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La Pluma de Alex Corzo · Apr 7, 2026

El Abismo de Jonás

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Alejandro Corzo · La Pluma de Alex Corzo

¿Alguna vez has dicho o escuchado a alguien decirlo? Esas frases que reflejan un cansancio acumulado de todo lo vivido:

“Ya no puedo más”

“Hasta aquí llegué”

“Toqué fondo”.

Emergen desde lo profundo del alma, cuando, después de intentarlo todo, se queda sin argumentos, sin salida y sin fuerza.

Y es curioso cómo, como seres humanos, resistimos el sentimiento de caída. Luchamos, nos aferramos, improvisamos soluciones, tratamos de ajustar lo que todavía parece tener arreglo, nos convencemos de que aún queda algo más por intentar o intentemos olvidarlo esperando que la solución simplemente llegue. Pero llega un momento en el que ya no. Un punto donde la resistencia se agota y la realidad se impone: hemos llegado al límite. Hemos tocado fondo.

Si quisiéramos dibujarlo, sería como caer al mar en plena noche —uno de esos escenarios que suelen ser parte de mi peor pesadilla—, sin orilla visible, sin voces que te orienten, sin una dirección clara. Solo oscuridad, profundidad y la sensación de que debajo de nosotros hay más toda clase de alimañas. Al principio peleas —todos peleamos—, intentando mantenernos a flote con lo último que nos queda; pero la fuerza se agota, el cuerpo cede, y la verdad se vuelve inevitable: no hay salida. Y entonces te hundes, no porque quieras, sino porque no puedes evitarlo.

Muchos saben exactamente de qué estamos hablando. Quizá no te ha ocurrido en el mar, pero sí en el alma. Esos momentos donde todo parece cerrarse, donde el futuro se estrecha, donde la vida se siente en un vilo, insatisfactoria, como si ya no hubiera continuación posible. Y es justamente ahí —en ese punto donde todo parece terminar— donde el evangelio introduce una idea —y una historia— que no suena natural, pero sí profundamente verdadera: el fondo no siempre es el final.

La Escritura nos cuenta de un hombre que descendió de esa manera. No fue una caída emocional pasajera, sino un descenso real, descrito con un lenguaje que no deja espacio para suavizarlo. Ese hombre fue Jonás, quien escribe desde su propia experiencia:

“Desde el vientre del Seol pedí auxilio, y Tú escuchaste mi voz. Me habías arrojado a lo profundo, en el corazón de los mares, y la corriente me envolvió; todas Tus ondas y Tus olas pasaron sobre mí.” —Jonás 2:2–3

Jonás no es simplemente una historia antigua; es una radiografía del alma cuando ya no puede más. El mar lo envuelve, el abismo lo rodea, la vida se le escapa y, sin embargo, no es el final. Dios interviene, Dios escucha, Dios lo levanta, y al tercer día Jonás es devuelto a la tierra. Pero ese rescate no es un hecho aislado, sino una señal, un patrón escondido en la historia, como un susurro que apuntaba hacia algo mayor que aún no se había revelado por completo.

Hasta que aparece Jesús, y toma esa historia —tan conocida, tan repetida— y la abre como quien revela un secreto que siempre estuvo ahí:

“Porque de la manera que Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del gran pez, así estará el Hijo del Hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra.” —Mateo 12:40

Entonces todo cambia. Jonás deja de ser solo un profeta rescatado para convertirse en una sombra, en una figura que apunta hacia algo mayor. Él descendió por desobediencia; Cristo descendería por obediencia perfecta. Jonás fue arrojado por otros; Jesús se entregó voluntariamente.

Cristo no evitó el fondo.

Entró en él con autoridad.

Descendió hasta lo más profundo de la condición humana, pero no se quedó en la superficie, sino tenia que atravesarla hasta sus límites.

El viernes subió a la cruz de manera real, pública y dolorosa: El Hijo de Dios murió, y con Él, ante los ojos de todos, murió la esperanza. Nadie hablaba de victoria, nadie comprendía la redención, todo parecía terminado.

