Tenía trece años cuando conocí el internet. Era una niña más alta que el promedio (incluyendo a los hombres), con la mandíbula chueca y dos obsesiones: el amor romántico y los backstreet boys. No salía mucho y empecé a pasar cada vez más tiempo en el computador, maravillada no sólo con el mundo que se desplegaba ante mí, sino también con mi ansia de desplegarme de vuelta ante el mundo.
Diseñaba sitios web para publicar mis poemas y textos, luego creé cuentas en sitios como livejournal, fotolog y flickr que llenaba con los detalles de mis días en forma de reflexiones y fotos. Hasta el inicio de la década pasada, internet todavía se sentía como un terreno fértil en el que podía crecer compartiendo lo que hacía con el resto.
Pero el año 2012, cuando tenía veintiocho años, descargué en mi celular, que ya tenía acceso permanente a la red, una app relativamente nueva llamada Instagram.
Muy pronto empecé a compartir no sólo lo que hacía sino también quién era, con una frecuencia y un volumen cada vez más altos. Los autorretratos pasaron a ser selfies, y los textos pasaron a ser bajadas de fotos. Cuando empecé a dibujar frases en lettering que a veces se viralizaban, mucha gente se sumó a quienes me seguían desde las redes sociales anteriores y de alguna manera me convertí en lo que empezó a conocerse como influencer.
Pero una influencer no sólo publica textos, fotos o dibujos. Publica su cara, su cuerpo, su ropa. Se convierte a sí misma en contenido. Tiene que hacerlo si recibe regalos o colaboraciones de marcas que quieren su audiencia. Tiene que hacerlo si quiere hacer crecer su comunidad y tener más engagement para poder vivir de lo que hace. Así es como una influencer no sólo recibe comentarios por lo que hace, sino por cómo luce. Y yo, una mujer que sigue teniendo la mandíbula chueca, empecé a recibir, por primera vez en mi vida, muchos comentarios positivos relacionados a mi apariencia.
Para la pandemia ya llevaba varios años trabajando, o consiguiendo trabajo, a través de Instagram y no sólo mi sueldo se beneficiaba con el aumento progresivo de seguidores, likes y comentarios, sino que también mi autoestima.
Le hablaba a la cámara y subía selfies, porque a la gente le gusta mirar a otra gente y mostrar la cara funciona. En el desquicio íntimo y a la vez colectivo de la cuarentena empecé a exponerme por completo, no sólo mi trabajo y los detalles de mi vida, sino que también mi cuerpo, como nunca antes lo había hecho. Me había tomado fotos sin ropa desde que al computador familiar pudimos adjuntarle una webcam y con todas las cámaras digitales que tuve desde la Sony Cybershot de 1.3 megapixeles que me regalaron el 2001. Había compartido nudes, cuando todavía no se llamaban así.
Pero lo que empezó a pasar el 2020, y que se sentía como una liberación de traumas que había acarreado con respecto a mi cuerpo y sus dimensiones siempre excesivas, era otra cosa. Con cada comentario que decía que yo era “valiente” o “rica”, me convencía de que era cierto. Con cada interacción de hombres y mujeres que respondían a mis fotos, confirmaba que era posible que yo fuera deseada. Y ese subidón se convirtió en una de mis principales motivaciones. Para generar contenido, para sacarme y publicar fotos, para sentirme valiosa.
Este 2025 cumplí trece años en Instagram. De los cuales aproximadamente diez fueron teniendo muchos seguidores. Mis nudes no sólo las vieron personas a quienes quise deliberadamente causarles alguna reacción, sino que también las vieron mis padres, mis hermanos, profesores del colegio de mis hijos, compañeros de colegio de mis hijos, ex parejas, amigas y desconocidos que quizás me encuentre algún día en la calle.
Quiero que quede muy claro: no me arrepiento ni me avergüenzo. Sigo pensando que no hay nada malo en mostrar lo que una decida mostrar. Pero sí apareció en mí una incomodidad que no fui capaz de aplacar y que finalmente contribuyó a la decisión de desactivar mi cuenta este pasado agosto.
Si antes yo había llegado a considerar el proceso de tomarme fotos y publicarlas una herramienta muy útil de auto-amor, al punto de escribir al respecto y aconsejarlo, ahora la única razón detrás de hacerlo era recibir validación externa en forma de likes, comentarios y/o propuestas sexuales si la foto era realmente buena. Y a medida ese feedback fue desapareciendo (por razones que ni siquiera me interesa analizar), me descubrí a mi misma con el ego cada vez más adolorido y el ánimo cada vez más escaso.
¿Por qué me hago esto a mí misma? Empecé a preguntarme cada vez que posteaba algo esperando una reacción que no llegaba.
Nunca logré darme una buena respuesta.
Llevo cuatro meses sin instagram y al principio me sentí muy fea. Al mirarme al espejo sin el filtro de un lente, pude ver mejor que nunca las marcas de la edad y esos “defectos” que ya nadie me dice que soy valiente por exponer. En las fotos que otra gente me toma pude verme desde los ángulos que durante años consideré prohibidos por ser poco favorables. Subí de peso. Dejé de planear mis tenidas porque ya no hacía videos para mostrarlas.
Pero ha pasado el tiempo, y he empezado de a poco a cuidarme sólo por mí. A comer mejor y a hacer ejercicio sin registrarlo. A vestirme bien sólo para verme bien. A intentar que mi pelo se sienta suave y huela rico para quienes lo tocan. A masajearme con cremas todas las mañanas y todas las noches para empezar y terminar mis días dándole amor con mis manos a las formas y texturas de una cara que tanto he odiado.
A sacarme fotos, también, sin mandarlas ni publicarlas. Y aunque puedo admitir que se ha sentido como un desperdicio, especialmente en los momentos en los que me he sentido honestamente bonita, todos los días intento recordarme que quizás la Nori del futuro que revise esos respaldos con nostalgia puede ser la única audiencia que realmente necesito.
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