Como contaba en mi post de favoritos de febrero, el mes comenzó con el dueño del departamento en el que vivíamos pidiéndonos que lo desalojáramos para que llegara a vivir ahí un miembro de su familia. Después de 4 años y 3 meses, la mayor cantidad de tiempo que habíamos vivido en un mismo espacio, el departamento en Recreo se sentía más nuestro que ningún otro lugar donde hubiéramos vivido antes. Y así, muy tristemente, se convirtió en la primera casa que tuvimos que dejar contra nuestra voluntad.
Dos cosas siempre me han molestado cuando hablo de “nuestras casas”, una es cuando me dicen que no son nuestras porque arrendamos, y la segunda es cuando me dicen que no son casas porque son departamentos. Una casa es un espacio, tanto físico como emocional, que contiene los eventos pequeños y grandes que construyen vidas. Una extensión de las personas que la habitan. Da lo mismo si está en altura o si está sobre la tierra, cuántas piezas tiene o cuál es el nombre en el título de la propiedad. Si yo me despierto en la mitad de la noche y mi cuerpo sabe cuántos pasos debo dar para llegar al baño, dónde girar y la fuerza con la que debo tirar la cadena para que no haga tanto ruido, estoy en mi casa. Es simple.
Si pude medir el crecimiento de mis hijos por cuán fácilmente podían alcanzar los muebles de la cocina, si conocí los nombres de todos los vecinos, y si mis amigos tienen historias que ocurrieron en alguna de las habitaciones: ésas fueron mis casas. Y de alguna manera, siempre lo serán.
Acá una lista de las casas que nos han construido, y algunos datos sobre ellas:
La primera casa en la que vivimos el Cristóbal, Leopoldo y yo. Llegamos en junio del año 2012.
La conseguimos porque la mamá de una amiga nos la arrendó, y cuando nos fuimos se la dejamos a otra amiga que vivió ahí durante muchos años.
En ese mismo living de las fotos metimos a nuestras familias y nos casamos por el civil en octubre del 2013. La mesa roja en la que firmamos era nuestro comedor de la época, y hoy día es el escritorio de nuestro hijo menor, Félix.
En esta casa vivimos el embarazo demasiado corto del Félix y todas las dificultades de su nacimiento prematuro. Mucho llanto.
Acá vivimos con Luke, nuestra primera mascota. Un gato al que tuvimos que buscarle casa por los problemas respiratorios del Félix.
En la esquina estaba la panadería/cafetería Bernard, no he vuelto a comer mejores medialunas que ésas.
Acá armamos nuestro emblemático librero con ladrillos y tablas (que le copiamos a unas amigas), según nosotros una solución “temporal”.
Nos fuimos porque nos quedó chico con dos hijos.
Llegamos el segundo semestre del 2014, fue un dato que nos dio un amigo del Cristóbal, que lo dejaba.
Era en la torre 2 de las torres San Borja, me encantaba vivir en un proyecto de comunidad tan declarado desde la arquitectura.
Tenía losa radiante lo que en el invierno era delicioso pero cuando llegaba agosto y empezaba a hacer un poquito de calor, uf.
Disfrutamos mucho el parque San Borja que estaba justo al frente de nuestra torre.
Acá hice el diplomado en Tipografía y Lettering de la FAU, que estaba al lado.
A esta casa llegó la Chasca, nuestra primera perrita.
La dirección oficial era por la Alameda, pero el edificio no estaba directo en la Alameda. Fue problemático para recibir encomiendas y pedidos.
Nos fuimos el segundo semestre del 2017, por las cucarachas que tenían invadida la cocina de una manera horripilante.
Llegamos el 2017, acá vivimos un tiempo con mi papá que trabajaba en Stgo en ese momento.
Era el segundo piso de una casa grande, teníamos un patio que hasta el día de hoy consideramos que aprovechamos muy poco.
Teníamos cerca al parque Inés de Suárez que se convirtió en una especie de mega extensión de la casa. Lo quiero mucho.
Acá hicimos muchas fiestas bailables con muchos amigos. Muy buena casa para carretes. Hay historias de peleas y pálidas memorables que ocurrieron acá.
En esta casa murió la Chasca, y tiempo después llegó la Ronda, nuestra segunda perrita, a quien me traje a la mala sin decirle a nadie.
El suelo de ajedrez, los tragaluces, la escalera de piedra para entrar. Diagonal Oriente era hermosa. Pero ninguna pieza tenía clóset.
Cuando pasé por afuera por última vez todavía seguía en el patio la totora que pusimos en la reja para que no se viera hacia adentro desde la calle.
Me habló mucha gente en instagram que había vivido antes en la casa, o que habían carreteado ahí.
Nos fuimos porque nos quisimos venir a Viña, durante la pandemia.
Llegamos a fines del 2020, el día del cumpleaños del Cristóbal. Una mudanza de ciudad en plena pandemia. Pero valió la pena, mi primera casa de vuelta en Viña.
Toda mi educación universitaria sucedió en Recreo, fue hermoso volver a habitar ese barrio pero esta vez como adulta, como familia.
Terminamos acostumbrándonos al ruido incesante de las gaviotas, e incluso a que nos cagaran la ropa limpia.
Llegar a la casa era un ejercicio. Para llegar al edificio todo el camino era subida y el departamento era en cuarto piso sin ascensor.
Desde todas las piezas se veía el mar. No sé si podré superarlo alguna vez.
Pasamos una gran suma de tiempo volviendo a poner las tablitas que se salían del piso de parquet.
El colegio de los niños quedaba a 10 minutos caminando, cuando trabajé en oficina quedaba a 4 minutos caminando, el gimnasio a 3 minutos caminando. Había semanas en las que no había necesidad de salir de un radio de 10 cuadras.
No voy a extrañar las filas ni los precios de los colectivos.
Acá me dio covid dos veces.
Nos fuimos en marzo del 2025, porque tuvimos que irnos.
Llegamos en marzo del 2025 y estoy ansiosa por descubrir todo lo que sucederá entre sus paredes. Ah, y seguimos con el mismo mueble hecho de ladrillos y tablas.
¿Hay algún recuerdo especial o anécdota que tengan de alguna de sus casas? Me encantaría conocer sus historias, no dejo de pensar en este tema.
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