Fucking Keynes, sale en todas.
Una de las anécdotas más importantes de este personaje -aunque no por ello la más famosa- es esa carta que envió al Secretario del Tesoro de Reino Unido nada más terminar la Primera Guerra Mundial en la que alababa al Banco Central por cómo fue capaz de engañar a la ciudadanía para recaudar fondos para la guerra:
el famoso economista John Maynard Keynes escribió un memorando secreto al Tesoro de Su Majestad, en el que describía las acciones del Banco de Inglaterra como “obligadas por las circunstancias” y afirmaba que habían sido “ocultadas al público mediante una manipulación magistral”. Un eufemismo político y memorable.
Esa “manipulación magistral” a la que se refiere Alex Pollock en su artículo es una de las razones que lleva a Saifedean Ammous a señalar Inglaterra en esos años de la Gran Guerra como el comienzo del fin del patrón oro. Y todo gracias a un engaño magistral.
El engaño en sí ya lo he tratado antes, por ejemplo en este podcast de 2022, el motivo que me lleva a Keynes de nuevo es su trabajo posterior a la guerra en relación también con la deuda soberana. Posiblemente el estudio que más haya hecho por el crecimiento masivo de la deuda pública. Aunque en su defensa se puede decir que él solo observó la matemática detrás de esta inversión.
1930, Keynes publica A Treatise on Money, su primer intento para convencer al mundo de la idea de los peligros del ahorro, lo que definitivamente consiguió con su obra The General Theory of Employment, Interest and Money publicada años más tarde. A Treatise on Money ya intenta demostrar que los ciclos económicos surgen de desequilibrios monetarios entre ahorro e inversión, amplificados por el crédito bancario, y solo corregibles por el buen hacer del gobierno y el gasto público. Ahora, ese gasto público hay que financiarlo, como se había visto de forma muy marcada durante la Gran Guerra.
Gracias a esa manipulación magistral que permitió colocar ingentes cantidades de deuda entre los ingleses de bien, Keynes contó durante años con un mercado enorme de bonos, el motor de su querido gasto público, del que fue capaz de extraer varias observaciones. La principal fue que el precio de los bonos no reaccionaba igual ante los mecanismos que afectan positivamente su precio como ante los que le afectan negativamente. Concretamente, en su libro describió que la curvatura de la curva precio‑tasa generaba “un efecto de amortiguación” que hacía que los precios subieran más rápidamente cuando la tasa de interés caía y bajaran menos cuando la tasa subía.
Seguramente un gráfico lo ilustre:
Lo que descubrió fue que si se bajan tipos, el bono sube mucho más de precio de lo que baja si suben tipos. Otra forma de verlo sería que el banco central puede crear fácilmente un mercado alcista en los bonos, mientras que uno bajista le cuesta más.
Él lo llamó efecto de segundo orden, hoy se conoce como convexidad y es el Santo Grial de la inversión: rendimientos de crecimiento exponencial cuando va bien y pérdidas que se reducen cuando peor va.
El último en aventurarse en búsqueda de la convexidad han sido las tesoreras de bitcoin y su éxito o fracaso en esta aventura explica las diferencias notables entre todas ellas. ¿Cómo fabricar la mejor convexidad?

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