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Viajo en Moto · Aug 11, 2026

Después del viaje - Episodio exclusivo para mecenas

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Este contenido se genera a partir de la locución del audio por lo que puede contener errores.

Hay personas que hacen un gran viaje y luego dedican el resto de su vida a hablar de él. Escriben libros, dan conferencias y una parte de su existencia sigue pivotando alrededor de ese eje que fue el viaje. No hace falta que sean famosos. También hay ejemplos mucho más cotidianos. Personas que 30 años después siguen contando las anécdotas de aquella aventura que marcó sus vidas como si hubiera ocurrido ayer. Incluso hay quienes añoran aquellos días en los que el viaje les dio así como cierta notoriedad. Y luego están los otros, los que al terminar el viaje se bajan de la moto, cierran la puerta de casa y sencillamente continúan viviendo. Hace unos días volví a escuchar un programa que grabé ya hace unos años. En él hablaba de una mujer que recorrió Sudamérica en moto acompañada únicamente por su perro. Me pregunté qué había sido de ella. Si se iría viajando, si habría escrito más libros, si aún participaría en los encuentros de viajeros o si mantendría algún rincón en Internet donde poder seguir sus pasos.

Pero Internet se la había tragado. No encontré nuevos viajes, ni entrevistas, ni conferencias, apenas unas pocas referencias perdidas entre páginas viejas y enlaces rotos. Simplemente había desaparecido. Entonces hice lo que hacemos todos cuando alguien desaparece, empezar a tirar del hilo. Un enlace llevaba a otro, una página archivada remitía a un foro olvidado, un viejo artículo citaba un libro ya descatalogado. Un nombre aparecía asociado a una dirección de correo que ya no existía. La mayor parte de las pistas terminaban en un callejón sin salida. Durante unas horas tuve la sensación de estar investigando la vida de alguien que nunca había existido, como si aquel viaje hubiera sido un espejismo que Internet hubiese decidido borrar poco a poco. Pero no, qué va, había dejado demasiadas huellas. Solo hacía falta un poco de paciencia para volver a unir todas las piezas. Y así fue como volví a encontrar a Aletea.

No fue en una concentración de motos, ni en un festival de viajes, ni anunciando una nueva expedición por Asia o por África. La encontré viviendo. Y de pronto comprendí que quizá esa fuera la parte más interesante de toda esta historia. Aletea nació en Brasil. Pero como tantas otras historias de viajeros, la suya tampoco empieza sobre una moto. Antes de cruzar el continente, ya había recorrido un medio mundo con una mochila a la espalda. Había viajado por Sudamérica, había conocido otra forma de entender los viajes y, por esas vueltas que da la vida, terminó viviendo en Alemania. Fue allí donde ocurrió algo aparentemente insignificante. Asistió a una charla de dos viajeros alemanes, Klaus Schubert y Claudia Metz. Seguramente ellos nunca imaginaron que entre el público había una mujer que iba a salir de aquella sala con la cabeza llena de mapas. A veces creemos que las grandes decisiones nacen de una iluminación, pero casi nunca es así.

Basta una conversación, un libro o, como en este caso, una conferencia, para que una idea empiece a crecer silenciosamente. Hace unos días un buen amigo me dijo, oye mira que estaba viendo un documental sobre los orangutanes de Borneo y cuando terminó me fui al ordenador y compré un billete de avión. Ahí lo tienes. Billete de avión para Borneo, claro. Y así empiezan muchas aventuras. No con un plan perfectamente trazado, sino con un pequeño clic que apenas se oye. Aletea salió de aquella charla con una idea en la cabeza que ya no la iba a abandonar. La convirtió en una sana obsesión, en una idea fija que la acompañaría durante los meses siguientes. Recorrer Sudamérica en moto. No sabía cuándo ni cómo, pero había tomado una decisión de esas que ya no se despegan de ti fácilmente. No tenía una gran moto, ni tampoco un patrocinador, ni un proyecto editorial, ni un ejército de seguidores esperando noticias desde el otro lado del mundo. Ella se compró una Suzuki, una DR.

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