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Cartas de Adriana · Jun 15, 2026

El compromiso: una promesa equivocada.

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Miguel Casas · Cartas de Adriana

Si eres como la mayoría de las personas, probablemente piensas en una promesa.

Una promesa de exclusividad. Una promesa de permanencia… de “solo contigo”. Quizás incluso una promesa de “para siempre”.

Yo también crecí con esa idea.

Pero últimamente me he estado preguntando algo incómodo:

¿Y si el compromiso fuera una de las palabras más malentendidas en las relaciones amorosas?

¿Y si la promesa de “tú y yo para siempre” no fuera realmente la más importante?

Porque, siendo honestos, nadie puede garantizar que nunca cambiará. Nadie puede prometer lo que sentirá dentro de diez, veinte o treinta años. Nadie puede asegurar el futuro.

Sin embargo, seguimos llamando compromiso a una promesa sobre algo que no podemos controlar. Y tal vez ahí empieza el problema.

Coloquialmente, cuando alguien dice “ya estoy comprometido” o “ya estoy comprometida”, casi siempre se refiere a una de dos cosas: que se va a casar o que tiene una relación exclusiva y seria.

Lo interesante es que, en el imaginario colectivo, la palabra compromiso suele asociarse con exclusividad, permanencia, obligación y lealtad a la relación. Y no tanto con respeto, empatía, libertad, honestidad o responsabilidad afectiva.

Quizá por eso resulta provocador preguntarse:

¿Y si el compromiso no fuera “solo contigo y para siempre”? ¿Y si el compromiso fuera “me comprometo a relacionarme contigo con respeto, honestidad y sin intentar controlarte”?

Porque una persona puede ser exclusiva durante décadas y no estar realmente comprometida con el bienestar de la relación. Puede mentir. Puede manipular, controlar, humillar. Puede dejar de escuchar. Y aun así seguir siendo “fiel”.

Entonces vale la pena preguntarnos:

¿Qué es exactamente aquello con lo que estamos comprometidos? ¿Con la permanencia y la exclusividad o con la calidad de la relación que construimos cada día?

Para mí, el compromiso tiene menos que ver con poseer a una persona y más con la manera en que elijo relacionarme con ella.

No se trata de “solo contigo y para siempre”. No se trata de “no mirar a nadie más”, ni de “no desear a nadie más”. Creo que son definiciones demasiado pequeñas para un deseo tan grande.

Quizás el compromiso más honesto no sea prometer que nunca cambiarás, sino comprometerte a decir lo que sientes y piensas incluso cuando sea incómodo decirlo y escucharlo. Comprometerte a no estar a la defensiva constantemente. A respetar la libertad del otro. A cuidar a quien amas de tus intentos de controlarle. A seguir eligiéndose solo mientras existan amor, respeto y deseo de construir juntos.

Porque es evidente que nadie puede comprometerse realmente a sentir amor para siempre. Nadie puede garantizar que no va a cambiar, ni puede prometer que nunca deseará a otra persona.

Lo único que podemos prometer es cómo vamos a actuar cuando esas cosas ocurran.

Pero hemos convertido “el compromiso” en un contrato de permanencia cuando debería ser un acuerdo de consciencia. Un acuerdo para relacionarnos con honestidad, con empatía, con respeto, con responsabilidad afectiva, con libertad.

Porque una relación puede durar cincuenta años y no haber sido amorosa. Puede haber estado sostenida por miedo, dependencia, costumbre o resignación.

Y también puede durar cinco años y estar sostenida por la elección consciente de respetarse y amarse mientras ambos quieran hacerlo.

Tal vez por eso tantas personas sienten que el compromiso les quita libertad. Porque les enseñaron que comprometerse significa renunciar a una parte de sí mismas. Pero el compromiso de amar a una persona no exige que dejes de ser tú. Al contrario.

Quizás amar es uno de los caminos más profundos para convertirte en una versión más consciente, más libre y más respetuosa de quien eres.

Y entonces la pregunta deja de ser:

“¿Puedes prometerme que serás solo mío o mía para siempre?” Y se convierte en algo mucho más desafiante: “¿podemos comprometernos a amarnos sin controlarnos?”

Deja de ser importante cuánto tiempo durará una relación. Y se vuelven relevantes las preguntas: ¿con qué estoy comprometido, comprometida, realmente? ¿Me comprometí a amar a una persona o me comprometí a cumplir un modelo de relación que alguien más definió para mí?

Recibe un fuerte abrazo.

Adriana Reinking

Read the original on adrianareinking1.substack.com

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