Putting lipstick on a pig es un término anglosajón que se incrustó en las arrugas de internet, impregnado en las raíces traumáticas de las niñas de catorce años que crecieron perteneciendo a sus tablets de segunda mano.
Las niñas feas, las que señalaron en eventos sociales no por terminología positiva, se sintieron efectivamente, como la sociedad las hacía notar.
Algunas de pequeñas fueron apropiadas con apodos graciosos sobre rasgos grotescos, narices grandes, ojos pequeños, orejas salidas…Se les dibujó, con un rotulador rojo, aquel defecto, que en vez de ser tratado como una cualidad extravagante al resto, se concentró en denominarse defecto.
Fueron niñas que se miraron al espejo y vieron conversaciones, y básculas y cosas que una niña no debería de pensar mientras su padre las peina. Y fueron niñas que crecieron antes, porque supieron lo que era el vello pubico antes, pero también crecieron más tarde, porque las inseguridades y el recelo también las afectaron antes.
Había también otras niñas pequeñas que nunca fueron señaladas por rasgos en concreto, pero tampoco fueron vistas. Esas que nunca gustaron, que nunca se dejaron ver en el escalón guapas y que tampoco tenían el don de mirarse en el reflejo sin que la acción se denominara un suplicio.
Estás no eran puntualizadas negativamente y ese era en parte, el problema. Porque está mal que te vean de forma negativa, pero también está fatal que no te vean en general.
Son niñas que crecen como las hijas únicas de padres trabajadores, en una sombrita de papel, y reúnen traumas para pasar a la adolescencia y darse cuenta de que siguen siendo invisibles, y pasar a la adultez y darse cuenta de que ahora son visibles pero solo para su jefe y para hacienda. Son niñas bobas que dejan de verse por el efecto manada, comienzan a creer en la vista rehacía del resto, y dejan de percibirse, como fea, como guapa, dejan de percibirse en general.
El putting lipstick on a pig viene de eso.
Del asco y la desgracia propia, del físico insoportable.
Sucede cuando, la fea trata de no ser tan fea, y se arregla mirándose al espejo fijamente por retos de autoestima, se sube a la báscula muchas veces, y en ocasiones se prueba bikinis en pleno invierno. La fea que no trata de ser fea siempre siente que fracasa, porque para ella ocurre el efecto rebote, comienza a verse más fea.
Te das cuenta de que solo eres una fea tratando de ser guapa, y que el resto va a notar la necesidad de tu maquillaje descuidado, y el ansia de tus faldas cortas, y la angustia de tus cortes de pelo. Y el mundo va a notar que te estás esforzando pero que no hay manera de que puedas verte bien.
Se inculpa el sentimiento ridículo de estar tapando algo que se ve, que el resto denota. Es como tratar de pintar una pared rota sin tapar el agujero y esperar a que el resto la aplauda por funcionalidad.
También significa vergüenza, hacia una misma. Sentirte estúpidamente ridícula, porque lo tuyo es imposible de arreglar, y siquiera el hecho de intentar esconderlo, ya es catastrófico. Porque te rodeas de físicos naturales y chicas que nacieron siendo guapas, y te encuentras en la bahía de la fealdad, donde eres tú la que trata de tapar todo con maquillaje para terminar viéndote más espantosa que aquellas que no lo intentan.
Es un término que viene de la suciedad: estoy poniendo un montón de esfuerzo encima de una masa viscosa, grasosa, que se deja ver por mucho que la maquilles, y todo ese montón de tiritas, hacen que me vea más detestable.
Notable es la palabra que lo define.
Pero, y si, todo lo que ves es estándar.
Poco acostumbrada a añadir escenografías positivas en mis artículos, hoy voy a hacerlo.
El sentimiento de vergüenza, de ridiculez, es solo eso, un sentimiento, es la percepción horrorosa que tienes sobre ti misma. No eres lo que ves, ni lo que te hicieron los chicos de tu edad creer que eres, eres lo que tú quieras percibirte ser.
No existen las chicas feas arreglándose, existen las chicas que se arreglan. Nadie está burlándose de tu intento de realzamiento, ni de tus poros ni tus matices poco destacables a ojos de minorías. Nadie está mirándote. Y en el caso de que así sea, en el caso de que te miren con motivo de burla, tampoco creo que debas esconderte.
Estamos continuamente obligadas a ser más guapas, y ser más delgadas, y mantener el equilibrio perfecto entre unas tetas que no se sexualicen sin intentarlo y un culo que no sea demasiado plano. Tenemos que no rozar ningún extremo. Y ser milimétricas.
¿Pero es que eso no lo vemos como un castigo?
Es que esos términos que creamos a raíz de una inseguridad creada por estándares sociales y burlas condicionadas por los mismos, no son suficiente para decir: ya basta.
Es que no podemos parar de preocuparnos por lo que ven ellos sino por lo que vemos nosotras, por qué estamos viendo eso, que nos hace vernos de tal manera.
Repito, porque soy consistente y porque me he desacostumbrado a rendirme: no somos maquillaje, ni somos pieles limpias, ni somos cuidadosas en mayor manía. Somos la forma en la que queremos vernos, y somos como algún día llegaremos a vernos.

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