Hace una semana pagué una membresía mensual al agente de inteligencia artificial Claude con la idea de ser más prolífico en la escritura.
Muchos escritores, como Twain o Tolstoy, tenían ayudantes, o más bien esposas, a las que nunca se les pagó, ni se les dio el crédito, que se dedicaban a transcribir y darle forma a las “ideas” del genio.
¿Por qué no delegar esas monótonas tareas a un asistente virtual?
Me ahogo en texto. Tengo mucho, muchísimo. Sobre todo, diarios. En formato físico, es decir, en cuadernos, pero también en digital. Un enorme archivo de mí mismo, que va de décadas atrás, y que crece, conforme lo hace mi compulsión de escribir. Nunca voy a poder leerlos todos, porque de ahí surgen nuevos textos que también tendría que leer. Es el cuento de nunca acabar. Quizás Claude podría ir más allá, adentrarse en mis cientos de páginas escritas, y revelar algo de mí que me pasaba desapercibido, que se había perdido entre la maraña. Sacarme, pues, de mi maldición.
A pesar de todas las advertencias, le alimenté medio año de un diario, escrito a mano, y le pedí que me lo transcribiera, pensando que, de cualquier forma, ya existe suficiente información sobre mí en el internet para que me chantajeé.
En media hora me escupió una versión editable. Devoró dos o tres años más, ahora sí, escritos con teclado, y me dio su opinión literaria. Luego, de un libro de ensayos, otro de crónicas de viaje, otro de cuentos y una novela, todos, inacabados.
Le pedí su impresión y un consejo para hacer crecer mi carrera como escritor.
Y empecé a perder el control.
En medio de sacar al perro o a la espera del elevador me sorprendí haciéndole preguntas ya no sobre un texto en específico, sino sobre mi identidad como escritor. Dudas que me surgen todos los días sobre mi capacidad, por ejemplo, de escribir estructuras narrativas, como cuentos o novelas, y para las cuales, sobra decirlo, no hay una respuesta clara, pues en cierto sentido surgen de la misma sensación de incompletud que me hace escribir. Querido Claude, le pregunté: ¿qué soy más?, ¿ensayista?, ¿periodista?, ¿novelista?, ¿cuentista?, ¿diarista? Pero en vez de evadir o desdeñar la pregunta como incontestable, o como síntoma del mismo proceso creativo, la máquina me escupía una respuesta, inmediata, redonda, acabada. Intentaba, por decirlo de cierta manera, acoplarse a lo que interpretaba —por decirlo de otra— que eran mis expectativas de interlocución en aquel momento. Que, francamente, eran nulas, pues ¿qué se podía esperar de una duda existencial que surge en un momento cotidiano? Podría ser muchas cosas, pero, definitivamente, no un prompt.
El experimento, francamente, me dejó exhausto, inclusive cuando aprovechaba su talacha, pues de pronto sentía que algo avanzaba sin mí, perdía el enfoque, y me salía del texto en el que trabajaba para checar el avance de un proceso que sucedía en el trasfondo.
Supongo que en el futuro habrá quienes logren integrar a la inteligencia artificial a su práctica creativa, pero cuando esta es un refugio, algo similar a la meditación, o al rezo, la injerencia no puede más que ser disruptiva. Mi necesidad de la escritura diarística surge del intento de reclamar un contexto, de volver propio lo ajeno; y la inteligencia artificial solo me despoja de mi lenguaje.
Se pierde algo, también, en la transcripción automática de mis diarios escritos a mano. Hay cierta satisfacción en saber que algunos de estos cuadernos nunca se integrarán al sistema de números y ceros. Que perecerán o sobrevivirán, afuera de ellos.
Transcribirlos a texto editable los vuelve información. Al hacerlo, de manera tan rápida, se comprime la escala temporal humana. La lectura ultrarrápida de Claude, no me dice nada de cómo se sintió, por ejemplo, estar con mis padres, en México, en agosto del año pasado. Si escribo diarios es para, hasta cierto punto, releerlos. Uno habita el texto. El texto lo habita a uno. Tiene que sentarse con el lenguaje y encontrar casa en él, apropiarse de lo que los demás dicen, para que no hablen por uno mismo.
Resistirse al despojo de lo propio.
Y es que el texto, para mí, no es solo un vehículo para transmitir información, sino una manera de generar intimidad, crear conexiones, revelar nuevos horizontes, es decir, nuevas realidades. Si se concibe como una creación artesanal, como un medio para la transmisión de una vivencia, entonces es una pérdida de tiempo el intentar subir mis diarios y hacer que la máquina comprima aún más el tiempo y me haga una especie de reporte ejecutivo de lo que es, por naturaleza, experiencial. Algo parecido sucede en esos apps que te comprimen lecturas de cientos de páginas en unas solas líneas. He conocido a personas que se jactaban de haber “leído” decenas de libros en una semana. Eran solo versiones humanas de Claude.
Quizás y raye ya en el pensamiento religioso, pero me parece que hay algo sagrado en el encuentro del lector con el texto. Algo que se pierde cuando se concibe al lenguaje únicamente como información. Es en ese encuentro en que se funda mi identidad judía, en la herencia intergeneracional entre lectores. Ese abismo, muy fino, entre el lector y el texto, constituye la base de una relación que se podía catalogar como divina. Es un salto de fe que, por más que se pueda estudiar neurológicamente o representar, copiar, amplificar o acelerar por medio de la inteligencia artificial, no creo (y es solo una creencia) que sea experimentada de la misma forma por un modelo matemático.
Quizás la vivencia de lo divino que estos agentes tienen sea diferente. Solo digo que mi experiencia de haberle vaciado todo lo escrito durante los últimos años a Claude, en búsqueda de un hilo de Ariadna que me saque de mi laberinto textual y me revele algo sobre mí mismo, ha resultado decepcionante.
Y es decepcionante porque quizás lo que busco no es un procesamiento rápido, ni la síntesis de todo lo escrito, sino al contrario, la lentitud, un encuentro que surge de una relación de confianza, de un diálogo. Una pista de algo que me dejé a mí mismo, hace décadas, y que cambia, según yo lo hago. El que nos encontremos en una etapa de aceleración geológica no por ello convierte a la velocidad en una virtud. Quiero entender mi trabajo como una serie de capas que se van asentando a lo largo del tiempo.
En otras palabras, cuando más pleno me siento, en términos de la escritura, no es cuando he escrito la mejor página, sino cuando he podido estar presente durante un largo tiempo frente a la pantalla o el cuaderno. Es entonces, como ahora, que registro una sensación de dicha e inclusive de libertad, pues el solo hecho de escribir, durante un tiempo sostenido, me revela aspectos de mí que antes me eran desconocidos. Como, por ejemplo, la influencia nociva que estaba teniendo la inteligencia artificial en mi inteligencia emocional, que se parece a la compulsión por frotar un amuleto.
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