Presentar este libro es algo imposible.
Lo digo en el sentido profundo del término, es querer decir algo sobre aquello que sobrepasa mis palabras. Cada vez lo leo es otro libro. Y me hace escribir para mí, otro libro. Todo lector necesita escribir para sí aquello que lee. Cada libro nos escribe y en cada relectura esa escritura se complejiza.
Personalmente, me vi sobrepasado por la odisea de Julián –el protagonista- una odisea que implicó para él y para quien la relata –Gabriel Bari, en un increíble trabajo de desdoblamiento- trabajos sobrehumanos. Sobre todo, uno: el de hacer poesía sobre lo monstruoso.
Gabriel Bari lo logra. Sobre el Mal absoluto escribe un texto poético, muy bello y terrible a la vez.
Lo conozco a Gabi del fútbol, me ha maravillado lo que hace con la pelota, es un prestidigitador, nunca se sabe el rumbo que tomará, dando giros inesperados, es imposible quitarle la pelota, y en el texto, a su alter ego, Julián, nadie consigue sacarle las palabras que quieren sacarle, las esconde, juega con ellas, sorprende, da giros, es hipnótico. Puedo decir que Gabriel hace poesía tanto con la pelota como con la palabra. Y, lo más notable, con el horror. Puede quitarle algo al horror –un resto- para de ello hacer algo bello.
Tal vez tomado por esa cita de Aristóteles que está en el libro: “vive como mortal, vive como si fueras inmortal”. Se trata de la escritura contra la muerte, como Scheherezade. Engaña una y otra vez, dilatando el final que se le anuncia una y otra vez. Su dilación final es este libro.
Recuerdo las conocidas palabras de René Char: el infinito ataca, pero una nube salva. Esa nube es la palabra, que, como parafantasma, se escribe sobre el sinsentido, sobre la noche más oscura o para frenar los lacerantes rayos del cosmos, como aquello que puede dar un sentido cuando el sinsentido mortífero acecha. Gabriel dice en el texto que quiere dejar constancia para el lector de que otro mundo podría haber sido posible. Defendiendo ese mundo de lo que pretendió aniquilarlo sin dejar restos.
Porque, dirá Julián, Argentina es Saturno. Devora a sus hijos. Saturno castró a su padre, Urano, y luego se dedicó a devorar a sus hijos para no correr el mismo destino. Un padre paranoico, que finalmente será derrocado a partir del engaño de su mujer, madre de Zeus, que con una estratagema evita que este sea devorado.
En La revolución es un sueño eterno, Rivera muestra a un Castelli enfermo que se enfrenta a la dolorosa realidad de su destino y de la revolución misma, cuestionando si el ideal de un país libre y justo es realmente alcanzable o si se trata simplemente de un sueño eterno, destinado a repetirse una y otra vez en la historia argentina.
Que sea un sueño eterno tal vez hable de que es algo que nunca puede consumarse de modo definitivo, que es un movimiento permanente. En ese sentido, el título del libro de Gabriel Bari es provocador. Porque ¿Hay un Bien absoluto?, ¿Existe?, ¿Ese Bien absoluto es algo bueno, deseable? ¿El Bien absoluto es capaz de convocar al Mal absoluto? ¿Es el Bien absoluto algo que debe orientar una búsqueda incesante? Preguntas para las cuales no tengo respuesta.
Algo notable sucedió en Argentina, que debiera ser tomado en otras latitudes como ejemplo y como enseñanza universal: no hubo un solo acto de venganza. Al terror no se le respondió con más terror. Ya lo sabemos, se impartió justicia –parcial, ciertamente y está en todos nosotros que no lo siga siendo, ya que convivimos con sujetos que permanecen en las sombras y saben del destino de muchas y muchos, pero se mantienen en silencio. Y también sabemos que hay archivos clasificados.
Quiero terminar con algo que Julián dice y que, para mí, es una de las claves centrales del texto: A su carcelero le hace la siguiente adivinanza “¿Por qué la chiva del prado, teniendo la puerta abierta, saltó sobre el alambrado?” Y me parece que es una adivinanza que nos hace a todos nosotros.
Yago Franco - 28-04-2026
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