solo bautismo,
un solo Dios y Padre de todos.” — Efesios 4:4–6

Rupertus Meldenius murió sin fama, sin monumentos, sin una iglesia que llevara su nombre. Pero su frase sobrevivió al hierro y al fuego. Y sigue repitiéndose como el eco de una oración más grande que él.

Seguramente nunca imaginó que su súplica sería leída y citada cuatro siglos después, en un mundo donde las divisiones ya no matan con espadas, pero sí con palabras. Y quizá se sorprendería al descubrir que su mensaje no solo no ha envejecido, sino que sigue siendo urgente para los cristianos del siglo XXI.

Al final, su frase no es una consigna ingeniosa, sino una traducción práctica del Evangelio. Y tal vez —solo tal vez— si la Iglesia volviera a creer que la unidad no se construye con decretos, sino con corazones reconciliados, podríamos ver otra Reforma: una donde la verdad y el amor vuelvan a caminar tomados de la mano.

“La unidad no se impone con uniformidad. La unidad florece donde la verdad y el amor aprenden a compartir la mesa”

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