¿Cómo se impuso la actual forma de medir el tiempo?
Todos los días nos manejamos con segundos, horas y minutos, una costumbre que nos acompaña desde antes de que hubiera un gobierno, antes de que hubiera un reino, seguramente desde antes de que hubiera una Europa como ente diferenciado. Por esto podemos asumir que la forma de medir el tiempo no fue impuesta por un poder superior. ¿Fue entonces una simple casualidad? Sería extraño que uno de los elementos más comunes del día a día se mantuviera con nosotros tanto tiempo por el simple azar sin que ningún sistema mejor lo reemplazase. Lo lógico es que se impusiera por sus propios méritos.
O como dirían hoy, la narrativa detrás del protocolo para medir el tiempo fue suficiente para imponerlo para siempre.
Lo que nos acerca a otro protocolo cuya narrativa se ha demostrado claramente insuficiente para conseguir que sea aceptado: Bitcoin.
“¿Qué hace bitcoin?” Se preguntaban en un artículo reciente. “El activo se ha caracterizado por una narrativa mutable que le ha venido bien, al menos hasta ahora. A medida que la gente se daba cuenta de que bitcoin no era una sola cosa (por ejemplo, útil como dinero), podía pivotar hacia una nueva cosa (¡pero Wall Street y el gobierno de EEUU van a comprarlo!). Ahora esta naturaleza camaleónica se está convirtiendo en un problema porque cada vez que una narrativa fracasa, estás un paso más cerca de quedarte sin historias plausibles que contar. El camaleón se está quedando sin colores.”
Este artículo comparte una visión muy común sobre Bitcoin: el problema de la narrativa. Desde hace semanas, en atención al mal desempeño de su precio en un contexto en apariencia óptimo gracias a la escasez de noticias negativas, la idea de que Bitcoin se ha quedado sin una narrativa que lo sostenga se ha hecho viral incluso entre bitcoiners que llevan años creyendo en el activo.
Vlad Costea, creador de Bitcoin Takeover Podcast, es uno de ellos. En ese tweet comparte que por primera vez duda que bitcoin vuelva a hacer precios máximos por la simple razón de que no tiene ninguna narrativa alcista:
No es oro digital porque el oro se ha demostrado superior.
No es dinero de la libertad porque no hemos conseguido que escale adecuadamente.
No es inconfiscable: se habla constantemente de la posibilidad de congelar direcciones vulnerables a un ataque cuántico.
No protege contra la inflación: USDT se ha hecho con esta narrativa.
No diversifica una cartera, cotiza exactamente como las acciones de empresas de software.
Un artículo publicado en el diario La Razón que rápidamente viralizó, se hacía eco del riesgo al que se enfrenta Bitcoin debido a esta falta de narrativa. Bajo el título: “El Bitcoin podría llegar a cero dólares: los expertos advierten de una espiral de muerte total”, el periódico afirma que “El momento que vive Bitcoin todavía no tiene una explicación, si bien son varias las voces que apuntan que su caída puede no haber tocado suelo.” Entre esas voces destacadas, de nuevo encontramos la mención a la falta de narrativa:
“En esta misma línea se han pronunciado expertos como Tim Shuffelt, reportero de inversiones del Globe and Mail, quien tal como recoge Futurism señala que tras quince años aún no se conoce el propósito final de Bitcoin.”
De acuerdo al señor Shufelt (se escribe con una “f” realmente, fue una errata de La Razón) de The Globe and Mail, un medio de contrastada reputación y experiencia en el sector de las criptomonedas: “Aún no se conoce el propósito final de Bitcoin”.
Sin embargo, en contra de la opinión de expertos, bitcoiners con podcast y medios consagrados, sostengo que Bitcoin no necesita ninguna narrativa para triunfar. Ni siquiera necesita un propósito. Solo necesita lo que Vlad Costea estima que ya no es suficiente para elevar el precio del activo a nuevas cotas: Arrogant close mindedness, un dogmatismo arrogante. Concretamente, la creencia soberbia e innegociable de que Bitcoin es la mejor tecnología para el dinero que podemos inventar.
En esencia, copiar el método que usó el protocolo de base 60 para vencer a todos los demás sistemas para medir el tiempo. ¿Cómo lo hizo?

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