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Mafalda Escote Escrito por el abuelo Kraken Narrado por Karina Lara Nota del autor Inspirado en hechos reales sobre falsos especialistas y el peligro acechante detrás de la aparente autoridad médica El café se enfría entre mis manos mientras observo al doctor Ramírez hacer sus anotaciones. Pobre ingenuo. Cree que soy una colega consultando por estrés laboral. Si supiera que cada palabra que escriben es expediente. Es otro eslabón en la cadena que he diseñado con paciencia casi quirúrgica. Entonces, doctora Scott, ¿dice que la presión en la unidad de neuropsiquiatría del Metropolitan afecta su sueño? Asiento, permitiendo que mis ojos proyecten ese agotamiento perfectamente ensayado. Relato 20 años de experiencia clínica, 20 años que existen solo en mi memoria, pero cuya huella documental haría palidecer a cualquier perito en falsificación.
Los pacientes con trastorno bipolar refractario son desafiantes, murmuro, degustando la ironía. Mi verdadera especialidad nunca fue la medicina, sino el arte de la manipulación. La psicología criminal me dio las herramientas. Mi naturaleza hizo el resto. El doctor Ramírez muerde el anzuelo, como todos. Me receta Clonacepam, sumándose a mi colección. No sabe que ocupa el sitio número 12 en mi tablero. Cada uno administra su pequeña dosis de control químico a pacientes que jamás serán suyos. Guardo la receta en el fondo del maletín, disfrutando la victoria. Sonrío pensando en mis pacientes, almas extraviadas que creen encontrar auxilio en la doctora Mafalda Scott, la brillante neuropsiquiatra que no existe, la misma que, en realidad, los conduce hacia el borde con puntualidad académica. Mi título en psicología, mi especialidad en criminalística, fueron solo el primer acto.
El verdadero espectáculo apenas comienza. Y tengo un don natural para hacer que la locura parezca cordura. Me levanto del sillón de cuero con esa elegancia estudiada que perfeccioné antes en otros escenarios. El reloj, trofeo involuntario de un paciente adinerado y distraído, marca las 4 y cuarto, la hora exacta para mi próxima representación. Doctor, ¿le importaría si le refiero a algunos casos? Tengo pacientes que podrían beneficiarse de una segunda opinión. Sus ojos brillan con ese interés urgente y hambriento, tan típico en mi gremio. No sospecha que cada caso será una pieza delicadamente armada, historiales clínicos que he tejido con perversa meticulosidad. En el elevador, revisó los mensajes en mi teléfono. Tres crisis en menos de una hora. Justo según el guión. El alprazolam de la semana pasada.
Los antipsicóticos prescritos en otras consultas. Todo va surtiendo efecto. La química es predecible. La mente humana, deliciosamente maleable. En el estacionamiento me espera mi auto negro, anónimo pero impecable. Mientras conduzco hacia la siguiente consulta, repaso mentalmente la agenda. Teresa Aracinco, una ejecutiva brillante que se desbolona bajo el peso de una depresión cuidadosamente inducida. Carlos a las seis y media, un juez al borde de perderlo todo por alucinaciones provocadas. Y mi favorito, el doctor Montero a las ocho, psiquiatra que ignora que su terapeuta es la arquitecta de su paranoia. Río suavemente, pero evacúa el pensamiento fugaz. ¿Qué pasaría si uno de ellos intuye la red? Nada que no pueda controlar. Sigo manejando, confiada. Aprendí a detectar el menor asomo de peligro mucho antes de aprender a mentir. Cada receta

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