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Volver a casa · Aug 6, 2026

21 QE Non acougo

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Victoria Huelin · Volver a casa

21 Querido extraño

Querido extraño,

Hay algo a mi alrededor, como una fina capa transparente y pegajosa, que lo recubre todo y me impide habitar lo que me rodea.

Estoy en el paraíso y, aunque me lo propongo con todas mis fuerzas, soy incapaz de disfrutarlo.

Hipervigilante desde que amanezco, con los ojos inyectados en sangre y las orejas erguidas, muy abiertas, como una perra. Siento, a veces, cómo se libera el cortisol en mi torrente sanguíneo. Como una pulverización de tinta en la claridad del agua, tiñéndolo todo lentamente.

No tengo energía, no tengo ganas, no tengo ilusión.
Estoy agotada.
Si echo la vista atrás, no sé en qué momento exacto empezó esto. Mi andanza gallega ha traído cosas lindas, pero también me ha dejado al ralentí.

El cuerpo no puede más. La mente quiere resolver.

No tengo para más aquí dentro. Y la decisión de lo que vendrá se hace más grande que nunca. A veces me gustaría hacerme bola y que me borraran de este plano con la goma trasera de un lapicero gigante.

A lo mejor ha llegado el momento de soltar. De no empeñarme tanto. De volver a confiar en mí, que eso también se perdió por el camino. Pero también lo siento como un fracaso. Me devora la sensación de no haber hecho suficiente reducida por el miedo. ¿Qué hago, además, con todo el esfuerzo, el dinero y la energía invertidos estos años atrás?

Me resulta imposible crear con esta sensación de constante supervivencia en el pecho. Cada vez que alguna idea pasa por mi cabeza, viene la desgastante sensación de que no debería estar haciendo eso sino algo que me saque de la situación que habito.

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No sé cómo será Substack estas próximas semanas. No quiero cerrarlo porque es de las pocas cosas que me salvan. Pero lo siento como una tarea más. Y ahora mismo cualquier compromiso pesa. No quiero más tengoqués en mi infinita lista para resolver mi situación vital.

También me salva Colitas, que ella sí me devuelve al aquí y al ahora. “Qué bien que existas”, le susurro cada noche mientras le estrujo las orejas y le doy besitos en la panza.

Me salva el calor y el olor a madera que se acumula entre los techos diagonales cuando subo a dormir al altillo. Huele igual que cuando entraba bajo las mantas con mi pijamita azul, sin ninguna preocupación.

A veces aprieto mucho el cuerpo, los puños y los dientes para intentar sentir por dentro la calma que me recorría aquellos días.

Me salvan los paseos junto al Miño, bajando por la carballeira que envuelve La Finca.

Me salva sentarme durante largos minutos en silencio a mirar cómo susurra el agua río abajo; las ranas zambulléndose entres los nenúfares y escuchar cómo cantan los pájaros mientras algún pez rompe la superficie y vuelve a caer.

Me salva querer entrar en sus aguas negras, aunque no me atreva. Son demasiado oscuras. Me sorprendo a mí misma; nunca tuve miedo a estas cosas. Me cuento que es porque en nuestra orilla no da el sol y el calor en estas tierras lucenses no es excesivo.

Me salva el verde por doquier. La sensación de que no existe mundo más allá. Lo único que me devuelve a tierra es la radio a todo volumen de la tía Sol que oigo desde La Casita a las ocho y media cada mañana. Y la tele, con la que discute por las tardes, mientras hace solitarios y se traga las tertulias de salseo político.

Me salvan las charlas de sobremesa con ella donde me cuenta historietas sin fin. Me habla de sus azaleas, rododendros, alhelís, hortensias, geranios, surfinias, caléndulas y tagetes.

Y hablamos de cómo nos gustan las palabras que empiezan por al-, heredadas del árabe. Palabras con muchas íes, ingrávidas, como si flotaran en la boca, como algarabía, alhelí, albaricoque o ajonjolí.

Me salva la brisa fresca y el olor a humedad de verano de las mañanas de aquí.
Me salva tener que ponerme un jersey cuando salimos a pasear nada más bajar las escaleras y lavarnos la cara y rasparnos la lengua.

Me salva que hayan arreglado el caño de la fuente. Vuelve a sonar sin descanso. Es un ruido constante que odiaría en Madrid, como el chorro de la piscina sonando sin parar por la noche. Aquí me encanta. Es parte de la banda sonora de este lugar desde que tengo memoria.

Me salva regar el huerto cada tarde, recoger las pocas frambuesas que han salido este año y ver a Sol podando los tomates para que salgan más fuertes.

Pero hay algo que sobrevuela. Algo adherido a todo: el no saber. No tener certezas, ni suelo ni estructura desde donde volver a construir. Y sentir que no tengo fuerza, ni ganas ni ilusión por empezar de nuevo.

Y saber que a todo esto también habrá que decirle adiós.

Siento, mientras recorro las lamas de madera que envuelven La Casita con la mirada, que mis días en La Finca son días contados y me muero de pena.

Sol me dice que no “acougo”.

Que es algo así como no encontrar el sitio donde descansar.

—Ya lo sé —le digo—. No sé por qué no lo consigo.

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