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Los DM de la Nori · Sep 3, 2025

Sobre (no) ser elegida

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Eleonora Aldea Pardo · Los DM de la Nori

1.

Hace algunas noches estaba sentada en el living de un hombre, escuchándolo mientras me contaba sobre su última relación. No había sido una buena experiencia y este hombre, lo vamos a llamar Q., había quedado lo suficientemente dañado como para sentir que no sólo no quería enamorarse pronto, sino que, quizás, no era capaz de enamorarse más.

“¿Y cómo lo hacís en Bumble?” le pregunté, porque en esa app de citas fue donde nos conocimos, hace un par de meses. Y si bien uno puede llegar a esas tecnologías con todo tipo de búsquedas en mente, son muchas las personas que llegan ahí buscando el amor.

“No le pongo like a las mujeres de las que me podría enamorar”, respondió Q.

“Oh.”

Espero que no se me haya notado en la cara el combo al corazón que significó esa respuesta. Porque, evidentemente, a mí sí me había puesto like. Y yo, como se usa en Bumble, le había hablado primero. Luego lo había invitado a salir y en la cita le había dado un beso. Llevaba varias semanas yendo a su casa a conversar, tomar y tener sexo particularmente bueno. Yo, la mujer que no le presentaba ningún riesgo de enamorarse.

En ese momento no le quise dar importancia, pero sus palabras siguen dándome vueltas en la cabeza hasta el día de hoy.

¿Por qué me importa tanto que este varón no me considere una “mujer para amar”?

Crecí en los noventas y tempranos dosmiles. Y si bien desde la radio y la tele empecé a recibir el girl power de las Spice Girls, Destiny’s Child, o personajes femeninos fuertes como La Fiera, en mi casa, con mis amigas e incrustado en todo lo que hacía, había un mandato tácito que no se cuestionaba: verse y comportarse bien para los hombres.

Un deber que incluía ser flaca, tener la menor cantidad de vello facial y corporal posible, llevar el cabello largo, usar ropa apretada que muestre piel, no decir garabatos y, por sobre todo, nunca intimidarlos. Lucir y actuar como la mejor opción para que el varón, luego de probar y comparar opciones, te elija. Y en esa calidad de elegida, alcanzar la verdadera felicidad.

Y como el mal no muere sino que se reinventa, hoy, décadas después, puedo ver este mismo fenómeno rebrandeado en la figura de la pick me girl. La chica elígeme que rechaza todo lo que ese antiguo mandato femenino buscaba vistiéndose con ropa suelta, viendo deportes, vanagloriándose de un humor masculino y dejando muy en claro que ella no es “como el resto de las mujeres”. El mensaje es el mismo: hagan lo que hagan las mujeres, lo hacen para ser elegidas.

Me detengo en el verbo, en la acción que está puesta en el otro (casi siempre un varón) y no en una. Siempre he pensado en el feminismo, o en mi feminismo por lo menos, como la plataforma que me permite elegir. Una de las certezas que me mueve es que todas las mujeres tenemos derecho a elegir cómo queremos llevar nuestras vidas, nuestras maternidades, nuestras sexualidades. Pero muchas veces me siento como si sostuviera una cuerda que en un extremo tiene Elegir, y en el otro Ser Elegida. Algunos días la salto tratando de no caerme, otros días la siento apretada en el cuello, y en otros días me ata por completo, como un shibari.

2.

Mi amiga T. me contó que un chico, con el que hace varias semanas tiene una relación principalmente sexual, le dijo que tenía pena. “¿Por qué?”, le preguntó T. “Porque me gusta una mujer que no me pesca. Y hace tiempo que no me gustaba alguien”, le respondió el chico.

“¿Y yo?”, no pudo evitar decirle ella.

“No po, así románticamente”, aclaró él.

“Lo peor, amiga, es que a mí tampoco me gusta este weón. ¡Pero me dio tanta rabia!”, me escribió T. cuando me contó, seguido de tres emojis de corazones con vendas. La entendí. Porque, lamentablemente, muchas veces este dolor de no ser aceptada en la categoría “mujeres para amar” no tiene que ver con los varones que llevan a cabo el rechazo, sino con algo mucho más difícil de admitir y que nos acosa desde lo más profundo del pozo oscuro que es la autoestima: el reconocimiento de que nuestro valor es susceptible a la atención de un varón promedio.

Puedo reconocer que lo que dolió esa noche con Q. no tuvo que ver con un futuro que yo había imaginado para los dos y que de pronto vi roto, porque ya estoy casada con la persona que elegí para construir un futuro, sino que fue un rasmillón sobre una herida tan antigua que casi no recuerdo cuándo me la hicieron y que pareciera no cerrarse nunca. Es el silencio del hombre emparejado que no me respondía cuando estaba con ella. Es el llamado telefónico del chico que me dio mi primer beso para decirme que me prefería como amiga. Es la fiesta del colegio en la que nadie me sacaba a bailar porque era muy alta. Es también, de alguna manera, la mirada de mi papá cuando yo decía algo que él consideraba tonto.