Y luego vino el sábado, ese día extraño, pesado y silencioso: Donde no ocurre nada visible pero hay dolor; donde Dios no responde, donde el cielo guarda silencio y las promesas parecen apagarse. Es el tipo de día que todos, en algún momento, conocemos: oras y no hay respuesta, esperas y no sucede nada, te esfuerzas y no lo logras, y el cielo permanece en silencio. Sin embargo, el silencio de Dios nunca es ausencia definitiva; es, como diría Danny Berrios en uno de sus hermosos cantos: “cuando Dios guarda silencio… es porque Dios está trabajando”.

Y entonces llega el tercer día. Las expectativas humanas están agotadas, nadie espera nada, y quienes van al sepulcro no buscan un milagro, sino despedirse. Pero en ese mismo lugar donde todo parecía cerrado, Dios irrumpe, y la tumba —que parecía el final— se convierte en el inicio de algo nuevo… inesperado: “No esta aquí, ha resucitado” .

Ahí el paralelismo con Jonás alcanza su punto más álgido y también su diferencia más gloriosa. Jonás salió del abismo, pero la muerte seguía siendo muerte; Cristo salió del sepulcro, y la muerte dejó de ser soberana. No se trata simplemente de que Jesús volvió a vivir, sino de que la muerte perdió su dominio, como si hubiera sido invadida desde dentro.

“sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de entre los muertos, no volverá a morir; la muerte ya no tiene dominio sobre Él.” —Romanos 6:9

Por eso la resurrección no es un detalle más de la fe cristiana, sino su centro, la validación de todo lo anterior, la declaración de que la cruz no fue derrota, sino una victoria desplegada en el tiempo de Dios.

Y es aquí donde esta historia deja de ser solo historia y se convierte en un espejo... nuestro espejo. Porque todos, en algún momento, llegamos a ese lugar donde sentimos que hemos tocado fondo, donde las opciones se agotan y uno se enfrenta con su propios límites. Y ahí, el evangelio no ofrece una salida rápida ni una solución superficial, sino algo más poderoso: una verdad que nos sostiene incluso cuando no sentimos nada: El fondo no es el final.

Solo es el lugar donde se rompe la ilusión de autosuficiencia, donde muere el orgullo y se desmorona la confianza en uno mismo; pero precisamente por eso, es un buen lugar. Tan bueno como fue el vientre del pez para Jonás, donde finalmente clamó a Dios, y tan decisivo como fue el territorio de la muerte al que Cristo descendió para vencerla.

“Dios lo resucitó, poniendo fin a la agonía de la muerte, puesto que no era posible que Él quedara bajo el dominio de ella.” —Hechos 2:24

Es el punto donde Dios comienza a hacer lo que tú no puedes. Cristo descendió, pero no para quedarse, sino para vencer, y eso lo cambia todo. Porque si Él venció ahí, entonces ese lugar donde pensaste que todo terminaba ya no tiene la última palabra.

La historia de Jonás dio un giro.
La historia de la cruz dio un giro.
Y el evangelio sigue siendo, hasta hoy, la historia de los giros imposibles… eso que muchos de nosotros llamamos “milagros”.

Así que también tu vida puede dar un giro. Jonás salió del abismo y fue enviado a Ninive; Cristo salió del sepulcro y su mensaje fue enviado a las naciones. El patrón es claro: el que es levantado es enviado.

Y ese giro también es contigo.

No puedes quedarte contemplando el lugar del que saliste, ni vivir mirando el fondo como si aún estuvieras ahí. Si has sido rescatado, hay dirección, hay un camino que debes andar y hay un mensaje que puedes compartir. Tal vez no con todas las respuestas, tal vez no con todo resuelto, pero sí con una certeza firme: hay vida después del fondo.

“que si confiesas con tu boca a Jesús por Señor, y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo; porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación.” —Romanos 10:9–10

Lo que en Jonás fue una señal, en Cristo es una realidad. La muerte puede seguir haciendo ruido, puede seguir asustando, puede seguir visitando… pero ya no gobierna, ya no decide el final, ya no tiene la última palabra.

Esa la tiene Cristo.

Y si alguna vez vuelves a sentir que estás cayendo, que todo se oscurece, que no hay salida visible y que Dios no responde… recuerda esto: no toda caída termina en muerte y, sin duda, Dios no ha terminado contigo, sencillamente guarda silencio por que sigue trabajando para darte vida nueva.

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