Las personas (y las sociedades) habitamos el mundo a lomos de multitud de sesgos y de elementos que condicionan nuestro análisis de la realidad. En los últimos años, todo lo que tiene que ver con las enfermedades transmisibles y su epidemiología se ha visto irremediablemente teñido por el marco de la pandemia de COVID-19. Es por ello que cuando aparecen situaciones como la del brote de hantavirus en un crucero o la declaración de emergencia de salud pública de importancia internacional (cada cosa a su escala, obviamente), la comunicación llega al público en forma de pandemia, PCRs, nuevas variantes, mutaciones, supercontagiadores y tantos otros hits de la época de la pandemia de COVID-19.
Más allá de esos marcos de análisis teñidos por el COVID-19, probablemente la herencia más dañina de aquel entonces ha sido la de la asimilación de la respuesta de salud pública como una política a la defensiva (o, incluso, de defensa, con todas las implicaciones que tiene ese término:
Sabemos de un buque con un brote de infección por hantavirus donde hay 147 personas, que ha supuesto ya el fallecimiento de tres de ellas y que transporta a personas de 23 países diferentes -14 de ellas de España-, y la pregunta ante la llamada de auxilio no es, para una parte de la sociedad, “¿de qué manera damos atención a este problema de salud pública, salvaguardando la seguridad del operativo y de todas las personas que puedan interaccionar con ello, pero cuidando a las personas en ese buque y controlando las dinámicas de transmisión?”, sino “¿cómo podemos hacer que esa gente no pise nuestro país y de qué manera puedo racionalizar esa decisión?”.
Tenemos conocimiento de la declaración de una Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional en República Democrática del Congo y Uganda, y la pregunta que emerge es “¿de qué manera evitamos que llegue aquí?” antes de otras como “¿de qué manera reducimos su impacto allí?”.
La respuesta de protección interna es necesaria, sin duda, pero es complementaria a la respuesta solidaria inherente a una visión de la salud pública que no la reduzca a ser un integrante más de las políticas de defensa, sino de la mejora del bienestar y la cohesión social. Haciendo uso de la analogía que trae a colación el título de una canción de Micah P. Hinson, “a call to arms”, la salud pública puede ser una llamada a los brazos y una llamada a las armas, pero si solo es lo segundo o, incluso, si lo primero queda relegado a la acción de lo segundo, es muy probable que vaya a ser menos justa y, también, menos efectiva.
En septiembre de 2025, el gobierno de Estados Unidos de América publicó su estrategia de salud global, bajo el nombre “America First Global Health Strategy” (Estrategia de Salud Global Estádos Unidos Primero). Dicho documento se articula en torno a tres ejes titulados: I) Making America Safer (Haciendo que EEUU sea más seguro), II) Making America Stronger (Haciendo que EEUU sea más fuerte) y III) Making America More Prosperous (Haciendo que EEUU sea más próspero). La firmaba en solitario Marco Rubio, el Secretario de Estado (que es el equivalente al Ministro de Asuntos Exteriores en EEUU), y es, en términos generales, una oda a la destrucción del multilateralismo y a la reorganización en torno a acuerdos bilaterales que tengan, además, muy en cuenta el papel de la competencia con China y el desarrollo comercial. Una estrategia de salud global donde la salud está al servicio de la defensa y el desarrollo comercial.
Unos meses antes, en mayo de 2025, el gobierno de España presentó, coincidiendo con la 78ª Asamblea Mundial de la Salud, su Estrategia Española de Salud Global 2025-2030. El documento se articula en torno a seis ejes: I) Fortalecer los sistemas sanitarios públicos con enfoque de acceso y cobertura universal, II) Promoción de la salud con enfoque de prevención y equidad, III) Abordaje integral de la salud ambiental y del impacto en la salud pública del cambio climático, IV) Fomentar la prevención, preparación y respuesta ante emergencias de salud y amenazas transfronterizas graves, V) Promover una arquitectura y gobernanza de la salud global más sólida y eficaz que permita el avance de la salud en equidad en todos los países y VI) Impulsar una investigación, innovación y digitalización con perspectiva de equidad como motor de la salud global. La estrategia está firmada por el Ministro de Asuntos Exteriores, UE y Cooperación y la Ministra de Sanidad.
Probablemente podría contarse la historia de la salud pública en los últimos siglos contraponiendo ambas estrategias y viendo cómo estas visiones divergentes han ido enfrentándose a lo largo de mucho tiempo, pero sobre todo, esta contraposición creo que tiene su utilidad a la hora de hacer ver cómo la perspectiva securitaria y el repliegue nacionalista (que es lo que es la America First Global Health Strategy) paradójicamente -o no tanto- pone en mayor riesgo a la población a la que dice defender. Es necesario señalar, además, que ese “America First” no es otra cosa que la “prioridad nacional” que ahora otros intentan desplegar en España de la mano de sus socios de gobierno.
Hace dos semanas, la Organización Mundial de la Salud declaró la Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional por el brote de ébola que está afectando a la República Democrática del Congo y, en menor medida, Uganda (enlazo el documento del Ministerio de Sanidad al respecto, actualizado ayer). Una de las características que estamos viendo en esta ocasión es un aumento muy notable del conteo de casos en los primeros días, siendo muy probable que esto se produzca porque durante unas semanas no ha habido capacidad para detectar los casos que estaban produciéndose. En palabras del New York Times:
Estados Unidos solía financiar sólidas redes de vigilancia epidemiológica en toda la región y mantenía equipos de emergencia para gestionar crisis de salud pública como esta. Gran parte de ese trabajo se interrumpió con el cierre de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) a principios del año pasado. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos también han perdido a cientos de expertos, algunos de ellos en la República Democrática del Congo, que podrían haber ayudado a contener la epidemia.
Epidemiólogos y otros expertos que trabajaron en brotes anteriores de ébola afirman que el hecho de que este brote captara la atención internacional semanas, o quizás meses, después de haber comenzado y de haberse extendido ya a través de las fronteras internacionales, es consecuencia directa del debilitamiento de la vigilancia.
Desde que se declaró la emergencia internacional, la OMS y también los EEUU han enviado ayuda a la región, pero la destrucción del tejido de salud pública (y de la fuerza en el terreno que suponía USAID) ha debilitado de manera importante las capacidades de la región para prevenir, prepararse y responder a situaciones como esta.
Una vez desencadenado el brote, abundan las respuestas de protección interna por parte de muchos países cuando, en realidad, ese brote no tendría por qué haberse producido y, sobre todo, no tendría por qué haberse tardado tanto en detectar y controlar si no hubiera sido por el debilitamiento de los sistemas de respuesta.
La vulnerabilidad a episodios pandémicos no se determina porque, simplemente, sea el signo de los tiempos, sino porque la mayor invasión de ecosistemas y las dinámicas de movimiento masivo de personas a nivel global hace que, conjuntamente con el debilitamiento de los servicios públicos, se produzca la tormenta perfecta para ello. Dicho esto, pensar que uno puede protegerse de asuntos globales reforzando mucho su caparazón frente a lo exterior es tan fantasioso como inútil. En salud pública, elegir entre seguridad y solidaridad suele ser un falso dilema; porque en general es posible actuar en los dos sentidos y, sobre todo, porque focalizarse en el primero suele acabar sin lo uno ni lo otro, mientras que centrarse en lo segundo suele ser positivo para ambos valores.
Sin posts

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.