En 2018 me encontraba en un retiro en el Valle Sagrado de Perú, en un lugar un poco en medio de la nada, pero con un paisaje que si solo tuviera una palabra para describir sería “majestuoso”.
Un día, meditando sobre la cima de una montaña, pude ver de cerca el vuelo del cóndor, y pocas veces me he sentido tan conectado con la vida y con la naturaleza como en aquel instante.
Por aquel entonces, yo trabajaba como consultor en Nueva York pero, como cuento en mi libro, aquel estilo de vida ya había empezado a plantearme serias dudas. Y es que con el pasar de los años me fui dando cuenta de que había comprado una idea muy concreta del éxito: torres altas, restaurantes caros, y conserjes con uniforme que te abren la puerta al llegar a casa.
Decorados que me hubieran impresionado unos años antes, pero que eran en realidad como el del Mago de Oz: al llegar al que pensabas era tu destino se cae la cortina y ves que allí detrás solo había un anciano con un megáfono.
Y yo no era más que un chaval normal de una ciudad pequeña y una familia trabajadora; otro hombre de hojalata moderno que, como tantos otros, había cruzado medio mundo y aterrizado en Nueva York con la esperanza de encontrar un corazón. Un sentido. Un camino con una señal que no marcara distancias, sino que simplemente dijese: «Has llegado».
Pero allí no había ninguna señal; solo preguntas que cada año se volvían más profundas.
Hoy sé que la respuesta a todas ellas era la misma que en la película: nada de lo que buscaba estuvo nunca en Oz. Siempre estuvo dentro de mí.
No hablé de nada de esto en aquel retiro, pero en un momento dado mi maestro me miró y me dijo algo que nunca olvidaré:
“Pablo, hay otra forma de viver.”
No hablaba muy bien español y entiendo que quiso decir que había otra forma de vivir. Pero aquella frase hizo que muchas cosas que conocía conceptualmente cristalizaran de golpe.
Fue como si, después de pasar años reuniendo las piezas de un puzle misterioso, alguien me hubiera enseñado por fin la imagen de la caja.
Aún tenía que montar el puzle, pero ya conocía su mensaje:
No solo hay otra manera de vivir. Hay otra manera de ver la vida.
De verla no como una sucesión inacabable de tareas a completar, objetivos a conseguir, y cosas a comprar, sino como algo mucho más sencillo. Y también más profundo.
De esto (tal vez te) hablaré en otro momento, pero cada vez conozco más gente que también se encuentra en ese camino de explorar otras formas de “viver”.
Xabi Sánchez es uno de ellos, y por eso nuestra conversación, aunque centrada en la IA, fluyó de una manera diferente. A otro ritmo. Con otro tono. Con otra textura. O a mí al menos me lo pareció.
Pero juzga por ti mismo:

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