Hablo de dolor pero también hay vergüenza. Trato de ser una “buena feminista” y a la tristeza por no ser elegida se suma una sensación de derrota que sólo me hace sentir más triste. No sólo por centrar a los hombres en espacios de mí misma que podrían estar llenos de otras cosas más interesantes, sino porque cada vez que no me eligieron hubo una mujer a la que sí y la envidia me ha consumido por completo. Querer que “te elijan” implica una competencia en la que participo sin recordar haberme inscrito.

Afortunadamente con la vejez he aprendido a tenerme más compasión y a aceptar que mi versión de ser una “buena feminista” también implica saber perdonarme por todo eso que se me instruyó sólo por nacer y crecer mujer.

3.

Cuando mi marido me avisó que le habían cancelado la cita, yo ya estaba en Santiago y era muy tarde para volver a Viña, donde vivimos. Me había ido a una fiesta para evadir el hecho de que era su tercera cita con P., una chica que conoció, también, en Bumble.

Ella ya le había cancelado en otras ocasiones y siempre me enojaba más yo que él. Por alguna razón la ofensa se sentía propia. Para un matrimonio salir con otras personas requiere de coordinaciones prácticas como con quién dejar a nuestros hijos y qué días de la semana tenemos libre, pero más que nada necesita de una preparación emocional que muchas veces nos deja drenados y esa vez no había sido la excepción. Llevábamos semanas teniendo conversaciones que se sentían decisivas porque mientras él veía a P. yo estaba saliendo con Q. y nunca antes habíamos estado en situaciones externas paralelas. Pero P. y Q., como buenos jóvenes solteros, eran buenos para cancelar y muchas veces nos quedábamos con labor emocional hecha para citas que no ocurrían.

Le escribí mensaje tras mensaje desahogándome contra P. pero él sólo me respondió “fiestea tranquila, pásalo bien” y después se durmió.

Yo no fiesteé tranquila, ni lo pasé bien. Sólo podía imaginar a mi marido solo en la cama porque alguien no había querido estar con él, pudiendo estarlo. ¿Cómo era posible? No pude dormir pensando en todo lo que quería decirle al otro día. Yo lo había elegido a él, él me había elegido a mí. ¿Por qué nos poníamos en esta posición?.

Tomé el primer bus de vuelta a Viña y cuando al fin llegué a su lado solté todo el discurso que había practicado en el camino. Nunca más quería que se sintiera no elegido. Ante otro panorama, otro hombre, otro futuro. Quería seguir eligiéndolo y ganándome que él me eligiera, todos los días. Quizás, incluso, era hora de cerrar la relación y concentrarnos el uno en el otro.

Pero él no estaba afectado y su calma, como siempre, me descolocó. Para él no haber sido elegido la noche anterior no significaba mucho más que una oportunidad perdida. No habían conclusiones sobre su valor, ni sobre su apariencia, ni sobre la existencia de otras personas que presentaran una mejor opción. P. simplemente no había querido juntarse con él, por las razones que fueran. Lo que, por más sensato que sonara, era una conclusión totalmente inaceptable para mí.

¿Era un tema de personalidad? ¿De género? ¿A los hombres no les duele no ser elegidos? ¿Quizás simplemente su autoestima es más saludable que la mía?

No es fácil para mí admitir que en los quince años que llevamos de relación siempre me he sentido en una especie de desventaja casi absolutamente basada en nuestra apariencia. Él es más lindo, más flaco y más joven. Es simplemente un hecho. Y nunca he podido sacudirme la sensación de que la gente que nos ve juntos se pregunta qué hace conmigo. En mis momentos más oscuros yo también me lo pregunto.

Y en los más oscuros aún aparece la idea de que quizás mi insistencia con mantener nuestro matrimonio abierto no tiene tanto que ver con la posibilidad de relacionarme con otros hombres, sino con el alivio que siento al permitirle que conozca, carnal e intelectualmente, otras mujeres a las que podría elegir, y que él me siga eligiendo a mí.

4.

Cuando finalmente terminé con Q. no fue por lo que me dijo ni por otras torpezas en las que incurrió mientras salimos. Fue porque desde el día en el que lo vi por primera vez y me sonrió mientras caminaba hacia mí, supe que él sí era el tipo de hombre del que yo me podía enamorar. Y lo habría hecho, probablemente, si seguía yendo a su casa a escucharlo, tocarlo y mirarlo mientras me hablaba, me cocinaba y me abrazaba.

Pero por muy bien que lo pasáramos juntos y por mucho que me gustara, por primera vez fui capaz de reconocer que si me entregaba al sentimiento, y cedía ante mi impulso por convencerlo de que yo sí era digna de su amor, ese camino sólo me llevaría al sufrimiento.

Así que le pedí que dejáramos de vernos y le advertí, medio en broma, medio en serio, que si no se había enamorado de mí, probablemente era cierto que nunca más se iba a enamorar.

En un giro inesperado, elegí mi paz mental.

Mientras esperaba el tren para volver a casa, le escribí a mis amigas para contarles y ellas me felicitaron. Que estaban orgullosas de mí, dijeron. Volví escuchando música y mirando por la ventana. Como en esas películas que vi tantas veces. Llorando menos con cada estación. Cada vez más lejos de él y más cerca de mí misma.

Sin posts

Read the original on aldeapardo.substack.com

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